Ludoteka

Permiso para hablar libremente

Una amiga mía acaba de dar a luz. Lo cual es bastante asombroso, si uno se para a pensarlo. Yo ni siquiera he dado nunca sangre. Me hizo reflexionar sobre todas esas lecciones que estás obligado a enseñar a un nuevo ser humano y, más adelante, lecciones contradictorias.

Erica Buist

Enseñas a un niño a decir siempre la verdad. Más adelante, le enseñas cuándo no hacerlo. Es necesario, porque un niño no tiene noción alguna de etiqueta, modales, cortesía o sentimientos heridos. Dios mío, estuvo muy bien eso, ¿no? De entre toda las personas, los niños pequeños son los que tienen menos libertad – no pueden vestirse o lavarse por sí mismos, no pueden siquiera ir al baño sin el permiso de un adulto. Pero ¿quién más tiene la libertad de decir lo que se le venga a la cabeza (cuando el vocabulario lo permite)?

Cuando tenía dos años, mi madre me llevó al supermercado y me metió en la silla para niños del carrito de la compra. Se encontró con un cliente de mi padre, un transexual a la espera de ser operado; estaba viviendo como mujer durante un año entero, como estipulaban en aquel tiempo quienes poseían los bisturíes y las increíbles habilidades quirúrgicas.

Mientras charlaban, estoy convencida de que mi mirada clavada en él/ella,  al tiempo que me chupaba el pulgar con la cabeza inclinada y el ceño fruncido, resultaba ligeramente embarazosa. La situación llegó a sumamente vergonzosa cuando saqué el pulgar de la boca, levanté las cejas y dije: “Es un hombre”, de manera bastante casual. Un misterio más resuelto por esta niña de dos años. Vayamos ahora al asunto que nos ocupa – ¿qué son esos palitos que tiene la rana René* debajo de los brazos?

Echando la vista atrás, hay una parte de mí que admira al transexual en cuestión por no mirarme fijamente, sonriendo de manera dulce, inclinarse hacia mí y decirme “Papa Noel no existe”. Pero supongo que ni siquiera se le ocurrió; aunque quizás deseaba levantarme por mi inocente carita y tirarme en el congelador,  se mostró comedido/a. Y no hablo del comedimiento convencional que tienen todas las personas civilizadas – que las aleja de la violencia, la grosería o del deseo de meter a niños en congeladores, oh no. Hablo de un comedimiento más profundo, más oscuro.

La mesura inglesa

Lectores del mundo entero, los desafío a venir a Inglaterra y pisar a alguien “por accidente”. Me apuesto mi columna semanal a que esa persona dirá “lo siento”. A usted. La persona que cruzó continentes para venir a pisarlo. ¿Qué clase de comedimiento es ése? Eso no es cortesía, es cortesía llevada al extremo de no permitir que un idiota se sienta como un idiota. Siento muchísimo que mi pie estuviera en su camino. Mis más sinceras disculpas por poner la cara al paso de su puño en movimiento.

Recientemente tuve que mostrar mesura social, lo cual me hizo añorar los días de “Es un hombre”. Tras un día entero de reuniones con clientes que me apretaban la mano demasiado fuerte sin yo poder quejarme (nadie le aprieta la mano a un niño de dos años demasiado fuerte, ¿a que no? No. Porque se quejaría), me encontré frente una imagen de lo más extraña.

En la estación de tren de Kings Cross vi a un hombre con un montón de bolsas de La Senza – pero empujándolas en una silla de ruedas. La gente no tiene sillas de ruedas así como así. Las sillas de ruedas normalmente están ocupadas por gente, no por bolsas. Así qué, ¿dónde exactamente está esa persona sentada, esperando a que regrese un hombre con una silla de ruedas y un cuarto de tonelada de sujetadores? Me encontré mirando de un lado a otro en busca de alguien sentado con aspecto indefenso y frustrado.

Pero estamos hablando de una estación de tren, en Londres, durante la nieve: había muchas personas sentadas con aspecto indefenso y frustrado. No me pareció apropiado acercarme a alguna de ellas y decir “¿Puedes caminar?”

La Eri de dos años lo habría hecho. Supongo que echo de menos mi juventud.

*Gustavo para nuestros lectores españoles.

(Traducido por Vicente Rosselló – v.rosselloh@yahoo.com)


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