Editorial

La sutileza ideológica de los medios

Samuel Toledano

Inmersos de lleno en la política que dicta el mercado, los medios de comunicación de masas son ahora víctimas de sus propias ansias económicas. Desde que se convirtieron en multinacionales de las llamadas industrias culturales, su trayectoria ha estado orientada a la obtención de beneficios económicos, convirtiendo el periodismo en una mera actividad comercial donde información y  ciudadanos fueron sustituidos por productos y consumidores.

Sin embargo, pese a la crisis que ahora amenaza su rentabilidad económica e incluso su propia supervivencia, los medios de comunicación siguen ostentando su privilegiada posición en lo alto del establishment, convertidos al mismo tiempo en unos socios con gran poder de decisión y en los necesarios  portavoces de la ideología dominante.

Lejos de los valores sociales del periodismo, antaño visto como el defensor del ciudadano ante los abusos del poder, los medios ejercen de aparatos ideológicos del sistema, denunciado desde hace décadas por Althusser y remarcado constantemente por Schiller, Chomsky o Ramonet, quienes los califican de meros instrumentos de políticas imperialistas. Es precisamente lo que los asesores militares estadounidenses Nye y Owen confirman cuando hablan del soft power al servicio de Washington, en otras palabras, el poder de la información para conquistar “mentes” sin ni siquiera tener que enviar un marine al exterior.

La transformación de la información en obscena propaganda apenas era percibida por los ciudadanos, convertidos ya en meros consumidores de la ración de espectáculo que venden los medios, confirmando las críticas que los situacionistas franceses lanzaron contra la sociedad del espectáculo en torno a 1960. Se explica así por qué los sucesos, accidentes, ataques terroristas, cumbres, elecciones, guerras o catástrofes son el ingrediente principal de la información, pre-cocinada y pomposamente presentada, sin que exista un atisbo de contextualización.

Dominar hoy la mente – ideología – de los receptores – consumidores – de información debe realizarse mediante esas suaves formas de controlar la sociedad, es decir, hacerla partícipe de su propia alienación mediante unos medios que, en lugar de informar, apelan a los sentidos, acudiendo al lado irracional o sentimental del ciudadano. No se busca que el lector reflexione sobre la realidad, sino que se posicione mediante un discurso repleto de símbolos y connotaciones previamente inculcadas. Este simbolismo de Bourdieu no tiene otro fin que adoctrinar al ciudadano, dándole las herramientas para que establezca su propio discurso. Pero hay un truco, esas herramientas no permiten construir más discursos que el que quiere el sistema.

El consabido consenso, más que construido en el seno de la sociedad, es impuesto a través de un discurso que tiene en los mass media sus mejores altavoces. Así, la neutralidad y objetividad del periodismo sirven de excusa perfecta para que creamos que la realidad que nos llega a través de los medios es, efectivamente, la realidad. Pero la realidad, inalcanzable para la inmensa mayoría de los ciudadanos, no es sólo lo que muestran los medios ni tampoco cómo ellos la muestran. En otras palabras, seguimos creyendo que si no sale en los medios no se existe, y si sale, debe ser cómo dicen los medios.

Cada imagen, fotografía, titular o palabra que observamos en los medios lleva aparejada esa carga simbólica que nos conduce a una posición concreta. Es el discurso, convertido en la herramienta ideológica por excelencia. Un análisis crítico del mismo, como los extensamente realizados por Van Dijk, revela que en los medios de comunicación se nos dicta qué pensar. Sin apenas percatarnos, de tanto escuchar cómo el establishment habla de democracia, justicia, libertad, seguridad y todo un amplio repertorio subjetivo, descubrimos que no existe más interpretación que la que les conviene y que los mass media se encargan de transmitir dócilmente.

Obviamente, aún se puede discrepar de la realidad, la real y la mostrada en los medios. Sin embargo, cualquier intento por defender otra democracia, justicia, libertad o seguridad lleva aparejada la inmediata condena del sistema. Radicales, alborotadores, violentos o terroristas se pueden convertir en el excelente adjetivo para desacreditar cualquier intento de romper el consenso totalitario. Es el mundo al revés que denunciaba Galeano, donde las misiones humanitarias sustituyen lo que antes eran las guerras y la globalización disimula lo que siempre ha sido el capitalismo neoliberal. Todo lo que presentan los medios acaba por ser una burda copia de la neolengua de Orwell, donde las palabras se configuran como el sutil elemento que legitima la ideología dominante.

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