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Efigenia, el rostro de los periodistas invisibles

Todas las muertes duelen, pero las que portan el horror de la violencia, avasallan. Y el dolor se agudiza y mezcla con rabia cuando ciertos asesinatos no llevan la ‘marca’ para un buen debut en los medios, ni merecen las voces de gobernantes, de políticos, de ONGs nacionales e internacionales de derechos humanos o de agremiaciones de prensa.

 

Periodistas invisibles prensa paraguas solo pixabayMónica del Pilar Uribe Marín

 

Por esa carencia de ‘marca’, de ‘imagen construida’, son muchos los cuerpos y rostros que son sepultados en el anonimato, como ocurre, de manera paradójica,  y con absurda frecuencia, entre periodistas asesinados, amenazados, perseguidos, torturados o censurados en países en guerra o con gobiernos antidemocráticos.

Uno de esos rostros se perdió la noche del pasado domingo 8 de octubre cuando dos balas – una en el pecho – determinaron su último día. Era el de María Efigenia Vásquez Astudillo, periodista indígena de la emisora Renacer, en Kokonuko, en el departamento del Cauca, en Colombia.

Ese día un cuerpo policial llamado Esmad (caracterizado por su violencia e  impunidad en sus acciones), entró a sangre y fuego a la finca Aguas Tibias, en el Puracé, que cientos de indígenas habían ocupado. Allí estaba Efigenia. Allí la mataron.

Maria Efigenia Vásquez Astudillo Foto referencial
María Efigenia Vásquez Astudillo – Photo Referencial

Su muerte, que contextualiza no solo la muerte de  un periodista, sino también la violencia contra una protesta justa hecha por indígenas,  no llenó los titulares de los grandes medios como tenía que haber sido.

Obtuvo tan solo algunas líneas en los medios de comunicación y pocos pronunciamientos de algunas organizaciones de prensa. Su muerte se dio a conocer más y recibió muestras de solidaridad gracias a los periódicos regionales y a las redes sociales.

La noticia no permaneció en primera plana ni ocupó espacios de debate como ha ocurrido con periodistas que tienen un alto cargo, están en la ciudad,  o son los consentidos de la empresa, y que un insulto logra toda la solidaridad del gremio y toda la publicidad necesaria. Ni ningún columnista le dedicó un artículo a Efigenia ni empezó a surgir un movimiento por ella, ni llegaron cartas firmadas por colegas.

No. La muerte de Efigenia no generó eso, aunque ella representa a esos miles de periodistas que no importan ni a sus jefes, ni a los medios, ni a las agremiaciones periodísticas, ni a muchísimos colombianos, que piensan que solo existen los que aparecen en titulares.

internet computador pixabayDe allí que por el asesinato de más de 150 periodistas en las últimas cuatro décadas en Colombia mientras ejercían su trabajo, solo haya habido condena en tres casos. Y sin duda existirá un número de muertos que se desconozca, porque los invisibles no siempre entran en las estadísticas.

Además, gran parte depende del ‘estatus’ del periodista.

Efigenia no solo era indígena, sino que además trabajaba en una emisora regional y su trabajo era dirigido a su audiencia local. No pertenecía a la ‘elite’ de periodistas – agremiados o no agremiados –, esos que ante una mínima amenaza generan la solidaridad inmediata y mediática, los que trabajan en un medio conocido, o son los preferidos de sus jefes, o tienen los contactos, los amigos, el dinero, o sencillamente la suerte de tener la ‘materia’ para poder volverse ‘noticia’ y recibir ayuda.

tren carrill via umbral camino pixabayEfigenia, como miles de periodistas que trabajan en emisoras y periódicos regionales, o que son corresponsales, o que trabajan en un medio alternativo (casi siempre muy pequeños), forma parte esos periodistas invisibles.

Periodistas cuyos salarios son o nulos, o mínimos y por eso tienen que hacer otras faenas para sobrevivir y cuyas vidas importan a casi nadie que no sean sus allegados y los de la región.

Pero ellos son los que viven en el lugar de la violencia generada por un conflicto interno, por la corrupción, el narcotráfico, el terrorismo paramilitar, las fuerzas del Estado y algunos frentes guerrilleros.

Los invisibles no son los ‘enviados especiales’ ni reciben viáticos ni sus rostros quedan impresos en la retina de la gente. Pero sobre ellos – que son miles –  la espada de Damocles oscila diariamente como un péndulo. Ellos son o han sido amenazados, desaparecidos, hostigados, despedidos, arrestados, violados, torturados, agredidos, censurados, olvidados, desprestigiados, secuestrados, asesinados… ignorados.

abuso infantil violencia pixabayEs decir sufren o han  sufrido cualquiera de esa estas situaciones que han padecido esos otros diez colegas ‘mediáticos’ que sí pudieron irse del país, o trabajar (o ser contratados para hacerlo), o formar una ONG, atender invitaciones a hablar de  su propia tragedia.

Y si bien la de todos son tragedias auténticas, estos favoritismos de los medios, de las agrupaciones de prensa y de organizaciones por ciertos casos, muestran un claro irrespeto por la importancia de otras historias de dolor. Las de los periodistas invisibles. O las de los periodistas que simplemente optan por mantener un perfil bajo. Por ejemplo, como ocurrió en 2000 cuando los paramilitares, empleando su violento horror hicieron pública la lista de unos periodistas a los que iban a matar.

Muchos se exiliaron. Otros se quedaron en Colombia. Unos se volvieron noticia permanente. Otros, muy pocos, mantuvieron sus miedos y tragedias en silencio, pese a continuar siendo amenazados.

Los 10 mil pasos Fotos Pixabay 4Los periodistas invisibles también lo son para las organizaciones y medios internacionales. Ellos no están en la lista de los habituales invitados de ONGs  para hablar de periodismo y riesgo en Colombia, porque para dichas organizaciones los nombres son los mismos de siempre, como si sólo esos nombres representaran el dolor en el periodismo, y como si no fuera necesario escuchar la voz de algunos de esos otros miles de periodistas. Cualquier voz regional, es tan importante como la de los grandes medios. Como la de cualquier mito construido.

(Fotos: Pixabay)

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