Cultura, Plástica

Jesús Soto: crear e interpretar el movimiento

 

“Angostura” fue uno de sus primeros lienzos. El color del río Orinoco serpenteando sobre la tierra y el movimiento continuo de sus aguas marcando tiempos, ritos y sueños… Tales son los elementos de un paisaje que siempre estuvo y estará en las piezas del legado de este artista venezolano.

Daniela Saidman

Nacido en 1923 y fallecido en 2005, su arte posee dimensión creadora. Allí están sus penetrables sonando con el paso humano, transformándose con el tacto, sumándose al paisaje, en fin, integrándose a lo que perciben las miradas y los roces.

Soto fue un creador que, amando el movimiento fue capaz de interpretarlo, hacerlo suyo, dominarlo con la magia que nace de lo más divino que habita las humanas pasiones.

Con esa militante rebeldía que nace de las búsquedas, de las preguntas con y sin respuestas, nos regó los ojos, las manos y la percepción, mediante el ir y venir de los colores y las formas.

De las cuerdas al pincel

Empezó a rasgar cuerdas y guitarras cuando tenía doce años, tiempo en el que también copiaba las reproducciones de cuadros, publicados en revistas, libros y almanaques.

A los dieciséis años consiguió un trabajo como pintor de afiches para los tres cines que funcionaban en Ciudad Bolívar por aquel tiempo. En esa ciudad obtuvo una beca para estudiar en la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas de Caracas, en septiembre de 1942, continuó su formación participando en los Cursos de arte puro y de Formación Docente en Educación Artística e Historia del Arte. En esos andares conoció a Carlos Cruz-Diez y Alejandro Otero.

Desde 1943 y hasta 1949 Soto expuso cada año en el Salón Oficial de Arte en Caracas. Su pintura de esos tiempos estaba cruzada de influencias y búsquedas personales, la mirada de Cézanne fue decisiva a finales de la década.

En su primera exposición individual, a inicios de los añosl 50 del siglo pasado, presentó catorce cuadros entre paisajes, retratos, naturalezas muertas y algunos dibujos del Taller Libre de Arte de Caracas.

El 16 de septiembre de 1950 partió rumbo a Europa, donde además de encontrarse con Alejandro Otero, Mercedes Pardo, Rubén Núñez, Perán Erminy y otros artistas que ese año formaron la revista y el grupo Los disidentes, descubrió de la mano de Aimée Battistini, el arte moderno. En 1951, ya sin la beca que le permitía su estancia en París, volvió a las cuerdas con cierto éxito y deleite en la noche parisina.

A fines de ese año participó en la exposición Espacio-Luz y comenzó sus primeras obras basadas en la repetición y la progresión. Los años que siguieron estuvieron signados por la búsqueda que culminó con la creación definitiva del arte cinético, y el 30 de junio 1957 cuando expuso sus Estructuras cinéticas en el Museo de Bellas Artes de Caracas.

Esa muestra representó para el un punto de inflexión. Abandonó el plexiglas para construir sus primeras estructuras cinéticas en metal soldado. En 1960 le otorgaron el Premio Nacional de Pintura por una vibración blanca expuesta en el Salón Anual. Fue a principios de esa década cuando sus obras empezaron a hablar en un lenguaje geométrico elemental.

Entre otros premios recibió la Medalla de Picasso de la Unesco, 1981, designado Miembro Titular de la Academia Europea de las Ciencias, las Artes y las Letras, en París 1981; el Premio Pedro Ángel González, Gobernación del Distrito Federal Caracas, en 1995; el Gran Premio Nacional de Escultura de Francia, ese mismo año y además el Gran Cordón de la Orden del Libertador, en Venezuela, en 1996.

Uno de sus más importantes aportes fue procurar que el espectador se sintiera partícipe del arte. Tal vez por eso muchas de sus obras son esculturas integradas a la arquitectura. El arte de Soto, cinético en su más pura esencia, es además de participativo, lúdico. La obra lo es en la medida en que quien se acerca forme parte de ella.

Esto es posible constatarlo en el Museo de Arte Moderno Jesús Soto, en Ciudad Bolívar, creado por el arquitecto Carlos Raúl Villanueva en 1971, aunque abrió sus puertas dos años después.

En sus siete salas y en sus jardines se encuentra la muestra de arte constructivista más importante del país, muchas de las obras exhibidas pertenecían a su colección personal. Tres de las salas están dedicadas exclusivamente al artista. En los espacios exteriores están algunos de los penetrables, rodeados a menudo de niños y niñas que visitan diariamente el museo.

Como escribió una vez Carlos Servando García, Soto “siempre será Soto y único, un maestro del crear y el descubrir, (que) hoy duerme entre nosotros, pero vive como la luz y el viento en cada una de sus obras y solo descansará cuando su cuerpo repose cerca de su amado río”.  PL.

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