Cinema, Cultura

Luis Ospina (Parte 1): Todo comenzó por el fin

El conocido director de cine habla sobre la inestable historia de este arte en Colombia. Comenzó en su ciudad natal de Cali y formó parte del renacer que inició en los 60s con el movimiento de Caliwood. Habla sobre la fina línea  de su trabajo entre ficción y documental, definido por el controvertido término “falso documental”.

 

Luis Ospina

Graham Douglas

 

Luis Ospina, profundamente involucrado con la resurrección del cine en Cali, donde comenzó en 1921, rememora la historia del cine desde su primera participación en el movimiento ‘Caliwood’ en 1971.

Colombia, por supuesto, no es un país común, y el desarrollo del cine no ha sido fluido: un proceso repetido de la vida-muerte, vida-muerte como él dice, donde el Estado tardó mucho tiempo en ofrecer un apoyo efectivo.

Su producción se inclina por el documental, pero solo se inclina, porque le atrae la línea fina entre la ficción y el documental, y el cómo las técnicas del cine pueden revelar la verdad u ocultarla.

En Caliwood, estuvo involucrado con dos creativos: el cineasta Carlos Mayolo (1945-2007) y el escritor Andrés Caicedo (1951-1977), y una de las películas más influyentes de Ospina y Mayolo fue “Agarrando pueblo” (Vampires of poverty, 1978), donde critica la forma en que el cine europeo utilizaba a América Latina como fuente de “porno-miseria”.

Describe esta cinta y la denominada “Un tigre de papel” (2007) con el ambiguo término  de ‘falso documental’, visto negativamente por algunos críticos. El vampirismo y el canibalismo se convirtieron en metáforas importantes del capitalismo en su enfoque del cine de este momento.

Conocí a Luis después de la proyección de su película “Todo comenzó por el fin”, en el Festival de Cine Iberoamericano de Lisboa. La película fue concebida como una revisión de la historia del cine colombiano, “pero la realidad, en forma de una enfermedad potencialmente mortal, intervino y se entrelazó con la historia, que, como todas mis películas, es una ‘película casera”, dice. Pero es una película casera que trata de temas y documentos muy impropios de una etapa importante de la historia del cine en Colombia.

Cali parece ser el epicentro de su trabajo.  ¿Qué tiene de especial?

Naci en Cali y, por tanto, las conexiones con la ciudad están en mis raíces, en mi sangre y en mi familia. La primera película muda que se hizo se llamaba “Maria”, se hizo en Cali en 1921. Fue muy exitosa, pero desapareció. Debido al éxito de “Maria” se hicieron en Cali varias otras películas mudas, que la mayoría prácticamente han desaparecido, como ha pasado en el mundo con el cine mudo. Luego, en Cali, se hizo la primera película sonora, que se llamaba “Flores del Valle” y luego se hizo, en 1955, la primera en color, llamada “La gran obsesión”. A Partir de esa fecha el cine ‘caleño’ desapareció de la ciudad. Se dejó de producir hasta finales de los años ‘60s cuando surgieron personas como mi amigo Carlos Mayolo que comenzó a hacer sus primeros cortos. Y luego yo, que comencé a hacer películas en Cali en 1971, año en que se conforma  el  grupo de Cali, Caliwood.

Aunque yo había estudiado cine en California, en  la UCLA, mi intención nunca fue trabajar en EE.UU o en Hollywood, sino hacer cine en Colombia y en mi Ciudad porque todo estaba por hacerse. Era una ciudad que había perdido su patrimonio audiovisual. No había un registro audiovisual de la ciudad desde los años 50. Me interesaba documentar la ciudad, la cultura  popular, destacar ciertas personas que fueron muy importantes en la estructura caleña.

Comencé a hacer una serie de películas que giraban en torno a eso, sobre qué la diferenciaba de las otras regiones del país. También sobre escritores tan importantes como Andrés Caycedo. Yo le dediqué mi obra a la ciudad desde 1971 a  1995. Hice más de 20 documentales. En el 95 terminé una serie de 10 documentales sobre Cali. Entonces mi relación con la ciudad fue muy estrecha. Luego viaje a Bogotá y a partir de entonces mi obra giró en torno a otros temas.

Aquel documental, sobre la relación entre el estado y el cine, hecho en 2007 – “De la ilusión al desconcierto” – enfocado en las relaciones entre el cine y el Estado, fue hecho en 1995. ¿Por qué cubre solamente el periodo hasta 1995?

El Archivo Nacional de Cine tenía el proyecto de hacer una historia del cine colombiano. A un director le encargaron hacer la historia desde la etapa del cine mudo hasta 1969. A mí me contrataron para hacer desde  1970 hasta  1995; y a otro director desde 1995 hasta el presente.

Por eso hablo de esos 25 años que coinciden mucho con lo que fue mi carrera, que empezó en los 70. Mi primera película fue en el 71. Trata mucho sobre las relaciones del cine y el Estado porque cuando llegué a Colombia, no había ninguna ley de cine, ningún  apoyo estatal y todo tenía que ser hecho de manera independiente. Pero luego el estado comenzó a interesarse por el cine, creó un fondo que se llamó Focine, que con el tiempo fracasó. La parte que me corresponde es sobre esos intentos del Estado de hacer cine y de los fracasos.

¿Es su trabajo más ficción o realidad? ¿O uno es el camino para contar lo otro?

He   alternado entre la ficción y la no-ficción. La primera película que hice en la escuela de cine de UCLA era de ficción. Era  una adaptación de un cuento de Jeam-Paul Sartre, “Eróstrato, que se llamó “Acto de fe”.  Luego hice una película completamente documental, con Carlos Mayolo, que se llamó “Oiga, vea!”. Con Mayolo hicimos una pelicula de ficcion y varios documentales.

Pero mi orientación ha sido más a la no-ficción. Aunque hice dos largometrajes de ficción: “Pura sangre” en 1982, que fue una película de horror, una película de vampiros, la primera que se hizo en Colombia. Y 18 años después  hice “Soplo de vida, que es cine negro  colombiano. Y esa diferencia de esos 18 años, entre una película y la otra, dice mucho de lo que ha sido la historia del cine colombiano. Nace-muere, nace-muere. Entonces a mí me tocó un periodo muy difícil donde  el cine colombiano como proyecto estatal dejó de existir.

Por razones personales me dediqué más a la ficción, porque apareció el video, que me permitía  trabajar con menos dinero, de manera más independiente, y lo veía más apropiado para hacer no ficción. Por otro lado, las películas de largo metraje, de ficción, me quitaban mucho tiempo, cada película eran cinco o siete años de trabajo. Además, la misma estructura de producción no va con mi temperamento, una estructura militar pues uno está de director y tiene 60 personas a su cargo y siente la presión del tiempo. Y tampoco me interesaba mucho el hecho de que para hacer ficción uno tuviera que partir  de un guion previo que uno lo tiene que llevar  a otro medio que es el medio audiovisual. Siempre sentía que estaba como calcando algo que a veces no me satisfacía mucho, y pensaba que lo escrito era mejor que el resultado después  las soluciones y las imágenes. Entonces después de “Soplo de vida” abandoné la ficción por completo, aunque en mis documentales hay una fina línea que no se sabe bien qué es ficción y qué es documental. Me refiero a las películas “Agarrando pueblo”, en el 78, que hice con Carlos Mayolo que es un falso documental , y luego “Un tigre de papel, también un mockumentary de largometraje. Porque a mí me interesa mucho indagar sobre el documental en sí mismo, cuestionar los mecanismos que tienen el cine, y el documental específicamente para transmitir la verdad o la mentira.

En una reseña sobre “Pura sangre”, alguien comenta que el ‘capitalismo es un vampiro’. Esto es más verdad hoy. ¿Piensa que el cine juega un papel importante en el manejo de esto?

El mito del vampiro que se consolida con el mito de Drácula, que a su vez está basado en la realidad del Vlad el Empalador de Rumania. Es un mito estrechamente ligado al poder. El mito de Drácula es el del gran señor que habita un castillo, que pertenece a la nobleza y que literalmente vive de la sangre de los súbditos. Trasladé ese mito a una realidad colombiana. Es decir, tomar el vampirismo como una metáfora del poder, que sigue siendo vigente. En inglés siempre se habla del capitalismo como ‘bloodsucker’ que vive de la sangre del pueblo. ¿Y qué es el poder? Como bien lo dijo Passolini, el mayor poder que existe es el que tiene un cuerpo sobre otro, lo que se da en vampirismo. Una vez que la víctima es mordida pertenece a otra persona, esta subyugado.

Todo está también  muy ligado con el sexo. Con Carlos Mayolo –la persona con quien desarrollé una obra cinematográfica – nos interesamos también en el fenómeno del canibalismo, que también es una cosa del poder, y sobre el cual existen muchas mitologías y teorías como la que existe en Brasil, o en el Caribe.

Nuestra idea era transformar géneros  cinematográficos que supuestamente eran  de otros países al país nuestro, porque era válido hacer eso,  dándole a esos géneros y a esos mitos, una  lectura política.  (Próxima semana Parte 2)

Fotos suministradas por Luis Ospina – (Traducido por Mónica del Pilar Uribe Marín)

Share it / Compartir:

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*