Editorial

Obama se retrata en Haití

El pavoroso terremoto que ha devastado Haití, especialmente su capital Puerto Príncipe, es, sin duda, una gran tragedia humana. Decenas de miles de muertos, heridos, personas sin hogar y las escasas infraestructuras del país destrozadas es el balance preliminar e inmediato de una catástrofe que ni se olvida y de la que ningún país puede salir indemne, menos un Haití que es el más pobre de América Latina.

Pablo Sapag

En esas circunstancias, obviamente que la ayuda internacional no sólo es necesaria, sino obligada, incluyendo ella los medios que permitan distribuirla en condiciones de seguridad y efectividad. Ahora bien, todo eso debe hacerse no sólo a la brevedad posible, igualmente respetando las formas que impone la práctica internacional.

Esto último no ha ocurrido en Haití, donde sin coordinarse con nadie Estados Unidos ha desplegado doce mil marines. Lo ha hecho en un país en el que opera Naciones Unidas desde 2004. La destrucción por el seísmo de la sede de la ONU en Puerto Príncipe no es excusa válida para saltarse los cauces diplomáticos establecidos.

Con la misma celeridad que Washington firmó un acuerdo con la ONU y el gobierno haitiano para validar su presencia de facto en el país caribeño una vez desatadas las críticas internacionales, se pudieron hacer las cosas antes de que ningún militar de los Estados Unidos pusiera un pie sobre el país asolado por la catástrofe. Al margen de posibles buenas intenciones, las formas cuentan, más aún tratándose de la relación entre EEUU y Haití.

En un libro hoy de lectura imprescindible, el doctor Paul Farmer revela los múltiples usos que Washington le ha dado a un país al que siempre ha tratado desde los prejuicios racistas y sus intereses geopolíticos inmediatos. En Haití para qué. Usos y abusos de Haití, el autor explica cómo y por qué los marines desembarcaron en Haití en 1915. Allí estuvieron hasta 1934. Un largo tiempo en el que justificándose en la necesidad de “imponer el orden” y “civilizar” el país gobernaron a capricho potenciando las rivalidades entre la población negra y la mulata.

A tal extremo lo hicieron que la  historia posterior de Haití se explica en parte por esa pugna por el poder inoculada por unos EEUU que en realidad entraron en Haití para impulsar la diplomacia del dólar y convertir el Mar Caribe en un lago bajo su estricto control. EEUU también tuvo mucho que decir en el derrocamiento del sacerdote Jean Bertrand Aristide en 1991, al que años después reinstauró tras haber vaciado su presidencia de contenidos y poderes.

Por eso la actual intervención de EEUU exige un celoso escrutinio público, sobre todo de unos estados latinoamericanos que le deben mucho a Haití, el primer país de la región que logró su independencia y al que no siempre, ni antes ni ahora, se le ha tratado de acuerdo a esa historia que tanto inspiró a otros. La maniobra de Obama, además debe ser supervisada porque coincide con su vertiginosa caída en las encuestas de popularidad, su cada vez más evidente fracaso en Afganistán y, en términos latinoamericanos, con su escandalosa política en la Honduras del golpe de Estado en contra del presidente constitucional Manuel Zelaya.

La actual administración de los EEUU no difiere en nada de las anteriores, si acaso se muestra más ignorante en cuestiones latinoamericanas y demuestra más descaro para usarla según sus intereses. Si EEUU hubiese querido de verdad ayudar a Haití, en su momento debió retirar las subvenciones a sus productores agrícolas para que la agricultura haitiana pudiese ser el motor de una economía devastada mucho antes de un terremoto que pudo haber enfrentado mejor preparado y sin necesidad de sospechosas tutelas.

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