Globo, Reino Unido

Ser inmigrante en el Reino Unido en tiempos de Brexit

Ser inmigrante no es fácil, ni siquiera en uno de los países más multiculturales del mundo.

 

Mónica del Pilar Uribe Marín*

 

No lo es porque las costumbres, sueños, rasgos culturales, proyectos e historia que configuran su identidad, son tan diferentes que libra una lucha diaria para no perderse en ese maremágnum de nuevos códigos. O no lo es porque a veces el país de acogida estereotipa, rechaza o discrimina al forastero.

En esa lucha el inmigrante busca adaptarse, integrarse, aculturizarse; batallar con las razones que motivaron su migración, con la ausencia del legado emocional y afectivo que dejó en su país, y con lo que significa comenzar de cero.

Desde luego, hay naciones donde es más fácil ser inmigrante, adaptarse, integrarse y enriquecer el nuevo entorno con las costumbres propias. Generalmente son aquellas donde hay una historia y un idioma comunes pero, sobre todo, unas costumbres y una geografía similares. Por ello, la migración en la misma región es más fácil, más hermanable, no es tan traumática. Así pasa con las naciones de Latinoamérica, de África, de Oriente, de Europa.

En el caso del Reino Unido, la experiencia de inmigrar es más amable para quienes vienen de países europeos, ya que los inmigrantes tienen, digamos, diversos ‘estatus’.

En general, a los británicos les resulta más fácil recibir, convivir y aceptar a un inmigrante de la Unión Europea, sobre todo si vienen de países como Alemania, Francia, Holanda, Suiza, Bélgica, Finlandia o Suecia, por ejemplo.

Pero ese trato ‘deferente’ empieza a ser ‘diferente’ (sobre todo desde la crisis económica y después con el Brexit en la mesa) cuando los inmigrantes llegan de Italia, España, Portugal Polonia… Y más diferente, y ya reticente, cuando proceden de países de América del Sur y del Centro, o del Medio Oriente o de África.

Esto porque, al no ser europeos, aumentan los prejuicios y estereotipos sobre el inmigrante: entre más lejanos más o menos salvajes, más o menos alegres, más o menos inteligibles e ilegibles, más o menos pintorescos o divertidos, más o menos inteligentes, más o menos hábiles y adecuados para ciertos trabajos, más o menos interesantes en reuniones sociales…

Claro, con el Brexit, con Theresa May y todo lo que viene en camino, la situación es más complicada. Aunque no se puede culpar solamente a May.

Recuerdo con claridad la campaña contra los inmigrantes adelantada por David Cameron: sus redadas en cualquier lugar y a las horas más disímiles, las camionetas que portaban el letrero ‘Go Home’, su declaración de que el multiculturalismo había fallado, el discurso en los medios diciendo que venían a robar los trabajos de los británicos, a colapsar el servicio de salud y a vivir de los beneficios…

Las ciudades se llenaron de miedo y los centros de detención se llenaron de inmigrantes para tenerlos allí durante años o deportarlos sin importar que fueran asesinados en sus países.

Ese discurso comenzó a tomar forma, forma de odio, de racismo, de xenofobia, e ir al médico se volvió intimidante porque si el nombre no sonaba inglés pedían el pasaporte o decían ‘un momento’, dejando al inmigrante con la idea de haber hecho algo malo; y en los Job Centre empezaron a ser más quisquillosos, así al lado de 10 inmigrantes hubieran 1.000 ingleses colgados del sistema hacía 10 años. Ello sin mencionar el escrutinio minucioso a quienes trabajaran con inmigrantes, el parar con frecuencia a cualquiera con ‘cara de inmigrante’.

Con ese panorama bien alimentado, y que había calado hondo en muchísimos británicos que depositaron en el Brexit todas sus esperanzas para expulsar a los inmigrantes, recibió Theresa May el país y el presente y futuro del Brexit. Claro, May ya había hecho “grandes aportes” a las políticas antiinmigrantes.

Hoy las cosas no pueden ser peor para los inmigrantes. Y uno ya no sabe si peor para los pertenecientes a la UE o para todos. O si es peor para los que llevan largo tiempo o para los nuevos.

Muchos son víctimas de xenofobia, racismo, intolerancia y crímenes de odio, proveniente de una población genuinamente monocultural, arrogante, nacionalista, con un alto espíritu imperialista y fascista, que ha hecho público sus sentimientos e invade las redes sociales, crea grupos antiinmigrantes, se afinca en los tabloides de derecha, odia a los musulmanes y a los polacos y cada vez se vuelven más intolerantes y agresivos, física o verbalmente.

Esas actitudes las sufren los inmigrantes en los buses, en el metro, las calles, el trabajo, la universidad, las tiendas, las iglesias, los supermercados… en todo escenario donde “esa” población británica tenga asiento.

Para hacer peor las cosas, se suman los efectos de las cada vez más frías y fuertes políticas antiinmigrantes provenientes del gobierno, dificultando su vida y haciendo del Reino su infierno. Obviamente, para quienes ‘carecen de papeles’ todo es más complicado.

Es fácil, entonces, entender el impacto psicológico sobre los inmigrantes, la incertidumbre permanente, los planes que deben deshacer, el regreso forzoso a sus países, el miedo a no encontrar trabajo o a ser despedido, el estudiar con la casi certeza de que no podrán quedarse, los múltiples obstáculos para vivir tranquilos por el tiempo que sea.

Claro, no puede decirse que todos los inmigrantes viven esto ya que muchos se han nacionalizado británicos o tienen residencia indefinida y jamás han sufrido la discriminación, la xenofobia. Tampoco puede decirse que todos los británicos son antiinmigrantes (la mínima diferencia entre el SI y el NO al Brexit lo prueba; además no todos los que votaron SI son anti-inmigrantes) y existe un fuerte movimiento anti-Brexit y proinmigrantes por parte de esa comunidad británica que sabe la importancia y aportes de los inmigrantes al Reino Unido.

Lo que uno no entiende es cómo esa clase conservadora o de derecha extrema, pueda ser tan dura con los inmigrantes cuando ellos -según Pew Research Center/2016– “el Reino Unido es la décima fuente más grande de migrantes para el resto del mundo” (…). De hecho, uniformando estadísticas, unos 4.5 millones de personas nacidas en Gran Bretaña viven en otros países, 1.3 millones en países de la UE. Y tienen propiedades, buenos trabajos, servicios de salud… y  nadie que les moleste la vida ni les exija hablar el idioma de ese país.

Esos británicos anti-inmigrantes deberían pensar en ello, en que ellos entran y viven a donde quieran, en que han recibido ganancias gracias a los inmigrantes, en que ellos viven en otros países y no se les discrimina o ni se les trata como indeseables. Y deberían pensar en que su historia de invasiones y colonias es la que ha creado las condiciones de pobreza o violencia en muchos países, cuyos habitantes  son los que deben emigrar.

La inmigración es una necesidad. Y de eso es testigo el mismo Reino Unido, que es producto de migraciones. Una mirada más humana sobre los inmigrantes y sus razones es necesaria.

 *   twitter.com/uribemonic   –   (Fotos: Pixabay)

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