Editorial, Opinión

Una historia caída del cielo

Del aire son …

“Este vuelo es a Cuba, maestro… ” Daniel Chavarría

El  desvío de un avión de Colombia a Cuba en el año de la muerte del Che y de la publicación de “Cien años de Soledad” era algo macondiano y folklórico a diferencia de hoy.

Armando Orozco Tovar

Una hazaña cargada de picardía criolla. Tan poco se le daba a este acto peligroso poético a lo Jodorowsky la connotación  impuesta por el imperio años después con la caída de las torres  “que del cielo se cayeron”. Así ocurrió con este evento realizado por dos jóvenes del Magdalena y un guerrillero venezolano perteneciente al MAS-Movimiento al Socialismo- de ese país, el cual estaba alzado en armas en la cordillera Falcón, hallándose en Bogotá de paso para su país procedente de Cuba, donde fue a curar sus heridas por torturas de la Guardia Nacional.

Años antes se había producido el primer desvió aéreo del mundo viniendo a bordo de ese avión Turbay Ayala como embajador de Colombia ante la ONU, quien fue sacado de su rumbo con la hélice de su corbatín y toda su ridícula indumentaria por un portorriqueño y conducido hacia La Habana donde hacía poco habían entrado el Ejército Rebelde dirigido por Fidel a quien sobre su cabeza y hombros se le paraban, como si lo reconocieran las blancas palomas del santoral Orisha.

La prensa mundial informó que el comandante de la Sierra Maestra fue al Aeropuerto Rancho Boyeros- José Martí, donde estaba el diplomático colombiano muy atemorizado. Años después algunos funcionarios del lugar me contaron que Turbay se cagó del susto al encontrarse de repente en territorio enemigo, el cual  había atacado con sus discursos sin tregua desde la ONU. Lo hizo dentro de sus anchos pantalones de diplomático confeccionados al igual que los de Rómulo Betancourt, el que fuera mandatario venezolano, en Washington, como dice en un poema Pablo Neruda.

Aquellas personas recordarían también la proverbial gentileza de Fidel el cual no tuvo reparos en llevarle una muda de ropa limpia y  perfumada con los últimos vetiveres de la Sierra.

Hoy día es difícil imaginar al “Único prisionero político de Colombia”, como él mismo se definió en los tiempos de su siniestro Estatuto de Seguridad, sin corbatín y en traje de miliciano, maldiciendo su suerte a los cuatro vientos caribeños, por tener que vestir esa prenda prestada de soldado enemigo.

¿Pero, quién sería el reportero, encaletador sin darse cuenta de su valor de la gráfica con los apuros de Turbay Ayala, por la cual las más prestigiosas publicaciones periodísticas darían hoy  millones; así como también los coleccionistas de fotos anómalas?

Hoy deben valer un Potosí. Por eso propongo que  hay que rebuscar en los cajones y cojones históricos de Granma y de la Revista Bohemia, y si es posible en los estudios  de Korda, si es que todavía existen en La Habana Vieja. Aquel fotógrafo, que captó en feliz momento la famosa foto del Guerrillero Heroico, que todavía por ser un icono de nuestro tiempo se vende, todos los días como los poster de la Mona Lisa, por todas las calles del planeta.

Horas después el diplomático colombiano, el cual no se apeó ni por un momento de la nave, regresó a Colombia con un sabor de agradecimiento por el jefe barbudo y fumador de largos habanos, que como un caballero andante que sin duda lo era, arribó al aeropuerto para salvarlo del ridículo. Un nuevo acercamiento con los años se daría entre estos dos disimiles personajes cuando Fidel le colaboró tan oportunamente ayudándolo a resolver el grave entuerto de  la embajada dominicana en Bogotá.

Turbay Ayala, Presidente de Colombia, de repente esa vez recordaría, que en su ropero aún tenía guardado los calzones sucios de aquel desvío de mierda, y muy planchadito también el uniforme verde oliva prestado para su urgente muda. Sacando ánimos de donde no los tenía llamó al líder cubano desde su Palacio bogotano, al Palacio de la Revolución habanero, no para decirle que se lo iba a devolver, sino para suplicarle que le ayudara a liberarse de la pesadilla de esa toma sin solución.

Entonces fue cuando el lúcido líder, sorteador de invasiones y de la posibilidad de  bombas atómicas sobre su territorio, le envió un avión de Cubana de Aviación con un ropero  de uniformes recién confeccionados para que se vistiera toda la tropa del emedioecinueve atrapada en  ratonera en esa sede diplomática.

De allí salieron con  el corazón contento y las valijas mas repletas que las de Danielito Chavarría, cuando se fue para Cuba, solucionándose en el filo del machete para todos la gravísima encerronada del odio militar desde cuando se le  llevaron en secreto de su Cantón  más de siete mil armas oxidadas.

A diferencia de los “mecánicos”, como se les decía; los del Magdalena por el contrario con el caraqueño a bordo no se llevaron ni un céntimo en sus roídas alforjas cuando arriaron como burro mocho la nave hacia la isla liberada. Tampoco tenían edad, ni experiencia planificadora de tamaña proeza de locos. Lo único que hicieron esos aprendices de ícaros y casi de manera inocente fue llevarse el  lechero con pistolas de juguete y sin muchos espavientos guerrilleriles, para hacerle el favor al amigo del hermano país, a quien ya tenían suficiente respeto como para arriesgar sus vidas por haberle escuchado su pre- labia chavista, que lo proyectaba en el futuro como otro Che Guevara. Con ese desvío de avión se convirtieron en los más jóvenes, felices e indocumentados piratas del aire del mundo, pareciendo más bien pertenecientes a un club infantil de pillotaje.

Hay que decir que casi todos los colombianitos de la época, e incluso de  ahora, deseaban secretamente y públicamente largarse lo más pronto posible de este país de acto de fe. Y los que por alguna razón se quedaban mamando en Locombia, no les quedaba más remedio que poemar eternamente o hacer canciones para expresar su  desconcierto, como ocurrió con la letra vallenatera que algún desempleado compuso en ese tiempo:

“Del aire son los piratas y ellos mandan la parada/ en esta convulsionada situación de nuestra patria./Se fueron para La habana, se fueron para Santiago./¿Serán las cubanas las que atraen a mis paisanos?…”

Qué tiempos van de estos a aquellos en que para celebrar la hazaña aereopirata se componían trovas y canciones y bala-Das, con guitarrita o acordeón. Concepto que se transformó  al ritmo de la nueva ingeniería aeronáutica con verdaderas naves comercio-espaciales, y  especiales, para quienes desearan fugarse de verdad  para algún lugar bien remoto del universo, porque  aquí en la tierra ya no había a dónde ir.

Para José Luis Díaz-Granados

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