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Sharbat Gula: 20 años sin ser feliz ni un solo día

Un turbante marrón raído sobre el cabello, la piel cobriza y esos ojos verdísimos, espantados e inquisidores, la  convirtieron en el rostro de los refugiados afganos.

 

Sharbat Gula afgan musul Wikimedia Commons
Foto de: Wikimedia Commons

Yanet Medina Navarro *

 

 

Su foto devino en 1985 una de las portadas históricas de la revista National Geographic. y aquella chiquilla agreste de 12 años se transformó en la Mona Lisa de las artes visuales contemporáneas, a causa de su mirada inquietante.

El fotógrafo norteamericano Steve McCurry capturó la instantánea en 1984 en un campo de refugiados de la ciudad pakistaní de Peshawar. Gula huía de la guerra y abandonó el país tras perder a sus padres en un bombardeo. En aquel momento el vientre de la patria afgana se desgarraba en una lucha de clanes, asociados por su etnia, secta o ideología política.

Un año después su imagen se popularizó como uno de los íconos del siglo XX y además puso rostro al drama de los afganos que emigraron a los vecinos Pakistán e Irán.

Dos décadas más tarde, McCurry la localizó en Peshawar a través del periodista pakistaní Rahimullah Yusufzai. Ya entonces era la esposa de un panadero y madre de cinco hijos, aunque uno de ellos no superó la infancia.

La segunda instantánea, difundida en 2002, mostraba un rostro pesaroso, manchado por la rudeza del clima y los continuos embarazos.

Sharbat Gula Flickr
Sharbat Gula – Foto: National Geo – Steve McCurry flickr.com/photos/whassupbud55/3590033826

Esta vez, el cabello permanecía agazapado bajo un burka azul. De su belleza rústica solo perduró el color de los ojos.

Cuando McCurry se reencontró con Gula, la familia de la afgana dijo a National Geographic que en esos casi 20 años, ella no fue feliz ni un solo día.

Muchos echaron raíces en Pakistán y algunos incluso se aventuraron a volver a su país, pero la guerra civil y luego la invasión norteamericana les quebró los pasos y retornaron al exilio.

En la actualidad, los afganos ven con ojos de dolor el clima indetenible de violencia y las consecuencias, entre ellas la situación de los exiliados.

La tercera aparición pública de Gula fue hace apenas un mes. En esta ocasión la imprescindible foto se tomó en la comisaría donde ella y sus hijos pasaron 15 días detenidos por posesión de documentos falsos.

Tras el ultimátum de Islamabad de expatriar a todo afgano asentado allí, muchos sobornan a los funcionarios locales para obtener una cédula pakistaní.

En la ficha policial, Gula, de 42 años, asoma entre sus ropas de viuda y lleva un burka marrón doblado hacia atrás para mostrar el rostro.

Afectada por la Hepatitis C, y con las huellas del exilio en la piel, ‘la niña afgana’ regresa a su tierra de nadie después de casi cuatro décadas, donde incluso el acento le es apenas familiar.

El mensaje es muy claro: los refugiados afganos ya no son bienvenidos y el cruce fronterizo es apenas el comienzo de su calvario.

Los deportados irán a los mondos campos de acogida, donde las carpas de lona desafían a la tierra desnuda. Allí, en el corazón de Asia Central, a los pies del Hindu Kush, la zozobra crece por la llegada del invierno.

Sharbat Gula afgan musul 2 Wikimedia Commons
Foto de: Wikimedia Commons

Desde 1979, tras el enfrentamiento de fuerzas entre el gobierno de tendencia comunista y las milicias de base ortodoxa islámica, Pakistán abrió las puertas a 1,4 millones de expatriados, mientras que cerca de 900 mil permanecieron en situación semi-ilegal.

Más de medio millón de ellos regresó a Afganistán en lo que va de año, forzados a abandonar el país de acogida por presuntamente dar abrigo a células del movimiento Talibán entre la comunidad.

A la ‘Mona Lisa’ la recibió el presidente Ashraf Ghani y la primera dama, Rula, en un palacete de Kabul. Le prometieron una casa, una fundación a su nombre y todos aplaudieron.

Pero para no alterar el uróboros (ciclo eterno de las cosas), la serpiente se mordía la cola otra vez. En menos de dos semanas circulaba en titulares que 20 niños morían de hipotermia en un campamento de expatriados.

El mito de Sísifo se cumple nuevamente y tal como Prometeo empujaba cada día una roca montaña arriba, los afganos echarán raíces hasta que otra guerra los desplace. (PL)
*Periodista de la Redacción Asia y Oceanía

 

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