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“El Pianista que llegó de Hamburgo”, melodía de la memoria

Esta última novela del escritor colombiano Jorge Eliécer Pardo, propone un diálogo entre el pasado de Colombia y la historia de Hendrik,  un poeta romántico, extranjero y exiliado.

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Jorge Eliécer Pardo

Sergio Perozzo


Es una novela que narra dos relatos de manera simultánea. Por un lado, cuenta la historia de Hendrik, un joven músico judío-alemán que llega a Colombia a principios de la década de los años cuarenta tratando de escapar del holocausto nazi. A medida que la historia del pianista se desarrolla, nos adentramos en sus recuerdos y descubrimos un entramado de memorias que abarcan tanto el pasado familiar como el de Alemania.

Un entramado donde están los sueños en los que el protagonista asume el rol de algunos de sus perseguidores y, finalmente, su incansable expectación ante la sinfonía que anhela componer y ante Matilde, la mujer precedida por la flor amarilla.

Por el otro lado encontramos un detallado relato del pasado de Colombia desde el momento en que Hendrik pisa estas tierras.

Este relato, ambientado principalmente en Bogotá, presenta los fatídicos sucesos de El Bogotazo y la creación de las guerrillas de Guadalupe Salcedo, la dictadura de Rojas Pinilla y el Frente Nacional, el recrudecimiento de la guerra interna y el proceso de modernización que transforma a la capital de Colombia en una gigantesca urbe carente de memoria.

Si coincidimos con Germán Espinosa en que “… por ‘novela histórica’ debe entenderse aquella que se remonta a un pasado – más o menos lejano – y cuya acción se mueve ante un telón de acontecimientos políticos y sociales ocurridos alguna vez en la realidad” (1990: 67-68), es posible afirmar que “El Pianista que llegó de Hamburgo” (Cangrejo Editores, Bogotá, 2012), es una novela histórica por el uso que hace de ella como trasfondo.

Sin embargo, aún no se explica por qué la novela propone un diálogo entre la historia de Colombia y un pianista judío venido de Alemania.

Para comprender ese vínculo, es necesario aproximarse un poco más al relato de Hendrik.

Hendrik, tal como lo indica el título de la obra, es un músico, un pianista. A lo largo de todos sus viajes, tanto por los espacios de la urbe como por los llanos y la selva, se relaciona con el mundo a través de una visión romántica de la música.

Eso quiere decir que a pesar de que el pianista está presente en varios de los eventos más importantes de la historia de Colombia, es capaz de existir en un universo paralelo entretejido por sus sueños y sus anhelos, tal como se observa en el siguiente fragmento:

También le dijo que ya Laureano Gómez viajaba rumbo a España y que la reforma agraria era asunto defi­nido, que podría hacerse a unas hectáreas, que él era parte de la revolución.

Hendrik sintió miedo cuando oyó esas palabras martilladas con el nuevo brindis. […] se encerró, mien­tras pasaba la dictadura, a escribir su sinfonía inconclusa (2012: 83)

Pese a que Hendrik construye su vida a partir de su interioridad, el peso de la historia hace mella en su entorno y lo transforma.

Sin embargo, esta transformación se produce de manera tan paulatina, que el pianista siempre tiene la oportunidad de entregarse a sus ensueños; bien sea a través de un preludio de Chopin o mediante el “Concierto Número Uno” de Bramhs; siempre a la espera de su mujer ideal, la misma que lo llevará por los sinuosos caminos de la música y el erotismo, una guarida donde el músico podrá entregarse por completo a su naturaleza romántica y gótica, hasta transformarse en la criatura nocturna por excelencia: Nosferatu.

El ruido del aire que entraba por los resquicios y, el insistente golpeteo de la ventana contra su marco, lo conducían al moderato del Concierto Número Uno de Brahms.

Tenía entre su ma­letín burdo las viejas partituras que conocía de memoria y que desplegaba sobre los atriles como una manera de sen­tirse acompañado. Pasaba las páginas en su mente buscan­do los mejores movimientos o escuchando, muy adentro de su laberinto, todo el concierto […] Las mujeres, todas, le parecían bellas; pero sabía que una, con una flor amarilla en la mano, caminaba desde el futuro hacia él […] Toco acordes de la Ópera del Vampiro de Heinrich Marschner porque sé que a mi Matilde le gustan tanto que vendrá desde su cama, donde está ahora con su marido, soñando conmigo, con su profesor vampiro (2012: 105, 108, 161).

El amor prohibido por Matilde sumerge a Hendrik en el más profundo ensueño, pero del otro lado lo espera la realidad: la muerte de su amada.

A partir de este evento, Hendrik inicia un nuevo peregrinaje, como una especie de Dante que busca a su Beatriz. El pianista se interna varios años en la selva y cuando está de vuelta, encuentra una ciudad transformada y un país convulsionado por tantos años de historia.

En un último intento por recobrar lo extraviado, Hendrik pierde la noción de la realidad y la adapta a sus deseos.

Encuentra una nueva Matilde a quien amar y la sigue hasta los abismos de la marginalidad, a través de las sórdidas calles de la ciudad que alguna vez fue suya. Sin embargo, todo es infructuoso, pues su destino trágico termina por llevarlo a la muerte sin haber terminado la melodía suprema con la que tantas veces soñó.

Ahora, en el Cartucho, se juntaban no sólo los que provenían de la miseria absoluta de la ciudad sino los espoleados por la guerra y el desamparo. Allí conver­gían de distintas zonas del país, primero con sus familias y luego desmembrados por la cloaca que todo lo destruye (2012: 281).

Si bien en apariencia la muerte de Hendrik representa el último acorde de su sinfonía inconclusa, esto resulta ilusorio, pues cuando el lector alcanza el final de la novela, comprende que ha estado escuchando una extensa sinfonía compuesta del entrecruzamiento del relato del pianista y de la historia.

Ese entramado no solamente constituye una actualización del pasado; es decir, un despertar de la historicidad, sino que también representa un desafío al discurso de la historia oficial.

Sucede que, a través de la creación literaria, la visión histórica suele, porque así es el arte, hacerse más profunda, quizá más verdadera que la de los mismos historiógrafos.

Estos fundan su labor en la minuciosa confrontación de documentos, siempre fríos y casi siempre embusteros. El novelista deja volar la imaginación, y quizá su mentira sea más auténtica que la verdad parcial del historiador (1990: 69).

“El Pianista que llegó de Hamburgo” configura el relato histórico de un modo más auténtico que el de la historiografía en la medida en que es capaz de reunir lo que es disperso en apariencia.

Ese es el motivo por el que la novela propone un diálogo entre el pasado de nuestro país y la historia del Hendrik, pianista y poeta romántico, extranjero, exiliado, eterno buscador de paraísos que existe para que el pasado de Colombia se haga presente a través de él.

Agustín de Hipona consideraba el tiempo como la dimensión más misteriosa de la existencia, en la medida en que la percibía como la dimensión más ajena y propia al ser humano.

Hasta nuestros días, el tiempo sigue siendo un misterio apenas cuantificable por relojes o almanaques.

Sin embargo, cuando aparece el relato, cuando la narración configura los tiempos, es posible percibir un vínculo entre el presente y el pasado; una melodía apenas perceptible que habla de evocación y de olvido, una sinfonía que entreteje la historia de un país convulsionado y desmemoriado y el relato de un joven pianista que llegó de Hamburgo tratando de escapar de la guerra que lo esperaba de este lado de la historia.

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