En Foco, Ludoteka, Vida de hoy

Movimiento lento en Africa Occidental…

Después de un corte de pelo de 75 peniques y algo de comida, decidí ir tras la música que oía desde el otro lado de la calle. Adentro proyectan una serie de películas de National Geographic, entre ellas Los animales más peligrosos del mundo y CSI (Croc Scene Investigation; Investigación de la escena del cocodrilo), justo lo que necesitaba para una emocionante salida nocturna.

Graham Douglas

La cinta está siendo proyectada sobre una pantalla gigante, sin banda sonora porque se escucha Hiplife a través de altavoces que tienen el tamaño de armarios.

De repente se interrumpe el espectáculo por un problema técnico y la mesa de billar se convierte en el centro de atención.

Los jugadores son dos adolescentes con estilo.

Uno lleva una gorra de béisbol y, alrededor del cuello, un pedazo de joya de cristal y un reproductor MP3; mientras que su amigo lleva sólo una bufanda envuelta de forma vertical sobre la cabeza y bajo el mentón.

Los dos están bailando entre tiro y tiro, y en un momento dado deciden intercambiarse accesorios.

Es una mesa rudimentaria pero funcional, si las bolas se pierden sólo tienes que voltearla hasta que salen, y el triángulo es de metal y parece uno de ésos que se colocan detrás de un coche cuando tienes una avería. Pero todo el mundo lo está pasando bien y esto es más entretenido que la película.

Al día siguiente continúo mi camino, y la Rough Guide (RG) me asegura que hay carretera asfaltada durante la mayor parte del trayecto a Bimbilla, y los hombres en la estación de tro-tro dicen que llegaré allí en un par de horas. Finalmente resulta que el tro-tro sólo va hasta Nkwanta, pero seguro que podré tomar otro de inmediato.

Después de un viaje de dos horas sobre una agreste carretera de tierra llegamos allá, justamente cuando camión-bús se estaba llenando. Es un magnífico Mercedes antiguo con un motor muy suave y pronto estamos volando a 50 mph sobre una carretera ondulada, y el motor es tan bueno que parece transmitir sólo ruido y ninguna vibración.

Ahora en Kpaca las cosas se ralentizan. Me aparcan en el asiento delantero del taxi viejo más decrépito y destartalado que he visto nunca. Al parecer estoy ahí para atraer clientes y al cabo de un tiempo nos ponemos en marcha.

Después de siete horas y media, incluyendo un viaje en un camión de 20 toneladas, llego a Bimbilla. No hay “varios hoteles alrededor del área de estacionamiento” como informa RG, ni siquiera uno, pero afortunadamente avisto uno de camino al pueblo.

Después de Bimbilla resulta bastante fácil llegar a Tamale, pero estos autobuses son algo fuera de lo común. En el interior, no logro sentarme porque todo el mundo está reservando un asiento para otra persona y, principalmente, porque hay asientos extra plegables en el pasillo, en los que no puedes sentarte mientras haya espacios libres detrás.

El techo es bajo, mi mochila es pesada, hace mucho calor y a mi lado comienza una discusión entre una mujer que está reservando un asiento y otra que lo quiere. Pronto están gritando literalmente la una a la otra aproximadamente a un pie de mi cabeza (que sigue aún apretada contra el techo en un ángulo incómodo). Empujo el equipaje de alguien lo suficiente como para caber en el asiento que está junto a ella, lo cual no parece agradarle mucho. Finalmente llega el conductor y se arreglan las cosas.

Cuando llegamos advierto la calcomanía que todos los autobuses tienen en el parabrisas. Normalmente llevan una cita religiosa: ésta dice simplemente “Teme a las mujeres”.

En Burkina

Mi primera noche en Burkina transcurre sin incidentes y la influencia francesa se resume con precisión en el lema de la cerveza Flag: La señal externa de la convivialidad. Sólo a una nación de intelectuales se le puede ocurrir algo así, lo cual contrasta con la cerveza Star de Ghana, que afirma “liberar la alegría de vivir con un espumoso resplandor”.

Ouagadougou resulta ser una sorpresa, ya que siempre pensé que Burkina era uno de los países más pobres de África. Aquí los semáforos funcionan, sale agua de los grifos con regularidad y no hay sumideros abiertos en los que uno pueda caer de noche. Pero sí hay muchos niños pidiendo comida, lo cual no ocurre en Ghana, y la Avenida Nkrumah parece un trozo de París con 4x4s nuevos aparcados junto a elegantes bares. Continúo hacia Bobo Dioulasso, de la que se dice que es más verde y unos cuantos grados más fresca.

Existe mucho proxenetismo en Burkina. En un restaurante un chico se me acercó por detrás sigilosamente, se agachó junto a mi mesa y susurró que me esperaría afuera para hablar “des petites soeurs” (las hermanitas), que presumiblemente hace referencia a chicas, espero que no a niñas. Noto que no molesta a un grupo de franceses que entran, así que al salir me paro deliberadamente para entablar conversación con ellos y de repente no hay señal de él: me escogió como objetivo porque estoy solo.

Golpeando el ventilador

Cuando te encuentras en un estado de ánimo bajo, la concentración decae y, de pie bajo el ventilador en mi habitación poniéndome una camiseta, empujo la mano por la manga de forma demasiado entusiasta y directa hacia las aspas. El corte deja de sangrar bastante rápido pero queda la preocupación de infecciones en climas tropicales. Con un poco de paracetamol el dolor disminuye y la hinchazón baja lo suficiente al cabo de tres días como para firmar un cheque de viaje…

Hoy la fiebre parece peor pero después de comprar una cura de malaria de tres días decido que no era eso. Acabo de escribir Maria pero no hay ninguna aquí que pueda picarme como esos hermosos mosquitos ghaneses.

En el hospital me preguntan a quién quiero ver, luego me hacen sentar en una losa para tomarme la presión sanguínea y me dan una receta para matar virus y algunas ampollas de aminoácidos para la energía.

Más adelante, buscando una tortilla para almorzar, el hombre tras la barra me dice que no las hacen, pero me indica un lugar en la calle de enfrente y otro tipo se acerca y se ofrece a llevarme allí. Pero a continuación dice algo extraño, me pregunta si quiero beber leche o vino. Lo miro más detenidamente y noto sus ojos vidriosos y su habla balbuceante, así que le digo “no, gracias” y me marcho en otra dirección, que me lleva a través de un grupo de mujeres sentadas en el suelo vendiendo cacharros de cocina.

Cuando encuentro un hueco y alcanzo la carretera, él está justo detrás de mí y de repente intenta arrancarme de la mano unos papeles que había impreso en un cibercafé. Alza los puños y dice “Vous voulez combattre avec moi?” (“¿Quiere pelear conmigo?”) tres o cuatro veces. Me veo obligado a hacer lo mismo, así que estamos el uno frente al otro  con los puños en el aire en medio de la calle.

Le digo que “no, no quiero pelear, ¿por qué tendría que hacerlo?”, mientras espero que una inevitable muchedumbre se aglomere alrededor de nosotros y calme la situación. No puedo simplemente marcharme por si él decide atacarme por detrás. En efecto, al poco tiempo varias personas nos apartan para que nos calmemos.

De vuelta al hotel necesito dormir y apago el ventilador, que hace un sonido como el de una pareja amorosa sobre un ruidoso colchón. Según se acelera, el efecto se vuelve cómico, pero finalmente se estabiliza y continúa removiendo el aire con más decoro mientras me quedo dormido.

Jazz Feeling

Momento de relajarse en el bar de blues. Ocurre los jueves y viernes, y el tipo con el sombrero de paja impone con su presencia.

Toca blues de Mali y riffs de Hendrix en su guitarra eléctrica, tan fácilmente como respira, y la música comienza a cocinarse.

Una noche se sube un payaso al escenario, con cosas metidas en la ropa haciendo las veces de pechos y un enorme trasero, que menea de cara al público.

Su motocicleta se vería perfecta en el malecón de Brighton en verano. Está empapelada de recomendaciones, además de un anuncio que dice que está de gira entre Bobo-Ouagadougou y Cotonou (en Benín, a unas 700 millas) durante 28 días. En la parte trasera hay una antena con algo que parece un sombrero de piel de oso encima. Un payaso mod africano en motocicleta – imposible de imaginar.

El escenario es una plataforma con techo de madera, iluminada por un único tubo fluorescente, y las mesas están al aire libre.

Al cruzar la calle, en otro bar, hay dos chicas en la puerta del jardín gritando a los chicos que pasan por ahí.

Más adelante necesito ir al servicio, que está en el otro bar, y mi encantadora acompañante de hace 30 minutos me conduce allí y me ayuda a encontrar el lugar adecuado en la oscuridad – alumbrando con su teléfono móvil.

A veces salir por bares de té resulta más interesante que ir a ver el bagre sagrado o “la mezquita más antigua del mundo”.

Otro día conocí a un cirujano veterinario, con un doctorado de Rabat, que hablaba un inglés perfecto. Tiene proyectos para la inseminación artificial del ganado y dice que hace dos años los bancos se desvivían por ofrecerle préstamos, pero una vez se hubieron tramitado sus solicitudes ya había llegado la crisis.

Espera que yo conozca a algún hombre de negocios en Europa con unas 500.000 libras para invertir y me invita a su despacho, donde se encuentran trofeos de Egipto y Marruecos y seis pequeños frascos con esperma de toro suspendidos sobre un cilindro humeante de nitrógeno líquido a menos 180ºC…

Su plan de negocios es interesante porque muestra cuánto gana la gente aquí. El director se paga a sí mismo alrededor de 13.000 libras anuales y la gente en el nivel más bajo gana la vigésima parte de esa cifra, o 2 libras por día, comparadas con el precio de 9 libras de una habitación individual básica, y con el desayuno en un bar de té a unos 60 peniques.

(Traducido por Vicente Rosselló – v.rosselloh@yahoo.com)

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