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Midiendo la felicidad

Un país, Bután, no mide su progreso con el Producto Interior Bruto (PIB) sino con la Felicidad Interior Bruta (FIB) de sus ciudadanos. En 2010 el 55% de los butaneses dijo sentirse satisfecho con su calidad de vida.


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Miriam Valero


Desde el recrudecimiento de la crisis económica mundial sólo parece haber un tema en la agenda de las naciones: la economía.

Los gobiernos, ahogados por las exigencias de los mercados financieros, están disminuyendo continuamente gastos a costa de recortes en los derechos conseguidos por los ciudadanos, quitando cada vez más piezas del estado de bienestar.

En algún momento, se empezó a pensar más en el dinero que en la salud, la educación, la investigación o la cultura de los ciudadanos. Sin embargo, hay una nación en el mundo a la que un artículo de su constitución le impide disminuir los derechos de sus ciudadanos en virtud del progreso económico. Ese país es Bután.

Hace 40 años, esta nación decidió guiar las políticas de su gobierno con un indicador diferente al que usaban el resto de países desarrollados, y cambio el Producto Interior Bruto (PIB) por la Felicidad Interior Bruta (FIB).

El FIB es el indicador que evalúa la felicidad y la satisfacción de los ciudadanos de Bután con sus vidas, su entorno o la política de la nación. A partir de él, el Gobierno del país toma decisiones poniendo en primera línea las necesidades de sus ciudadanos por delante del avance económico.

Así lo refleja la Constitución de Bután, aprobada en 2005, que establece en su artículo 9 que es obligación del estado “esforzarse por promover las condiciones de vida que permitan conseguir el propósito de la Felicidad Interior Bruta”.

Para obtener el indicador, el gobierno pregunta a sus ciudadanos cada dos años en una encuesta nacional, cual es su satisfacción con su vida actual. Les plantea cuestiones como: “¿Pierde el sueño por sus preocupaciones?” “¿En qué emplea su tiempo?” “¿Cuantas horas dedica a la semana a relacionarse con su comunidad?” “Definiría su vida como muy estresante, algo estresante, nada estresante”.

Los resultados del último estudio, realizado en 2010, indicaron que el 55% de los butaneses están satisfechos con su calidad de vida, así como que los jóvenes, los solteros y los hombres son las personas que en el país se manifiestan más felices.

Uno de los principales defensores del FIB es el primer ministro del país, Jigme Thinley: Él, afirmó en un discurso reciente que “el problema (de la sociedad actual) es que hemos ignorado las necesidades de la mente. Como consecuencia de ello, nos hemos vuelto más pobres y tenemos dificultades para pensar qué es lo que realmente importa en la vida”.

“El problema se encuentra en los cimientos de nuestros Estados, que se han creado en torno al Producto Interior Bruto que mide el crecimiento. Si nos basamos sólo en esto, cuando no hay crecimiento no nos queda nada”, señaló.

La historia de Bután y el FIB

El Reino de Bután se encuentra en la zona oriental del Himalaya. En ésta región viven 750.000 personas, y la religión mayoritaria es el budismo.

La tardía apertura del país al extranjero y su encajada ubicación entre dos grandes potencias, China e India, ayudó al cuarto rey del país, Jigme Singye Wangchuck, coronado con sólo 17 años en 1974, a pensar de forma diferente.

Harto de las críticas a la pobreza de su país decidió concebir el progreso de la nación como un equilibrio entre los avances materiales pero también de los mentales para construir una sociedad desarrollada pero también sana social y espiritualmente. Factores que veía que se estaban perdiendo en el resto de países a costa del progreso económico.

Jigmi Thinley

En su discurso de coronación, el monarca afirmó que la felicidad de su país le parecía más importante que progreso material, por lo que creo una comisión y un centro de estudios para hacer de la idea un indicador real que pudiera guiar las futuras acciones del Gobierno.

De este modo, el monarca garantizó una educación, una cobertura sanitaria y seguridad económica para satisfacer las necesidades básicas de su pueblo y que se sintieran felices. Además, veló por otros factores que son determinantes para que la población se sienta bien y “progrese” como la relación con la comunidad o el mantenimiento de las tradiciones, que dieron como resultado la creación de fuertes lazos de unión dentro de la sociedad butanesa.

En 2004, Jigme Singye Wangchuck abdicó para instaurar reformas democráticas en el país. Así, Bután votó por primera vez en 2008 para obtener un parlamento representativo.

En la actualidad, el primer ministro, Jigme Thinley, y el quinto rey de Bután, Jigme Khesar Namgyel Wangchuck, continúan velando por la felicidad de su país.

¿Cómo se mide la felicidad de Bután?

El FIB se basa principalmente en cuatro pilares que, según este Estado, garantizan la buena marcha del país. El primero de ellos es mantener un desarrollo socieconómico sostenible.

El segundo, la conservación del medio ambiente para garantizar los recursos naturales en el futuro. La tercera, conservar la cultura para que sirva de guía en la vida cotidiana y, la cuarta, la existencia de un buen gobierno, entendido como un gestor competente y transparente.

El ejecutivo, evalúa cada dos años la felicidad de los butaneses a través de un cuestionario de 200 preguntas que plantea cuestiones relativas al bienestar psicológico de los ciudadanos, la vitalidad de la comunidad, el uso del tiempo, la salud, la educación, la cultura, la diversidad medioambiental, el nivel de vida y el Gobierno del país.

Tras el procesamiento de los datos, su validación y su agrupación en cuanto a grupos de edad, género, ciudades, etc. El gobierno de Bután obtiene un indicador fiable que se puede aplicar para evaluar las carencias de la población y las políticas que debe adoptar en el futuro, al igual que otros países usan el PIB.

Países que han mirado a Bután

Observando el ejemplo de Bután, países como Francia o  Reino Unido decidieron comenzar estudios sobre la felicidad en de sus naciones, enfrentando la posibilidad de que el desarrollo económico no da la felicidad a los ciudadanos.

En este sentido, poco después de convertirse en el primer ministro británico en 2010, David Cameron aseguro que “ha llegado la hora de que admitamos que hay más cosas en la vida que el dinero y ha llegado la hora de que nos centremos no sólo en el PIB, sino en la felicidad general”, manifestó.

us palabras fueron criticadas dados los fuertes recortes que realizó más tarde en el transcurso de su gobierno.

No obstante, el primer ministro instó a la Oficina Nacional de Estadística Británica a que analizará las cifras de la felicidad en Reino Unido y hace unos meses presentaron los primeros resultados.

Según los datos dados a conocer por la oficina nacional, el 76% de los adultos estaban contentos con su vida, asimismo, en términos de ansiedad, los encuestados indicaron una media de nivel de 4 sobre 10.

En esta línea, el actual presidente saliente de Francia, Nicolas Sarkozy, encargó a un comité encabezado por el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz un informe sobre el progreso económico social del país.

La intención de Sarkozy era ampliar la cobertura de progreso contenida en el PIB e intentar acercarse al bienestar real de la población.

Una de las principales conclusiones del estudio, que se terminó en 2009, fue que el PIB se utiliza de forma errónea para hablar de progreso de un país. En este sentido, Sarkozy llegó a afirmar que “Durante años las estadísticas han mostrado un crecimiento económico cada vez más fuerte, pero este crecimiento, al poner en peligro el futuro del planeta, destruye más de lo que crea”.

Asimismo, Naciones Unidas pública el Informe sobre Desarrollo Humano que analiza una serie de variables como la alfabetización o el PIB per cápita, aunque no analiza estrictamente la felicidad y el bienestar como tal.

Sin embargo, los resultados del informe son interesantes en cuanto a que dejan en puestos inferiores a países que están en la cabeza del progreso según el PIB como EE.UU, China o la India. Por el contrario, los países que encabezan el ranking de Naciones Unidas son Islandia, Noruega y Australia.

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