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El declive americano (II): causas y consecuencias


El eminente filósofo americano John Dewey describió en una ocasión la política como “la sombra que proyectan las grandes empresas sobre la sociedad”, advirtiendo que “la atenuación de la sombra no cambiará su sustancia”.

Noam Chomsky


Desde la década de los 70, la sombra se ha convertido en una oscura nube que envuelve a la sociedad y al sistema político. El poder corporativo, en su mayor parte capital financiero, ha alcanzado un nivel tal que ambas organizaciones políticas, que ya apenas se asemejan a partidos tradicionales, se sitúan muy a la derecha de la población con respecto a los temas de debate más importantes.

La principal preocupación para la ciudadanía a nivel doméstico es, con razón, la grave crisis de desempleo. En las circunstancias actuales, este problema crítico puede ser superado sólo a través de un estímulo gubernamental significativo, mucho más allá del adoptado recientemente, que apenas igualaba el descenso en gasto estatal y local, aunque incluso esa limitada iniciativa salvó probablemente millones de puestos de trabajo.

Para las instituciones financieras, la principal preocupación es el déficit. Por lo tanto, el déficit es lo único que se debate. La gran mayoría de la población está a favor de combatir el déficit con impuestos a los más ricos (72% a favor, 21% en contra). Mayorías abrumadoras se oponen al recorte de programas sanitarios (69% en el caso de Medicaid, 79% en el de Medicare). Lo más probable, por tanto, es que ocurra lo opuesto.

Al informar de los resultados de un estudio sobre cómo eliminaría el déficit la ciudadanía, su director, Steven Kull, escribe que “está claro que ni la administración ni la Cámara de Representantes liderada por los republicanos están en sintonía con los valores y prioridades de los ciudadanos con respecto a los presupuestos…La gran diferencia en cuanto al gasto es que la ciudadanía está a favor de recortar de forma considerable el gasto en defensa, mientras que la administración y la Cámara de Representantes proponen aumentos modestos…La ciudadanía se mostró también a favor de más gasto en capacitación laboral, educación y control de la polución que la administración o la Cámara de Representantes.”

Se estima que el coste de las guerras de Bush y Obama en Irak y Afganistán alcanza actualmente los 4,4 billones de dólares – una victoria importante para Osama bin Laden, cuyo objetivo anunciado era arruinar América haciendo que cayera en una trampa. El presupuesto militar para 2011 – que casi iguala al del resto de países del mundo juntos – es mayor en términos reales que en cualquier momento después de la Segunda Guerra Mundial y se prevé que crezca aún más. La crisis del déficit ha sido creada mayormente como arma para destruir detestados programas sociales de los que depende gran parte de la población.

El corresponsal de economía del London Financial Times, Martin Wolf, escribe que “no es que sea urgente abordar la posición fiscal de Estados Unidos….

Estados Unidos puede recibir préstamos en condiciones favorables, con intereses sobre bonos a diez años de cerca del 3 por ciento, como predecían los no histéricos.

El reto fiscal es a largo plazo, no inmediato”. De manera muy significativa, añade: “Lo asombroso de la posición fiscal federal es que se prevé que los ingresos constituyan solamente el 14,4 por ciento del PBI en 2011, muy por debajo de la media de posguerra, cercana al 18 por ciento. Se prevé que el impuesto sobre la renta individual constituya sólo el 6,3 por ciento del PIB en 2011.

Servidor, como ciudadano no americano, no comprende a qué se debe tanto alboroto: en 1998, al final del mandato de Ronald Reagan, los ingresos constituían el 18,2 por ciento del PIB. Los ingresos fiscales van a tener que subir de forma sustancial si se quiere cerrar el déficit”. Es en efecto asombroso, pero es lo que exigen las instituciones financieras y los más ricos, y, en una democracia en rápido declive, eso es lo que cuenta.

Aunque la crisis del déficit ha sido creada por razones de salvaje guerra de clases, la crisis de la deuda a largo plazo es seria, y lo ha sido desde que la irresponsabilidad fiscal de Ronald Reagan hiciera que Estados Unidos pasara de ser el mayor acreedor del mundo a ser el mayor deudor del mundo, triplicando la deuda nacional y creando amenazas para la economía que fueron rápidamente intensificadas por George W. Bush. Pero, por ahora, la preocupación más seria es la crisis del desempleo.

El ‘acuerdo’ final sobre la crisis – más exactamente, una capitulación ante la extrema derecha – es lo contrario a lo que la ciudadanía quiere de principio a fin, y llevará casi con seguridad a un crecimiento más lento y a un daño a largo plazo para todos excepto los ricos y las corporaciones, que disfrutan de beneficios récord.

Pocos economistas serios se mostrarían en desacuerdo con el economista de Harvard Lawrence Summers cuando afirma que “el problema actual de América es mucho más un déficit de empleo y crecimiento que un déficit por exceso presupuestario” y que el acuerdo alcanzado en Washington en agosto, aunque preferible a un muy improbable impago, causará probablemente aún más daño a una economía en deterioro.

Ni siquiera se menciona el hecho de que el déficit se eliminaría si el disfuncional sistema sanitario privatizado de Estados Unidos fuera sustituido por uno similar al de otras sociedades industriales, cuyos costes por persona ascienden a la mitad y cuyos resultados son al menos comparables. Las instituciones financieras y la industria farmacéutica son demasiado poderosas como para que estas opciones sean siquiera consideradas, aunque la idea dista de ser utópica. Otras opciones económicamente sensatas, como un pequeño impuesto sobre las transacciones financieras, son descartadas por razones similares.

Mientras tanto, se prodigan con regularidad nuevos regalos a Washington. El Comité de Asignaciones de la Cámara de Representantes recortó la petición de presupuesto para la Comisión del Mercado de Valores, la principal barrera contra el fraude financiero. Es poco probable que sobreviva intacta la Agencia de Protección al Consumidor.

Y el Congreso blande otras armas en su batalla contra las generaciones futuras. Ante la oposición republicana a la protección medioambiental, “una importante empresa americana de servicio público abandona el mayor esfuerzo del país por capturar dióxido de carbono de una central eléctrica a carbón, asestando así un duro golpe a los esfuerzos por frenar las emisiones responsables del calentamiento global”, informa The New York Times.

Los golpes autoinfligidos, a pesar de ser cada vez más potentes, no son una innovación reciente. Se remontan a la década de los 70, cuando la economía política nacional sufrió importantes transformaciones, poniendo fin a lo que comúnmente se conoce como “la Edad de Oro” del capitalismo (estatal). Dos de los elementos principales fueron la financialización y deslocalización de la producción, ambos relacionados con la caída de la tasa de beneficios de la fabricación industrial, y el desmantelamiento del sistema de posguerra Bretton Woods de controles de capital y regulación de divisas.

El triunfo ideológico de las “doctrinas de libre mercado”, como siempre muy selectivas, asestó nuevos golpes, ya que se tradujeron en desregulación, reglas de gerencia corporativa que vinculaban enormes recompensas para los directivos con beneficios a corto plazo, y otras decisiones de administración semejantes.

La concentración de riqueza resultante rindió aún mayor poder político, acelerando así un círculo vicioso que ha llevado a una riqueza extraordinaria a una décima parte del 1 por ciento de la población, principalmente directores ejecutivos de grandes corporaciones, gestores de fondos de alto riesgo y cargos similares, mientras que para la gran mayoría los ingresos reales prácticamente se han estancado.

Paralelamente, el coste de las elecciones se ha disparado, sumiendo aún más a ambos partidos en los bolsillos de las corporaciones. Lo que queda de la democracia política se ha visto minado todavía más, ya que ambos partidos han recurrido a la subasta de puestos de liderazgo en el Congreso. El economista político Thomas Ferguson observa que “de entre las asambleas legislativas del mundo desarrollado, sólo los partidos del Congreso de Estados Unidos ponen precio a puestos clave en el proceso legislativo”. Los legisladores que financian el partido obtienen los puestos, lo que prácticamente los obliga a convertirse en esclavos del capital privado, incluso más allá de lo que es habitual. El resultado, continúa Ferguson, es que los debates “se apoyan mucho en la repetición infinita de un puñado de eslóganes con probada capacidad para atraer a bloques de inversores y grupos de interés nacionales de los que dependen los dirigentes para obtener recursos”.

La economía del período posterior a la “Edad de Oro” está poniendo en escena una pesadilla prevista por los economistas clásicos Adam Smith y David Ricardo. Ambos se dieron cuenta de que si los comerciantes y fabricantes británicos invertían en el extranjero y dependían de las importaciones, ellos se beneficiarían, pero Inglaterra sufriría.

Ambos tenían la esperanza de que estas consecuencias pudieran evitarse a través del sesgo doméstico, la preferencia por hacer negocios en el país propio y verlo crecer y desarrollarse. Ricardo esperaba que, gracias a este sesgo doméstico, la mayor parte de propietarios estuvieran “satisfechos con la baja tasa de beneficios en su propio país, en lugar de buscar un uso más ventajoso para su riqueza en naciones extranjeras”.

En los últimos 30 años, los “amos de la humanidad”, como los llamaba Smith, han abandonado cualquier preocupación sentimental por el bienestar de su propia sociedad, concentrándose, en su lugar, en ganancias a corto plazo y enormes bonificaciones, sin importarles el futuro del país – siempre y cuando el poderoso estado niñera permanezca intacto para servir a sus intereses.

Una ilustración gráfica de esto apareció en la portada de The New York Times el 4 de agosto. Dos noticias importantes aparecían una junto a la otra. Una relataba la oposición ferviente de los republicanos a cualquier acuerdo “que implique mayores ingresos” – eufemismo de impuestos a los ricos. La otra lleva por título “Aun subidos de precio, los artículos de lujo desaparecen rápidamente de las estanterías”. El pretexto para bajar los impuestos a los ricos y a las corporaciones a niveles ridículos es que van a invertir en la creación de puestos de trabajo – algo que no pueden hacer ahora que sus bolsillos están llenos a reventar de beneficios récord.

El panorama que se revela está bien descrito en un folleto para inversores elaborado por el gigante bancario Citigroup. Los analistas del banco describen una sociedad globalizada que se está dividiendo en dos bloques: la plutonomía y el resto. En un mundo así, el crecimiento es impulsado por una minoría rica y consumido mayoritariamente por ella misma. Luego están los ‘no ricos’, la gran mayoría, llamada actualmente en ocasiones el precariado global, la mano de obra que lleva una existencia precaria. En Estados Unidos, están sujetos a una “creciente inseguridad laboral”, la base de una economía sana, según explicó al Congreso el presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, mientras alababa su propia labor de gestión económica. Éste es el verdadero cambio de poder en la sociedad globalizada.

Los analistas de Citigroup aconsejan a los inversores que se centren en los más ricos, que es donde se encuentra la acción. Su “Cesta de Acciones Plutonomía”, como ellos la denominan, superó con creces el índice mundial de mercados desarrollados desde 1985, cuando empezaban a despegar realmente los programas económicos de Reagan y Thatcher para enriquecer a los más ricos.

Antes de la quiebra de 2007, de la que fueron responsables en gran medida las nuevas instituciones financieras de la era posterior a la Edad de Oro, estas instituciones habían ganado un poder económico sorprendente, aumentando en más del triple su porcentaje de beneficios corporativos. Después de la quiebra, algunos economistas comenzaron a investigar la función de estas instituciones en términos puramente económicos. El premio Nobel de economía Robert Solow concluye que su impacto general es probablemente negativo: “los éxitos añaden probablemente poco o nada a la eficiencia de la economía real, mientras que los desastres transfieren riqueza de los contribuyentes a los financieros”.

Al destruir los vestigios de la democracia política, sientan las bases para llevar adelante el proceso letal – siempre y cuando sus víctimas estén dispuestas a sufrir en silencio.

(Chomsky.info – al-Akhbar, 24 de agosto de 2011)


(Traducido por Vicente Rosselló – v.rosselloh@yahoo.com)

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