En Foco, Notes From The Edge, Opinión

Cultura de consumo

Cuando estábamos ocupados, y teníamos dinero, nos acostumbramos a hacer la compra por internet y a que la furgoneta del reparto nos la entregase. Muchos supermercados hacen esto ahora.

 

Steve Latham


Son 5 libras adicionales por la entrega. Pero no considerábamos que fuese pagar mucho, ya que ahorrábamos tiempo en comprar lo imprescindible.

Al fin y al cabo, esto es aburrido – a diferencia de los placeres de comprar cosas que realmente deseamos- como, en mi caso, libros.

No hay motivos,  después de todo,  para criticar el hecho de que los demás sean consumidores –por ejemplo, cuando los hombres critican a las mujeres por gastar dinero en zapatos o ropa de diseño.

Y después continúan juzgando a una mujer por su apariencia física. Cuando, en cualquier caso, los hombres prefieren gastar su pasta en otras cosas como aparatos electrónicos, cerveza y maquinaria para el motor.

Todos somos ya consumidores, y nos diferenciamos simplemente por las cosas que compramos y el modo en que lo hacemos- en una tienda física, o por internet – virtualmente, no virtuosamente.

En el caso de los libros, no obstante, alego superioridad ética. Estos ciertamente tienen más valor. Sin embargo, tengo remordimientos por ello.

Esto se debe a que yo también compro en esa innombrable y maligna librería online; justificándome en el pretexto de que necesito conseguir oscuras publicaciones para los cursos que imparto en la universidad.

Soy consciente, por supuesto, de que comprar libros por internet conlleva el cierre de muchas librerías; y  seguramente no hay nada mejor que encontrar un libro nuevo por casualidad y llevárselo a casa triunfante.

Volviendo al servicio de reparto a domicilio. No es ninguna novedad. Recuerdo mi segundo trabajo, cuando era adolescente en Lancashire, como repartidor de la compra a la edad de catorce años. Mi primer trabajo fue de cadi en campo de golf local, a la edad de doce años.  Esto terminó de forma ignominiosa, después de pisar la pelota, enterrarla en el barro y de que los jugadores me mirasen furiosamente. Nunca más volví.

Como repartidor, me dieron una destartalada bicicleta negra de hierro, con una cesta de metal en la parte de delante. Dos veces por semana, iba allí y llenaban la cesta con cajas de la compra. Visitaba principalmente a señoras mayores confinadas en sus casas que hacían sus pedidos por teléfono, y a madres ocupadas con sus hijos, que hacían el pedido después de recoger a los niños del colegio.

Las cajas me parecían muy pesadas, y recuerdo haber sido ayudado por una mujer que trabajaba allí. En aquel momento pensé que era un poco barrigona, pero más tarde descubrí que estaba embarazada.

Me impresionó ser ayudado por una chica embarazada; pero fue una revelación, sobre la fortaleza que poseen, y sobre mi propia inocencia sobre el tema del embarazo.

El aspecto económico del reparto a domicilio es, sin embargo, cuestionable. El coste real por reparto hoy en día es aparentemente de unas 15 o 20 libras.

Los supermercados no serán capaces de seguir cobrando  5 libras por mucho tiempo. Esto dista mucho de  los meros 50 peniques que me pagaban por mi ronda.

(Traducido por Marta Polo Delgado)

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