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Obsolescencia inducida o la tiranía de las modas

Renovarse o morir… Tendencias cada vez más cortas y precios baratos han fomentado la aparición de productos “rápidos” cuyo consumo compulsivo y caducidad vienen dictados por la propia duración de las modas, cada vez más volátiles. Productos útiles y con uso son desechados porque dejan de estar de moda.

 

 

Obsolescencia inducida10Olga Fernández Baz

 

A nivel mundial se calcula que cada año se botan cerca de 8 kilos de ropa por persona (20 kg. en el caso de Europa), de los cuales se recicla únicamente medio kilo. Sólo en el Reino Unido el consumo de ropa se estima en torno a unas 2.000 millones de toneladas al año, de las cuales un 75% acaba en los vertederos.

Al año, los consumidores estamos expuestos a una incesante renovación de productos a través de las modas y temporadas de los comercios y grandes marcas de ropa y calzado, cuyos ciclos son cada vez más cortos, de dos o tres meses.

Obsolescencia inducida2Este imparable goteo provoca que por ejemplo, sin acabar la temporada primavera-verano y coincidiendo con el periodo de rebajas, los comercios pongan ya a la venta la ropa de la temporada siguiente, incitando así el consumo de estas prendas.

La paradoja es que el consumidor está expuesto a comprar ropa de temporada y  ropa que sólo se podrá poner dentro de dos o tres meses, y que para entonces puede haberse quedado ya obsoleta.

El ritmo frenético marcado por las modas junto con los precios baratos ha dado lugar a una “fast fashion” económica, rápida en su producción y de usar y tirar, que se ha convertido en un fácil objeto de deseo de las compras compulsivas y  en una fuente de despilfarro de recursos.

Obsolescencia inducida 5Esta vorágine para renovar los productos y vender está generalizada en todos los ámbitos, desde la arquitectura, el diseño exterior e interior, hasta la alimentación, industria de automoción y tecnología.  Aunque, eso sí, el ritmo de sus ciclos varia.

Consumir hasta morir

El consumo es el motor del sistema económico actual basado en el aumento ilimitado de beneficios.

Para tal fin, el sistema requiere de nuevos mercados donde expandirse o, en los mercados ya existentes, de nuevos objetos que ofrecer y vender a los consumidores a fin de que la acumulación de beneficios no cese.

La obsolescencia programada – notoria en los aparatos electrónicos – cumple ese objetivo al fabricar productos con una fecha determinada de caducidad, tras la cual, el objeto se desecha, en la mayoría de los casos porque su reparación es tan o más costosa que su sustitución por uno nuevo.

Obsolescencia prohgramada featPero existe otra obsolescencia denominada “inducida” o “intuida” que no tiene que ver con lógicas de caducidad programadas por los fabricantes sino percibidas, sentidas e interiorizadas por el consumidor a través del marketing y la publicidad.

Productos que funcionalmente podrían seguir utilizándose (ropa, calzado, teléfonos móviles, etc.) se desechan porque pasan de moda y cambia su valor social.

Constantemente las marcas invierten millones de dinero en campañas publicitarias en televisión, radio, internet, prensa y otros soportes mediáticos para llegar al consumidor y generar en él la necesidad y el deseo de cambio materializado la posesión de sus productos.

A falta de razones prácticas y funcionales con las que convencer al comprador y distinguir unas marcas de otras, la publicidad ha dirigido sus esfuerzos al ámbito de las emociones y sentidos, la parte más irracional del ser humano.

Obsolescencia5Ejemplos de este márketing emocional son los anuncios de coches que venden “la experiencia” de su conducción; las promociones de productos (refrescos, calzado deportivo, ropa) en base a sus “sensaciones” y “sentimientos” ( como distinguirse de los demás, sentirse moderno y jóven, estar a la última, etc.

Lo barato es caro

Los ritmos de producción frenéticos y el bajo coste de los productos rápidos condicionan su mala calidad y su mayor impacto social y económico.

Por un lado, al consumidor le resulta más fácil deshacerse de una prenda barata y mala, que no le ha supuesto gran esfuerzo económico aunque a la larga la compra compulsiva acaba siendo igual o más onerosa que la compra de una prenda de mejor calidad.

Obsolescencia inducida6Y desde el punto de vista de la producción, el algodón que se utiliza en prácticamente un 50% de los textiles procede de cultivos intensivos que utilizan una gran cantidad de pesticidas químicos, abonos y herbicidas. El resto de los materiales son fibras artificiales derivadas del petróleo, lo mismo que muchos tintes utilizados para dar el toque final a las prendas.

Si a esto le añadimos el impacto ambiental ocasionado por el transporte de las prendas desde los centros de producción en países con pésimas condiciones laborales hasta los centros de venta, se puede entender que el precio de las prendas no refleja su coste verdadero.

 El “Slow Fashion”

Como oposición al consumo desenfrenado de ropa, hace unos años y al amparo de los movimientos Slow Food y Slow City que preconizan un estilo de vida más racional y sostenible, surgió el movimiento Slow Fashion.

Obsolescencia10Entre sus principios: apostar por tejidos ecológicos y criterios de producción social y económicamente responsables; defender un ritmo de producción, de colecciones y prendas atemporales pero a la vez actuales  y modernas.

Aunque pocas, cada vez son más las casas de moda que se apuntan a la filosofía de este movimiento apostando por tejidos no agresivos y más cómodos, de cortes atemporales y de  mayor calidad. Firmas como Giulia Rien A Mettre en  Italia, Tibi,  Eisleen Fisher y Donna Karan en EEUU y  Timberlan en el caso del calzado son algunas de las marcas que han sacado colecciones con materiales ecológicos.

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