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¿Vientos xenófobos en Rusia?

Los recientes disturbios en pleno centro de esta capital, azuzados por elementos nacionalistas, amenazan con abrir una caja de Pandora en las relaciones interétnicas, algo que muchos ven como un peligro para la integridad nacional.

Antonio Rondón García

Unos desórdenes con similar magnitud a los ocurridos el pasado sábado en la plaza Manezh sólo se habían registrado en 2002, en el mismo lugar, donde se instaló una pantalla gigante para disfrutar de un partido del mundial de fútbol entre Rusia y Japón.

Tras el silbato final del encuentro, en el cual perdió este país, una masa compacta de casi 10 mil personas se lanzó por la avenida Tverskaya y destruyó o incendió unos cien autos, trolebuses, más de 40 vitrinas, mientras dos personas murieron y decenas resultaron heridas.

Fue la primera señal de lo que podían desatar los mal encauzados sentimientos nacionalistas entre elementos extremistas de los hinchas del fútbol y jóvenes marginados.

Lo ocurrido en la Plaza Manezh, donde más de 30 personas resultaron heridas, tras choques entre fuerzas antimotines y una ola de jóvenes extremistas y nacionalistas, tuvo en parte que ver con la tolerancia de los últimos tiempos a las expresiones públicas de esos grupos.

El diario Komersant recuerda que el pasado 4 de noviembre, en el feriado de la unidad rusa, que pretende desviar la atención sobre la celebración de la Revolución de Octubre (7 de noviembre), cientos de neofascistas y nacionalistas marcharon sin problemas por la avenida Tverskaya.

Al respecto, Mujammed Amin Madjumer, presidente de la Federación de Inmigrantes de Rusia, indicó que en aquella ocasión su entidad advirtió sobre las posibles consecuencias de permitir esas marchas.

Por otro lado, la prensa reforzó en los últimos tiempos los debates televisivos sobre la necesidad de contar o no con fuerza laboral de inmigrantes ante la crisis demográfica del país y su carácter ilegal.

Asimismo, el pasado miércoles, 8 de de diciembre, la policía se mantuvo al margen cuando unos 10 mil jóvenes, muchos de ellos con consignas xenófobas, bloquearon la avenida Leningradski para exigir que las autoridades arrestaran a responsables de la muerte del joven ruso Egor Sviridov.

Pero como narra el Komersant, Sviridov murió tras un riña entre seis moscovitas y seis caucásicos, en la cual uno de ellos, Aslan Sherkezov, disparó cuatro veces contra el citado joven con una pistola de balas de goma “Strimer”, hallada luego en su poder por la policía.

Las consecuencias de los desórdenes comienzan a verse: además de las golpizas propinadas por ultraderechistas en estaciones de metro, incluido el asesinato de un ciudadano kirguís, la víspera las fuerzas antimotines debieron cerrar nuevamente la Plaza Manezh.

Varios grupos de las diásporas de las naciones del Cáucaso y de otras repúblicas ex soviéticas en el sur calificaron de provocación los anuncios aparecidos en Internet sobre la preparación de una posible marcha de respuesta de sus coterráneos en esta capital.

La situación ya provocó que muchas personas de rasgos caucásicos se abstuvieran de salir de sus casas o incluso de ir al trabajo o enviar a sus hijos a las escuelas, comenta el rotativo digital Gazeta.ru.

Sin embargo, para Andrei Isaev, miembro del gobernante partido Rusia Unida, no existe peligro alguno de la existencia de una estructura nacionalista, ni líderes políticos que la puedan dirigir.

Pero otros expertos estiman que, precisamente, la falta de una jefatura visible de esos grupos extremistas (en su mayoría jóvenes movidos por ideas xenófobas o marginados), los hace menos predecibles en su organización y en sus posibles acciones.

Detrás de los disturbios del sábado último pudieron estar varios clubes de adiestramiento para la defensa personal, llamados Firmas, en los cuales muchas veces predominan los discursos discriminatorios y cuyos jefes pudieron organizar la manifestación, estima Komersant.

El peligro de una multiplicación de las acciones xenófobas llevó al presidente ruso, Dmitri Medvedev, a exigir mano dura a la policía y a emplear todos los medios a su alcance permitidos por la ley, sin excepción, para terminar con “el relajo en la calles”.

Algunos analistas como Gleb Pavlovski, director del Fondo de Política Efectiva y legendario consejero de estrategias electorales en el Kremlin, especula que detrás de las marchas nacionalistas pudieran estar algunos sectores políticos, pero nadie puede dar fe de ello.

El estado ruso ha puesto sumo cuidado en mantener el fino estambre de la convivencia interétnica en un país de más de 120 nacionalidades, cuyas relaciones acumulan historias de amor y odio, una balanza que puede ser rota por incómodos aires nacionalistas.

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