Editorial

Doctrina Monroe en versión Obama

Honduras ha sentado un precedente, un muy mal precedente. Independientemente  de la mayor o menor limpieza, participación y resultados de las elecciones presidenciales del 29 de noviembre, y de una hipotética vuelta simbólica y temporal al “poder” del derrocado Manuel Zelaya para traspasar la banda presidencial  en enero, hay una cosa clara: en Honduras ha triunfado un golpe de Estado cívico militar como fórmula para torcer gravemente la voluntad popular.

Un mecanismo que ahora se ha demostrado exitoso después de muchos ensayos anteriores. Se intentó a las claras en Venezuela en 2002, y de forma menos grosera y visible en otros países a lo largo de las dos últimas décadas. En Honduras la receta ha funcionado, en buena medida, porque esta vez Estados Unidos se ha empleado a fondo para que así sea y, a diferencia de ocasiones anteriores, no ha descuidado ni un solo detalle desde el principio, sobre todo los formales.

Marcando distancias con otras administraciones que en el pasado jamás ocultaron su disposición a recurrir al golpismo gorila si así fuese necesario para defender los intereses estadounidenses, el tándem Obama-Clinton ha pretendido nadar y guardar la ropa valiéndose del extraordinario activo que supone como producto de marketing el mal llamado primer presidente “negro, afroamericano e hijo de inmigrante”   de los Estados Unidos.

Al igual que el mulato Obama ha engañado a todo el mundo con esas etiquetas, empezando por su electorado y siguiendo por los europeos,  con igual descaro lo ha hecho en Honduras ese experto en marketing político que no es  hijo de un inmigrante o descendiente de esclavos afroamericanos, sino de un keniata afortunado que llegó a EEUU becado para estudiar en las mejores universidades de ese país, donde se casó con una blanca estadounidense de familia más que acomodada.

Esa treta es la que ha permitido al sórdido golpista Roberto Micheletti jugar a que buscaba una solución negociada para la vuelta de Zelaya al “poder” con garantías y ciertas competencias. Así ha engañado a las cancillerías latinoamericanas que se han dejado deslumbrar por el inquilino de la Casa Blanca, a la que  han prestado sus buenos oficios en la mascarada negociadora de Tegucigalpa, porque pasados cinco meses desde la asonada cívico militar eso y no otra cosa es lo que ha ocurrido en la capital hondureña.

Caso emblemático en ese sentido es el del ex presidente chileno Ricardo Lagos. El mismo político que se enorgullecía de haberle parado los pies a George Bush cuando se intentaba dar cobertura diplomática a la ilegal invasión de Iraq, ha sido uno de los que han intervenido en lo que con perspectiva histórica es ya una página negra en la historia por la consolidación real de la independencia latinoamericana.

Durante todo este tiempo EEUU ha hecho como que se inhibía de lo que estaba ocurriendo en Honduras, quizás el país latinoamericano donde históricamente Washington ha tenido y tiene más influencia política y económica.

Pero nada de eso ha ocurrido. Sin pausa la Casa Blanca ha movido los hilos para fraguar y consolidar el golpe, marcando en cada momento los tiempos que han permitido a Micheletti y los suyos quedarse con la presidencia, amagando con unas sanciones que nunca han sido reales y que en caso de haberlas sido en dos días caía el gobierno de facto.

La única alternativa seria a esa calculada política habría sido condenar a primera hora y sin ambages el golpe contra Zelaya, en ese caso  la Administración Obama sí habría indicado un cambio real de su política en la región. No ha sido así, y eso también es un precedente, una auténtica advertencia para los demócratas latinoamericanos.

La única diferencia entre un Obama absolutamente ignorante de la realidad latinoamericana y Richard Nixon está en que el primero actúa emboscado y guardando las formas mientras que el segundo lo hacía en los setenta a las claras y sin complejo alguno. Para América Latina, el resultado es el mismo. La vuelta en gloria y majestad de la peor y más amenazante versión de la Doctrina Monroe, esa idea de que América debe ser para los americanos – sólo de los de EEUU.

Una inquietante praxis hemisférica que en su edición más cruda está dispuesta a manifestarse a través de golpes de Estado con los que se pretende  frenar de raíz cualquier movimiento popular que de manera democrática, como quería hacerlo Mel Zelaya o se ha hecho en Venezuela, pretenda profundizar la participación ciudadana en la política y la economía.

La novedad, esta vez, es que a los EEUU en busca del patio trasero perdido les ha bastado con la prolífica y estudiada sonrisa del  posmoderno y posracial Obama para lograr lo que antes les costaba millones de dólares y una implicación tan evidente de la que no salían indemnes.

Ante  semejantes prácticas cocinadas en la Casa Blanca por el Premio Nobel de la Paz Barack Obama – el golpe hondureño se ha cobrado varias vidas y ha sembrado el germen de violencias futuras, no hay que olvidarlo –  sólo la reacción popular y de los gobiernos con clara conciencia latinoamericana podrán evitar la repetición del triste y alarmante precedente hondureño en cualquier otro país de la región cuando  Washington y las excluyentes elites locales así lo dispongan.

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