Editorial

Hugo Chávez y una alarma más que necesaria

Que Hugo Chávez Frías es un líder político que no deja indiferente a nadie está claro desde hace mucho tiempo. Sobre sus actos y su persona habitualmente se generan controversias dentro y fuera de la Venezuela que por mandato popular preside desde hace una década, a pesar del estridente acoso de una oposición fragmentada y apoyada exteriormente por estados y empresas en permanente conflicto de interés con la legítima Revolución Bolivariana.

Pablo Sapag

Esa oposición visceralmente materialista e ideológica al proyecto popular y latinoamericano que representa Hugo Chávez se manifiesta a través de muchas formas. Una de ellas es la caricaturización permanente del presidente venezolano, de sus actos y de sus palabras.

Desde esa praxis se ha intentado desacreditar la justificada alarma con la que Chávez ha respondido al oscuro y nunca bien aclarado pacto entre Bogotá y Washington para que fuerzas militares estadounidenses puedan usar hasta siete bases militares colombianas bajo el pretexto de luchar contra el narcotráfico.

Chávez ha alertado con razón y fundamento sobre el peligro que eso supone para el conjunto de la región, y no sólo para la Venezuela que gobierna. Y así es porque la posición geográfica de Colombia no sólo se convierte en estas circunstancias en una amenaza tangible para la vecina Venezuela.

Es una plataforma estratégica de lanzamiento de cualquier operación militar en una región que, salvo excepciones, lleva un tiempo intentando ejercer su soberanía a través del control directo de la explotación y comercialización de sus propios recursos naturales y siempre con una vocación genuinamente latinoamericana e integradora.

Ocurre, desde luego, en la Venezuela que es principal proveedor petrolero de Estados Unidos, pero también en Brasil, Bolivia, Ecuador y Argentina. Todo eso con un objetivo claro: lograr la satisfacción de las necesidades básicas de las grandes mayorías mestizas, indígenas, obreras y campesinas de América Latina.

Por eso mismo es que esos proyectos políticos cuentan con el respaldo popular. Por eso mismo también, como demuestra el reciente caso de Honduras, las élites blancas o criollas al servicio de intereses foráneos han recuperado de manera preocupante el golpe de Estado como único freno a semejante cambio cualitativo del ejercicio político, económico y social de nuestros países.

Una práctica al servicio de la recuperación del poder a toda costa en la que convergen las tramas civiles con el militarismo de la vieja escuela de las Américas, mayor o menormente enquistado en las fuerzas armadas de nuestros países. En 2002 ya se probó en una Venezuela que dado su mayor recorrido político, social e institucional logró tumbar un golpe cívico militar que por unas horas se hizo con el poder.

Sólo el tiempo dirá qué ocurre definitivamente en Honduras, pero también en otros países. Todos ellos están expuestos a unas maniobras ante las que los Estados Unidos, esté quién esté en la Casa Blanca, o bien apoya directamente o bien consiente con silencios cómplices e imposibles equilibrios, como ahora mismo en Honduras.

En ese contexto y atendiendo a un pasado en el que se han sucedido las invasiones estadounidenses (México, Cuba, Nicaragua, Grenada, Panamá), las advertencias de Chávez no sólo están justificadas, son oportunas y más que necesarias. También las prevenciones militares que Venezuela y otros países están adoptando de un tiempo a esta parte dada la cada vez más evidente militarización de Colombia y su socio estadounidense.

En ese sentido, conviene tener presente que se trata de medidas de legítima defensa y reactivas ante una alianza cada vez más estrecha entre Bogotá y Washington que perjudica al conjunto de una América Latina que quiere dejar atrás al intervencionismo externo para enfrentar de una vez por todas su propio desarrollo político, económico y social.

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