Globo, Latinoamérica

En Bolivia están hechos de barro

Tomás Quispe fue carpintero en Concepción de Belén, un caserío de adobe y paja perdido en la monótona horizontalidad del Altiplano de Bolivia, pero ante la falta de madera y trabajo es ahora el alfarero de la aldea donde el barro, todavía, es esencia, materia y sentido de vida.

 

en bolivia 5Liomán Lima

 

Oruro, Bolivia… Un camino de cruces, recuerdo de centenares de muertes anónimas, conduce al poblado indígena donde a veces los transportes locales se detienen para comprar por bajos precios sacos de hoja de coca, que revenderán después en los mercados de Oruro, Cochabamba o La Paz.

Bloques de barro para las casas, para los muros, para los corrales de cerdos o de cabras: el pueblo tiene la estructura, la consistencia, el color oscuro y quebrado del fango.

Visto de lejos, leído el nombre en los carteles desde la distancia, Belén recuerda, con sus casuchas de adobe, con sus ovejas y pastores, con sus burros lanosos y vacas viejas y flacas, otra aldea de tiempos bíblicos donde los creyentes aseguran que nació Cristo, hace más de 20 siglos.

Hacia el final del pueblo, se divisan mujeres con largas sayas y más largos sombreros, en cuclillas sobre los sembrados de papa; ahí están desde antes del amanecer y ahí estarán hasta la tarde, pese al terrible sol, pese al frío pavoroso del Altiplano.

en bolivia 3Tal parece que terminarán dobladas de tanto escardar, que sus cabezas y sus sombreros quedarán para siempre en un nivel más abajo de sus polleras, unas sayas largas y sucias, de colores vivísimos, que contrastan con la ausencia de tonalidades, con el aspecto lúgubre de todo el entorno.

Unos metros (¿kilómetros?) más atrás, una barrera de montañas destruye la línea infalible del terreno y más lejos, donde último la vista alcanza, una cumbre nevada recuerda que el invierno es inminente y todo Belén quedará sumido en la noche de un viento polar.

¿Cómo podrán, cómo han podido, sobrevivir en esas casuchas de barro en este páramo helado incluso en el verano?

Cerca del pueblo, mudas, herrumbrosas, unas líneas de tren comunican a Oruro con La Paz. Nunca supe si todavía opera. En caso de que así fuera, podría funcionar también como una perfecta metáfora del paso del tiempo, o de su negación: la negación del paso del tiempo que es Concepción de Belén.

en bolivia 2La aldea está en el medio de las dos ciudades, es decir, de la civilización, del desarrollo. Bastaría seguir las líneas, a un lado o al otro, y Belén sería solo un recuerdo de barro en el pasado, una estación de miseria en el camino, una cercana posibilidad de olvido.

Pero quedarse en el centro, en la aldea, es confirmar que el tiempo es solo una invención y una posibilidad, que no rige igual para todos y no siempre transcurre en horas, minutos o semanas, sino que se mide también por el largo de las estaciones y las cosechas, por las lluvias y las secas; y los días y las noches cuentan por el paso del sol, por la aparición de la luna.

A la entrada del pueblo, a la derecha, sobre una pequeña loma de piedras rojas, entre unos cactus increíblemente verdes, una niña toca una flauta. Toca una tonada triste, tal vez viejísima, que rompe el silencio profundo de la meseta y calla unos lamentos cíclicos, el ulular cortante del polvo en el viento.

en bolivia 6Mientras toca, abajo, en un pajonal medio seco, pastan 10, 12 llamas, o tal vez son alpacas, o vicuñas. Todavía no las sé identificar muy bien.

Le pregunto a la muchacha, pero no me responde. Sigue tocando como si nadie le hubiera hablado, como si hubiera estado sola allí desde siempre con sus llamas ¿o acaso son vicuñas o alpacas?

– Son llamas – me dice un hombre viejo, que ha llegado detrás de mí sin sentirlo, como una sombra.

–  Mira el cuello. Son llamas -vuelve a decir-. Y los dientes…

Un sombrero de cuero gastado le cubre la mitad de la cara, y la otra mitad, tan zanjada por el sol, por el frío y por los años, parece una tela arrugada, un harapo.

Dice que se llama Tomás Quispe y que fue carpintero porque su padre fue carpintero porque su abuelo y otros antepasados lo fueron. Pero ahora trabaja el barro.

No es negocio aquí la madera. Y señala las casas. Fueron hechas con estas manos.

Son tan grandes y duras, callosas, que más que manos parecen palas. Orgulloso, jorobado, mascando irremediablemente un puñado negro de hojas de coca, enseña su gran obra: una fila uniforme de bloques de adobe que se agrietan a medias con los rayos del sol del día o con el frío de la noche.

en bolivia 8Cuenta que cuando ya están así,moldeados, basta con girar los lados secos y exponer los húmedos, hasta que la faena se completa cuando se endurecen totalmente a los uno o dos días.

Ese es el tiempo que tarda, como máximo, cocerse el barro en el sol del Altiplano, pero Tomás Quispe asegura que a veces con una tarde basta.

Dice que depende del día y del barro, porque las nubes aquí no importan: en el Altiplano la nubosidad es una rareza y el cielo, de día, tiene siempre un color profundo, único, como si al final de las montañas lejanas tomara las tonalidades absorbentes de mar.

Imagino que en las noches el espectáculo debe ser inversamente parecido, que el Altiplano ofrezca también sombras profundamente estrelladas, un colador de luces rutilantes y opacas.

Le pregunto sobre esto a Tomás Quispe, sobre cómo son las noches del Altiplano; pero no responde. Evidentemente no soporta responder tonterías.

en bolivia 4Toca sus ladrillos, los revisa por los lados y cuenta que cuando ya están endurecidos, las paredes de una casa pueden levantarse en un día; en otro se deja secar el barro entre los bloques; otra jornada tarda en colocarse la paja sobre el techo.

Y a la mañana siguiente, Concepción de Belén tiene una nueva vivienda, otro corral o un horno de leña o carbón; todo al precio de nada, es decir, de ningún centavo: al precio del sudor y del ingenio humano.

– ¿Quiere que le diga algo? -pregunta Tomás Quispe.

-Claro -respondo. Pero se oye un claxon ininterrumpido unos metros más allá, hacia la entrada, por la carretera.

en bolivia 7Los chóferes del ómnibus en que he venido ya compraron los sacos de hojas de coca que revenderán en un mercado de Cochabamba y están dispuestos a partir.

Están tan apurados que parece que los espera una fiesta del otro lado, en el mejor club de la ciudad.

Improviso una despedida que es apenas un adiós. Tomás Quispe ni la responde. Soy el último en subir. Cuando vuelvo a verlo, ahora a través de una ventanilla, ya está doblado de nuevo sobre sus filas interminables de bloques de adobe.

Al verlo así, tan cerca de la tierra, viviendo del fango, entre paredes y sombras de fango, nadie dudaría que ese material forma parte también de la esencia del hombre; que de alguna manera somos, o estamos hechos, de un puñado de barro mojado. (PL)

Share it / Compartir:

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*

*