Perfiles

How annoying!

Noel Hernández

Encontrar el equilibrio entre las formas de unos y otros es tarea complicada. Si las costumbres varían, por así decirlo, en cada casa, imagínense lo que ocurre entre pueblos, entre países o, como trataremos de analizar a continuación, entre comunidades tan dispares a primera vista como la latina y la británica.

La razón por la cual el comportamiento social de ambas partes puede diferir de manera tan dramática se deberá a razones históricas o idiosincrásicas, pues venimos de culturas diferentes.

Esta situación es indiscutiblemente enriquecedora, pero también tiene un reverso oscuro que nos puede llevar a situaciones incómodas: el malentendido, el acto o la palabra cuya intención se interpreta de manera diferente porque difiere de lo conocido, desde luego. Algo que al compararlo con nuestro canon de conducta sólo quiere decir una cosa, y ésta no es agradable en el canon del otro.

Es por eso que debemos adquirir y conocer más patrones foráneos, conocer de dónde viene la otra persona y qué es lo “normal” para ella. Esto ayudará a interpretar sus gestos y frases sin que nos lleguen a molestar o viceversa. Por otro lado, saber lo que los demás encuentran ofensivo o maleducado de nosotros nos hará pensar antes de hacerlo.

Los signos…

A grandes rasgos y acudiendo a los tópicos, el latinoamericano, español, portugués o italiano es escandaloso, apasionado, agresivo y amigable, mientras que el anglosajón es frío, reservado y más educado. Dejar esto así sería incurrir en la ignorancia y la sobresimplificación, pero nos puede servir como punto de partida a una lista de situaciones con las que nos encontramos a diario.

Empezando por el contacto físico, los latinos no dudamos a la hora de llamar la atención del que no está mirándonos con un toque en el hombro (generalmente un dedo que martillea de dos a tres veces), besar en la mejilla a un simple conocido o incluso a alguien que nos presentan por primera vez. Un movimiento clásico también es apretar el brazo del otro en una conversación para enfatizar nuestras palabras.

Ante esta invasión del espacio personal, el espectro de reacciones del anglosajón abarcará desde la sorpresa hasta el horror. Nunca lo verá normal. Por otra parte, nosotros interpretamos esa falta de contacto como carencia de sentimientos, indiferencia o arrogancia. Siguiendo con esa frialdad en lo gestual, el latino contempla descorazonado cómo el artículo que pide en una tienda, la vuelta del dinero que ha pagado o el efectivo que retira del banco se le ofrece desparramado en el mostrador, sin que se de directamente en la mano mientras se mire a los ojos y se sonría.

…Y señales

Si pasamos a la comunicación oral, el idioma puede constituir en ocasiones una barrera infranqueable. Solemos asimilar que el británico parece no tener tiempo para el que no se expresa correctamente en inglés. Esa aparente falta de paciencia a veces es debida a una extraña manera de mostrar cortesía, evitando que la otra persona pase el mal trago de esforzarse para hacerse entender. (Otras veces es simple y llanamente falta de paciencia).

Igualmente, cuando el latino no domina la lengua tiende a simplificar, ir al grano en lo que demanda olvidándose incluso del saludo y las gracias. Ni hablar del uso del small talk: entre hacer un comentario sobre la lluvia de los últimos días para luego pasar a lo que importa o señalar con el dedo directamente lo que se quiere, se suele elegir la segunda opción. Aparte del manejo del idioma, la propia manera de expresarse del latino puede exasperar al oyente. La vaguedad de lo que se expresa, el no ser concisos y divagar demasiado choca en ocasiones con la precisión verbal esperada.

Soportar a alguien que hable muy alto es algo que nos fastidia a todos, sin distinción de nacionalidades, pero es denominador común de las fobias que se puedan tener hacia los latinos. Y de entre ellos se estrecha el círculo de acusaciones sobre los europeos (they’re so loud! te dirá un inglés si le pides que te defina a un español), siendo particularmente doloroso el hecho de verse rodeados por un largo número de ellos en el transporte público. Y para esto no existe una excusa creíble, es sólo el exportar una costumbre allá donde se va, tan arraigada y natural como a la vez fácil de evitar o moderar.

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