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Obsolescencia programada: muerte desde el plan de pago

Una idea muy propia del capitalismo: crear productos para que dejen de funcionar pronto (muerte programada) y entonces haya que adquirirlos de nuevo una y otra vez. Sus artífices: las grandes multinacionales.


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Miriam Valero


Si un consumidor acude hoy a su tienda más cercana a arreglar algún producto que se ha roto (ordenadores, impresoras, móviles, etc.) lo más seguro es que el dependiente le diga que se puede arreglar, pero que le sale más rentable comprarse uno nuevo antes que arreglar el que tiene.

En ese momento, en el que el consumidor piensa racionalmente que lo mejor es adquirir uno nuevo, es cuando ha triunfado la obsolescencia programada.

Este simple término, cuya primera aparición data de 1932, es uno de los pilares que sustenta toda la sociedad actual capitalista y de consumo.

La obsolescencia programada se basa en que cuando los productos se crean no se elaboran para que duren toda la vida y su calidad prevalezca sobre todo lo demás, sino que se crean buenos productos de vida corta y con una muerte ya programada desde su creación.

Este principio afecta en la actualidad tanto a productos novedosos de nueva tecnología, como ordenadores, mp3, teléfonos o impresoras, entre otros; como a productos considerados tradicionales como medias, bombillas, coches, neveras o aspiradores.

Todos ellos llevan de serie el momento de su apagado para siempre.

La primera muerte

Tras el Crash de 1929, la gran caída de valores de la bolsa de EE.UU. que fue el comienzo de una de las mayores crisis económicas mundiales que duraría hasta la década de los años 30,  la sociedad dejó de consumir. Entonces, el economista Bernard London usó por primera vez esta idea en su texto “Cómo acabar con la depresión a través de la obsolescencia programada”.

En él, este economista sostenía que para que la producción de productos continuara, estos tenían que crearse con una fecha de caducidad en el momento de su creación.

Así, el texto de London no elogia la larga vida de los productos o el buen uso de ellos durante años, sino que acusa a las personas de ser las responsables de ahogar la economía alargando el uso de sus productos frente a la capacidad de producción ilimitada de la sociedad.

Esta necesidad de sustituir objetos para estimular la salida de una mala situación económica derivó, más adelante, a lo que se denomina obsolescencia percibida, un paso más en el término.

Aquí, ya no se crean productos que se rompen después de un tiempo para estimular la salida de una crisis, sino que se convierte en un negocio en el que el consumidor es estimulado continuamente mediante la publicidad para comprar productos nuevos sin que realmente le sea necesario.

El caso de la bombilla

En un parque de bomberos de Livermore, California, Estados Unidos, existe una bombilla que lleva encendida desde 1901. Este punto luminoso, que este año va a cumplir 111  funcionando, fue creada para durar, no para ser sustituida y crear negocio.

El que hoy concibamos las bombillas como un producto de consumo a corto plazo se la debemos al denominado cártel Phoebus, creado en 1924.

Esta asociación entre los que se encontraban fabricantes tan importantes como Philips u Osram pensó en qué ocurriría cuando todos los ciudadanos obtuviesen bombillas de larga duración y ya no se comprasen más. Entonces decidieron crear bombillas con una duración menor.

Aunque el acuerdo de obsolescencia de las eléctricas sólo se mantuvo hasta 1939, tras una demanda interpuesta por malas prácticas, el cartel consiguió el efecto deseado hasta el día de hoy: redujo considerablemente la duración de vida útil de las bombillas para que estas fueran reemplazadas con facilidad e instalaron en la mente de los consumidores esta duración como la normal hasta el día de hoy.

Irónicamente, la cámara de Internet o webcam que graba en vivo la bombilla de 111 años ha tenido que ser repuesta varias veces debido a la obsolescencia programada de la misma.

Igual que con la bombilla, ha ocurrido en el último siglo con las medias, las aspiradoras, los frigoríficos o los coches.

En el caso de estos últimos, en los años del inicio de las cadenas de montaje de los coches, los vehículos que se vendían con la garantía de tener motores “para toda la vida” dejaron de ser rentables porque la gente prefería modelos menores y más baratos para cambiarlos por otros nuevos de forma temprana.

Los productos de hoy

La mayoría de los actuales productos de la sociedad de consumo se crean bajo el abanico de la obsolescencia programada.

Por ejemplo, en el caso “Westley contra Apple” la abogada Elizabeth Pritzker demostró en 2003 que los famosos Ipods de Apple fabricaban sus baterías bajo criterios de obsolescencia programada.

Así, llevó a la compañía a los tribunales tras sospechar que sus baterías de litio estaban hechas para no durar. La demanda llegó a buen puerto y tras el análisis de las características técnicas del producto los consumidores ganaron el litigio.

Hasta ese momento, cuando se rompía alguna batería de sus productos, la única solución que Apple brindaba era la de comprar un producto nuevo. Así, además de una indemnización, los consumidores consiguieron que la compañía creara un servicio de recambio de baterías oficial.

Del mismo modo, las impresoras son otra de las víctimas de este abuso. En Internet, ya muchos usuarios han descubierto por qué las impresoras dejan de funcionar: gracias a un chip que cuenta las hojas impresas del dispositivo. Cuando el producto llega a un límite, salta, y pide ayuda al soporte técnico.

La obsolescencia programada afecta a marcas de impresión tan conocidas como Epson o HP.

El colmo de la obsolescencia programada es el caso de la marca Nike. En su caso, ha creado unas zapatillas en las que avisa de que solo duran 100 kilómetros.

Contra la muerte

En la actualidad, son muchos los ciudadanos que trabajan para alargar la vida de los productos y reducir este abuso desarrollado por las grandes empresas.

Además, estos colectivos luchan contra uno de los grandes males de la obsolescencia: la generación de desperdicios que acaban generalmente contaminando en países en desarrollo, ahogando aún más a su población.

En Rusia, un programador informático, Vitaly Kiselev, ha creado un programa para resetear el chip y alargar la vida de la impresora. Este software neutraliza el efecto de la obsolescencia programada en las impresoras permitiendo su uso de forma duradera.

En España, un grupo de ingenieros internacionales dirigidos por Benito Muros ha creado una bombilla LED que dura toda la vida bajo la premisa de que “pese a los avances tecnológicos antes los productos duraban más”.

Así, la compañía OEP Electrics ha creado esta bombilla que no es necesario sustituir, no genera residuos, emite hasta un 70% menos de CO2 y permite un ahorro energético del 92%.

Además, la empresa lidera el movimiento SOP “Sin Obsolescencia Programada” que incentiva a otras firmas a crear productos duraderos y de calidad.

Asimismo, consumidores de Apple están denunciando fallos en las pantallas de los últimos modelos de ordenadores Mac, los cuales tienen un fallo idéntico que se sospecha tenga que ver con la obsolescencia programada.

En esta línea, las grandes multinacionales también están reaccionando ante el conocimiento de la población de lo que es la obsolescencia programada y sus movimientos contra ella.

La semana pasada la empresa de fabricación de bombillas Philips lanzó un nuevo punto de iluminación de larga duración. La empresa asegura que su producto dura 20 años. Y cada vez son más los usuarios que se movilizan y realizan acciones conjuntas para denunciar y demandar soluciones a las empresas sobre los productos obtenidos bajo criterios de calidad que, en realidad, son creados para dejar de funcionar.

Algunos ejemplos de usuarios contra empresas abarcan a marcas tan conocidas como Samsung, Sony, Apple, Nike o Ikea.

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