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La guerra de L’Oreal

Quedé con mi amigo, en la Plaza del Rey en Londres, el nuevo centro de arte y sede del periódico The Guardian.


Steve Latham


Es un lugar sorprendente. Precioso. Paredes blancas. Destellos de cristal y acero. Esto huele a dinero. El recibidor forma un arco enorme. Aquí puedes alzar la mirada hacia la parte superior del edificio.

Sin embargo, en Londres, que es muy caro en términos de construcción, tiene mucho espacio sin utilizar, no gana ingresos. Se grita en voz alta, “Vean lo ricos que somos!”

Me preguntaba: ¿dónde van ahora los nuevos artistas a encontrar locales baratos, como el lúgubre Londres, cutres áreas que están siendo rápidamente “desarrolladas”.

En la zona de cafetería, estaban sentadas personas trajeadas sosteniendo una serie de documentos, seguramente discutiendo tratos de alto nivel.

En el centro, se sentaron en el suelo sobre cojines de cuero un grupo de jóvenes, hermosas personas: riendo, pareciendo inteligentes, disfrutando mutuamente de la compañía.

Me sentí viejo y decrépito. Me hubiera caído si hubiese intentado sentarme en alguno de esos cojines durante mucho tiempo. Una chica se puso de cuclillas durante más de una hora. Hacer eso sería cortar la circulación en mis piernas.

Las plantas superiores estaban fuera de límites, con una impresionante recepción formando un baluarte contra las incursiones no deseadas.

Las zonas más bajas, sin embargo, son lugares de música, abierto al público. Se nos permitió pasear por estos  pisos libremente.

Encontramos una exposición de Adam Birtwhistle – pinturas más bien desagradables, que parecían reivindicar una visión única de la vida contemporánea, pero me pareció profundamente inquietante.

Además, hubo una conferencia por la firma de cosméticos L’Oreal. El Personal estuvo recogiendo las sobras del buffet; y algunos encabezados yacían abandonados, los recogí- más cosas gratis.

En la sala lateral, nos dimos cuenta de una hilera de flores, felicitaciones para los congresistas; y filas de bolsas de regalo para los delegados.

Particularmente sorprendente fue el eslogan de la firma, plasmada en las paredes: “Juntos somos fuertes, unidos invencibles”

Por el amor de dios, ellos fabrican productos de belleza. ¿Por qué están usando “invencibles” como una palabra de moda? ¿Contra quién quieren ser invencibles?

Suena como si estuvieran en guerra con alguien. ¿Quién es su enemigo? Quizás es “fealdad”, o quizás “gente fea”? ¿Van a aplastar a la gente fea?

Tuve visiones sobre la separación de panzer en Polonia: todo pareciendo increíblemente precioso, y oliendo estupendo.

Alguien debería darles consejos sobre su marketing empresarial. Las críticas frecuentemente atacan la comercialización de la belleza actual. Aquí somos testigos de su militarización.

Terminamos relajándonos en la zona de cafetería, para ver los delegados irse. Se componían de un ejército de tacones altos, clip-clopping por el suelo brillante.

Varias pausas, para quitarse sus paralizantes calzados, simulando pisos delicados para el regreso a casa. Todos sujetaron sus bolsas de regalos.

Cuando llevaron sus maletas sobre ruedas fuera del edificio, me di cuenta que una tenía dos bolsas de regalo. Sentí ganas de gritarle, “!Alto al ladrón!”

Nos dimos cuenta que algunos hombres abandonaron la conferencia, con sus trajes de etiqueta; y llevando las bolsas de regalos- porque, supongo, que los hombres también “valen la pena”.

(Traducido por Haomi Vázquez Sánchez)

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