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Brasil, América Latina y Palestina

Que de un tiempo a esta parte Brasil es la potencia diplomática latinoamericana, nadie lo discute, ni siquiera un México al que ha arrebatado esa posición y que hoy está  demasiado ocupado en la devastadora “guerra contra el narco” desatada por el presidente Felipe Calderón.

Pablo Sapag M.

Lo que pocos asumían, sin embargo, es que Brasil empieza a ser ya algo más que eso, que ciertamente no es poco y llega después de haber logrado antes la hegemonía en Sudamérica en detrimento de Argentina. Brasil, además de todo eso, comienza a ser hoy una potencia hemisférica, es decir, panamericana.

Se constituye así en alternativa a los Estados Unidos, poniendo en jaque la versión más negativa y conocida de la Doctrina Monroe, aquella que se resume en el “América para los americanos” de los Estados Unidos de América y no para todos los americanos de Alaska a Tierra del Fuego, como se entendió cuando en 1823 la esgrimió el presidente Monroe para evitar la vuelta de las potencias imperiales europeas a las Américas.

Dilma Rousseff, presidenta electa brasilera

Desde entonces, la arena irrenunciable para la política exterior estadounidense ha sido el Hemisferio Occidental, la realidad panamericana. Tanto que ha ejercido un dominio omnímodo y muchas veces de consecuencias nefastas, un poder, sin embargo, nunca desafiado en serio por falta de capacidad individual y colectiva de los otros estados americanos. Hasta ahora, en que lo hace Brasil y no por casualidad.

Desde hace al menos medio siglo Brasil ha orientado su política exterior a la consecución del objetivo de llegar a ser una potencia hemisférica alternativa a los Estados Unidos. Eso supone actuar incluso más allá de las fronteras físicas del continente americano. Exige ser un jugador global, no para polarizar a nivel mundial, pero sí para reforzar las posibilidades propias en el tablero que de verdad le interesa a Brasil, el hemisférico, el panamericano.

Estos días Itamaraty –el poderoso ministerio de Relaciones Exteriores brasilero- ha dado prueba de ello. Reaccionando a la negativa de Estados Unidos a forzar a Israel a detener la construcción de colonias judías en la Cisjordania palestina ocupada, Brasil ha dado el gran golpe diplomático al reconocer el Estado palestino con las fronteras anteriores a la Guerra de los Seis Días de 1967, la misma que marcó el comienzo de la ocupación israelí y de la posterior anexión ilegal de Jerusalén.

El movimiento brasilero no es testimonial. Sus consecuencias reales ya son visibles. De inmediato la Argentina otrora potencia rival en el ámbito sudamericano ha hecho lo propio. Uruguay lo hará en breve. El Chile que acoge a la más extensa colonia palestina del mundo fuera de Oriente Medio con 350 mil palestinos de un total de medio millón de chileno árabes se ha visto en la tesitura de tener que hacer lo mismo. Difícil prueba para el presidente Sebastián Piñera, cuyo ministro del Interior y vicepresidente es un miembro de la reducida pero poderosísima minoría judía, influyente en todos los partidos y a todos los niveles.

Reconociendo el Estado palestino con esas fronteras Brasil ha generado efectos en la escena global pero sobre todo en la hemisférica. No mucho antes un desafío así a la política de Washington habría sido impensable por improductivo. Tanto como que el movimiento brasilero hubiera motivado el de otros estados latinoamericanos.

Pero ahora las cosas han cambiado. Brasil tiene una evidente capacidad de liderazgo y no sólo latinoamericano. Lo ha demostrado en el ámbito mayor, el hemisférico, con su papel en la OEA, el liderazgo de la misión de Naciones Unidad en Haití o la crisis desatada por el golpe de Estado de hace un par de años en Honduras.

La jugada sin duda ha impactado en Washington. Primero porque es la constatación última de que Brasil es ya un a potencia hemisférica alternativa al poder de los EEUU. En segundo término porque la decisión de Itamaraty, secundada por una Argentina que también es miembro del G-20, mete presión a una Unión Europea que discrepa con la parcialidad pro israelí de la  política de EEUU en Oriente Próximo.

Pese a ello hasta ahora la UE no se ha atrevido a dar el paso del reconocimiento del Estado palestino para no enojar a Washington y a un Israel al que con mala conciencia histórica los europeos acogen en muchas de sus organizaciones, desde el Grupo Europeo Occidental en la ONU, hasta Eurovisión o la UEFA. Todo eso por no mencionar los acuerdos de libre comercio que mantiene con Israel y por medio del cual entran en la UE productos de las colonias judías que Israel sostiene en los territorios ocupados palestinos.

El movimiento brasilero y latinoamericano pone en una complicada posición a una UE que pierde poder internacional a manos llenas ante su debilidad económica y la proyección de los llamados estados emergentes, entre los que sin duda y por derecho propio se cuenta Brasil.

La diplomacia brasilera demuestra así varias cosas. Primero que con perspectiva estratégica es posible hacer política exterior independiente y con sello latinoamericano sin excluir ningún tema, por complejo que éste sea.

Segundo, que como ya empezó a demostrarse con el voto independiente de Chile y México en el Consejo de Seguridad de la ONU cuando se rechazó la propuesta estadounidense de atacar a Iraq, Washington ya no es el único que es capaz de alinear a su favor a los otros estados americanos.

Tercero, que los quince millones de latinoamericanos de origen árabe han logrado que el conflicto de Oriente Medio tenga visibilidad y presencia en las agendas diplomáticas de los países latinoamericanos, algo a lo que Washington y Tel Aviv siempre se han opuesto.

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