En Foco, Notas desde el borde, Opinión

Igual que la reina

La semana pasada, tuve lo que la reina tiene: no, no millones en el banco, sino gastroenteritis o norovirus. Fui a una conferencia con dos estudiantes de la universidad donde dicto clases. Al segundo día me comencé a sentir un poco mareado.

 

Steve Latham

 

Después de la cena, mi estómago estaba hinchado, por lo que tuve que irme a la cama y perderme la sesión nocturna.

Sobre media noche, empecé a vomitar. Puede que vomitase cuatro veces. Después  volví  al baño a vaciar mis tripas.

Lo siguiente que recuerdo es estar tumbado en el suelo, con mi cabeza sobre el suelo de la ducha, y a alguien que gritaba mi nombre y preguntaba si estaba bien.

Creo que me desmayé. Murmuré algo como respuesta. Pero no podía levantarme. Estaba totalmente mareado, incapaz de colocarme en posición vertical.

El estudiante y otro asistente a la conferencia (un residente), estaban al otro lado de la puerta  del baño preguntando por mi salud.

Me preguntaban si necesitaba una ambulancia. Les aseguré que no, que estaba bien y que en un momento estaría de pie.

Entonces llegó el momento de la humillación y la vergüenza. Empecé a notar cómo mis intestinos se removían. Pero seguía sin poder levantarme del suelo.

Así que, lento pero seguro y suavemente, vacié mis intestinos en mi pijama. Pensaba en esos momentos que eso es lo que debe sentirse al ser viejo. Al ser incontinente. Al ser vulnerable.

Entonces les permití llamar a la ambulancia. La necesidad se llevó todo mi orgullo.

Rápidamente llego un paramédico. Me ayudó a regresar, aunque tambaleando, a mi habitación. Allí conseguí arrastrarme por el suelo para desplomarme al lado de la cama.

De alguna manera, los vómitos habían afectado mi oído interno y tenía un gran ataque de vértigo, que causaba que no me pudiese mover de mi posición horizontal.

Casualmente, se decidió que una ambulancia debería llevarme al hospital. Pero como esto ocurrió en medio del campo en Derbyshire, eso implicaba llevarme a Derby.

Los dos estudiantes se ofrecieron voluntarios para acompañarme al hospital. Eran incondicionales. Valientemente se sentaron a mi lado toda la noche.

El equipo médico me tomó la presión sanguínea, y también tomó muestras de sangre. Finalmente los medicos dijeron que tenía gastroenteritis.

Tras ponerme el goteo, para evitar mi deshidratación, me dieron de alta. Otro asistente a la conferencia me llevó hasta el sur de Londres.

En una escena propia de un intercambio de espías de la Guerra Fría, me entregó a mi mujer en la estación de servicios Thurrock de la M25.

Después de unos cuantos días me recuperé. Pero el embarazoso incidente había abierto una ventana a mi futuro. La vejez.

Nos espera a todos. No queremos pensar en ello, enfrentándonos a nuestra debilidad, a nuestra falta de fuerza.  Nuestra dependencia de los demás.

También se trata de nuestro carácter mortal. Pensamos que estaremos aquí para siempre. Pero con un futuro tan cierto, es mejor empezar a considerar las opciones social, medicinal y espiritualmente.

 

Traducido por: Ana Isabel Matesanz- anais90@live.com

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