Editorial, Opinión

Los epitafios del poeta

“Hasta pronto, amigo, hasta pronto,/te llevo, querido, en el corazón. Esta separación predestinada/proponer un encuentro en otro lugar./ Hasta pronto, amigo, no sientas lástima, /sin dar la mano me voy, sin palabras. En esta vida, morir no es nada nuevo/ni es nada nuevo vivir, /por supuesto.”


Armando Orozco Tovar


Parece que cuando se mató Sergei Esénin, el poeta ruso estaba muy apurado en el hotel Inglaterra de Leningrado, para conseguir tinta, puesto que le tocó cortarse una vena para sacarse sangre y poder escribir su epitafio. Ese letrero que toda persona antes de irse de este mundo, debe tratar de crear poéticamente, para que otros no se lo garrapateen malamente con mala ortografía, dejándolo escrito sobre la lápida del cementerio para toda la eternidad.

Sergei Esénin

El poeta hizo tan bien su despedida como si se la encargara a Edgar Lee Master, el gringo de los epitafios famosos. Pero no necesitó de esta colaboración, ya que su genialidad de poeta comparado con Pushkin o Rimbaud, no se lo permitió.

Su epitafio ciertamente es doloroso y desalentador. Igual que su borrascosa vida, que finalizó absurdamente con tan sólo treinta años de edad.

Hijo de la aldea perdida de Konstantinovo, Serguéi Esenin desde los nueve años comenzó a pulir con gran talento su dolor y sus versos, aprendiendo de los juglares que cantaban y contaban sus historias frente a la puerta de su casa.

Así aprendió de este arte antiguo, cómo hablarle a los abedules, a la nieve y a los animales, que lo entendían.

Muy chico abandonó su covacha paterna marchándose a Moscú de corrector ¿o corruptor de pruebas? en una tipografía. Antes de la caída del Zar iría a San Petersburgo para convertirse en el poeta de moda en los círculos literarios de la ciudad, en un dandi, bohemio, y cuotidiano borracho escandaloso, como exige la tradición rusa tan indulgente con los ebrios.

Era la época en que corrían unos pocos días de revolución socialista, Esénin conoce a Isadora Ducan, la bailarina californiana. Este encuentro fue un flechazo mutuo a primera vista.

Ella frisaba los treinta y él era muy joven.

Venía haciendo con su cuerpo también la revolución, al innovar la danza sacándola del acartonamiento del ballet tradicional. Lo hacía sobre todo con su desnudez sobre los entablados de los grandes teatreros, asustando  a los timoratos, pero no a los bolcheviques de primera generación, que la aceptaron entre sus toldas agujereadas, porque ellos igualmente empelotaban con las verdades del marxismo-leninismo las mentiras capitalistas. Ella la gringa danzarina, hacía su baile entre transparentes velos rojos, como era el color y calor de la nueva bandera de la Unión Soviética: la naciente nación comunista.

Una tela parecida al chal con que tres años después de la muerte de su esposo se desnucó accidentalmente en Niza-Francia, al enredársele los hilos sedosos en los radios de la rueda de un coche. A la vedette mundial e instructora de baile para niñas proletarias en Moscú, le gustaba coleccionar arte, obsequiado por el peor o el mejor de los artistas, como era el gran pintor Pablo Picasso. También  poemas y poetas.

Viajes a todas partes con dinero o sin él. Ella una mujer a quien perseguía la pava de la mala suerte, desde el incendió de de su casa californiana, al ahogamiento de sus dos hijos pequeños en el Sena.

Tres años antes de su accidentado paseo, el poeta Serguéi Esenin se quitó la vida ahorcándose con una cuerda, pero quedando su obra viva en el corazón de su pueblo.

Boris Pasternak dijo de él: “La tierra rusa no había producido nada de mayor cepa, calidad, talento y fuerza creadora y entrañable. Esénin fue un alma viva y palpitante de artista…”

A su muerte el poeta Vladimiro Maiacovski, vate supremo de la revolución de Octubre, escribió para refutar los últimos versos de Esenin a manera de epitafio, pues sospechaba que cundiera el desánimo:”Debemos arrancar, /la alegría/a los días venideros. / En esta vida/morir es cosa fácil. /Hacer vida, /es mucho más difícil. Para él la palabra era un instrumento de transformación del mundo, pero para Sergio Esenin, siempre fue sólo una herramienta de canto de su Rusia patriarcal, en busca del paraíso perdido de su infancia.”

“¡Embriágate!: Lo había ordenado en el diez y nueve el poeta simbolista francés Charles Baudelaire: “Es preciso estar siempre borracho…Para no sentir la horrible carga del Tiempo, que aplasta tus hombros y te inclina hacia la tierra es preciso que te embriagues sin tregua…”

Esénin el poeta maldito de la revolución, si es que las revoluciones los permiten, subió y bajo todas las gradas de las tabernas moscovitas, y de las ciudades europeas, caminadas a cuestas de su bailarina, mezclando toneles de vodka con cerveza en su hígado destrozado. Al final de su vida, tenía intactas sus poéticas neuronas al escribir con la tinta de sus venas como lo exige Nietzsche su epitafio.

Otros dicen, que los responsables de su muerte fueron los burócratas (engendradores futuros de la mafia rusa.), esos que hicieron que Vladimiro Maiacovski, de dos metros de estatura, también se suicidara diez años después. Cuando los filicidas del gobierno del hombre de acero le hicieron la vida imposible.

El máximo poeta de la revolución octumbrina, que se definió como: “Una nube en pantalones”  Dejó consignado su epitafio en el poema a Esenin, escrito a raíz de suicidio del “último poeta del campo”, producto de  la jartera de un nuevo régimen manejado por “estalinococos”: “Mejor es morir de vodka que de aburrimiento.”

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