Cinema, Cultura

Animal Kingdom

En la selva sólo sobrevive el más fuerte. O el que tiene la capacidad de matar y no ser matado. El postulado darwiniano es el evidente leitmotiv de esta cinta: la historia de un joven que se enfrenta a la realidad de su familia brutalmente disfuncional y los problemas de ésta con la ley.

Noel Hernández

La película, escrita y dirigida por David Michôd, abre con un plano de Joshua ‘J’ Cody – sobriamente interpretado por James Frecheville – viendo la televisión junto al cadáver de su madre. Espera la llegada de los paramédicos carente de expresión, casi tan inanimado como ella.

Esa extrañeza, esa confusión sin catarsis, y no la frialdad intencionada, será la actitud que muestre a lo largo de toda la película—sólo interrumpida en una ocasión, cuando lo vemos romper a llorar.

Ése es el ambiente con el que J contamina la película: una tensión en constante aumento que no llega nunca a explotar en un verdadero clímax.

El uso – quizás excesivo – de la cámara lenta y la música dramática que silencia los diálogos ayudan también a subrayar el caos post-traumático durante varias escenas. Ni visualmente espectacular ni áspera y ultra-realista, la estética de “Animal Kingdom” se encuentra en tierra de nadie.

Si buscamos referencias, la fotografía de Gus Van Sant podría ser una de ellas. Hay también guiños a Martin Scorsese con el uso de montajes a cámara lenta después de una tragedia.

La historia puede ser incluso interpretada como una versión realista y sin glamour de “Goodfellas”.

Pero la manera en que se representa a Melbourne, con su sol, sus polis de gatillo fácil y sus negocios sumergidos, remite claramente a los neo-noirs ambientados en Los Ángeles “LA Confidential” y “Heat”. Tras la muerte de su madre, J se va a vivir con su abuela y sus tíos: una verdadera guarida de leones.

Una familia de delincuentes cuyos hombres parecen un puñado de marginados Beach Boys, bajo el matriarcado de Janine—la malvada mujer que besa perturbadoramente a todos en los labios, interpretada por Jacki Weaver.

“Llevo aquí bastante tiempo”, explica sobre su manera de obtener información confidencial de la policía. Y no podemos dudarlo.

Es ella quien – al contrario que Abraham en la Biblia – no duda en matar a su hijo si la razón es lo suficientemente buena. Cuando uno de los tíos de J muere tiroteado por la policía, la espiral de violencia se hace inevitable.

El mayor de los hermanos da rienda suelta a su lado paranoico sólo para competir en maldad con el de su madre. J está ahí, pero no participa en los ataques de venganza.

En realidad no ve nada, pero, como su tío más joven le dice, “todo tiene que ver con todos”. La posibilidad de no convertirse en alguien parecido a ellos la da Leckie, el policía bueno y sabio interpretado por un maduro Guy Pearce, el otro pilar del triunvirato de actores que sustenta esta película.

No sabremos hasta el final si J decide escapar del determinismo criminal que domina a su familia o si desea permanecer con ellos. Pero estar con ellos significa que debe sobrevivir: y eso supone convertirse en león y dejar de ser cachorro.

(Traducido por Vicente Rosselló – Email: v.rosselloh@yahoo.com)

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