En Foco, Opinión

Anti-crítica de arte o la insoportable erudición del poder

Con la autoridad que les confieren sus títulos y méritos, los críticos de arte sentencian qué debe considerarse bueno y qué no, con base en criterios de dudoso fundamento. Lo que hay detrás de ello, en muchas ocasiones, es una forma subrepticia de ejercer el poder y proteger los intereses de las élites fungiendo como policías de la cultura.


 

Macu Gavilán


A lo largo y ancho del mundo Occidental, el arte, como la naturaleza, ha sido estudiado, analizado, biopsiado y perseguido por un grupúsculo de gente inquieta.

Al igual que los naturalistas, este grupúsculo elaboró teorías y más teorías para responder a todo tipo de cuestiones sobre su objeto de estudio: ¿qué es el arte? ¿qué es la belleza? ¿quién es el artista? ¿qué es la creación? ¿cómo se crea? ¿cómo se debe crear?

Sin embargo, hay una diferencia fundamental que, desde el principio de los tiempos, separó al naturalista del estudioso del arte: el primero jamás creyó saber más que la naturaleza misma (o, en su caso, más que el dios que la creara), mientras que el segundo siempre se supo mejor conocedor de la obra que el mismo artista y se dedicó a enumerar los pasos que le faltaban para alcanzar la perfección.

A estos personajes, que con sus poderes sobrenaturales se alzaban por encima del creador, se los llamó «críticos de arte» y a lo largo y ancho de la Modernidad Occidental han pululado por las academias deglutiendo obras y expulsando teorías.

Poco a poco, se ha ido erigiendo un corpus de textos que busca la sistematización teórica de todos los aspectos que rodean la creación artística; este corpus que hoy se conoce como «crítica de arte» conforma el objeto de esta sátira y otras que vendrán después.

Pero sigamos con nuestra comparación entre el naturalista y el crítico de arte para entender cómo se posicionan ambos ante su objeto de estudio y cuáles son las diferencias.

Si un naturalista como, por ejemplo, Aristóteles, tuviera delante al creador de los árboles,  le plantearía toda suerte de dudas sobre la substancia y los accidentes de la planta.

En cambio, los críticos de arte (no hay ninguno de la talla de Aristóteles) prefieren elaborar sus teorías sin preguntar al artista y, a veces, siendo contrarios a él.

Si lo hubiera, Aristóteles no dudaría en ir a tocar a las puertas del dios que modeló con sus manos el “alma vegetativa”, para saber, de primera mano, todo lo más importante sobre ella.

En cambio los críticos pronto se aventuran a decir lo que en realidad quiso decir el artista, de dónde tomó su influencia, qué teorías secunda, qué referencias veladas utiliza y por qué formalmente es así y no de otra manera.

El sueño de la razón produce teorías a las que, muchas veces, importa poco la realidad –o realidades- del arte mismo que dicen estudiar.

Pero entonces –preguntarán ustedes con razón-, ¿qué objetivo tiene «la crítica» si no es el de hallar algún conocimiento verdadero sobre el arte? Aquel grupúsculo de inquietos estudiosos que se erigió como «la crítica» ha sido siempre la policía intelectual del sistema. Armados con barrocas expresiones, manejan bien el arma de la doxografía y disparan con referencias de aquí y de allá para disolver a los rebeldes.

El crítico – aparentemente neutral, ratón de biblioteca  y capaz de memorizar guías telefónicas completas – es, en realidad, el instrumento mediante el cual el poder-mercado somete al artista.

No importa si sus teorías y sentencias se adecúan o no a la realidad del arte ya que éstas sólo son el arma con la que criban, no el buen arte del mal arte, sino lo que debe salir a la luz y lo que no. Ellos son los adelantados de un sistema del cual, a fin de cuentas, depende todo artista que viva de su oficio.

El sueño de la razón produce teorías que mientras dicen pronunciar la última palabra sobre el artista y su obra, callan los intereses mercantiles y políticos que guardan bajo sus faldones monacales y que guían sus delicadas plumas adornadas de erudición.

(Macu Gavilán: http://elarteesunjuguete.wordpress.com)

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