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El embrujo irreal, sórdido y luminoso de Rulfo

Hay como un cierto sabor a bueno en ”lo malo” narrado por escritores como el mexicano Juan Rulfo. Y mucho más si, como hizo él, los textos se expresan mediante el código del realismo mágico (o real-maravilloso).

 

Antonio Paneque Brizuela

 

“Era raro que no viéramos colgado de los pies a alguno de los nuestros en cualquier palo de algún camino. Allí duraban hasta que se hacían viejos y se arriscaban como pellejos sin curtir”, dice Rulfo en “El llano en llamas” (1950), cuento en el que el uso del realismo mágico antecedió 17 años al de “Cien años de soledad” (1967) de Gabriel García Márquez.

La descripción ‘regionalizada’ de Rulfo sobre ese ‘terreno yermo, raso y desabrigado’ que conocemos de forma común como ‘páramo’, el abandono de la soledad, el trasunto de la muerte precedida por el amor, devienen universales porque retratan también a otros páramos del mundo mediante un lenguaje afín.

Esa sordidez de lo desértico y abandonado, junto a lo fértil y luminoso, en medio de la miseria de la pobreza y la guerra, de la vida en cualquiera de sus extremos, son traducidos por Rulfo mediante lo real-maravilloso, preocupación estilística que muestra lo común y cotidiano como algo irreal o extraño.

Esa tendencia literaria de origen latinoamericano, mezclada con el olor a tierra, a sudor y a sangre, mediante una especie de profecía del posterior mensaje onírico de García Márquez, recuerdan también la técnica de Jonh Dos Passos en su Manhattan Transfer de transmitir olores de ambientes como el de Nueva York a principios del siglo XX.

El propio García Márquez declaró sobre “Pedro Páramo” (1955) que ninguna otra lectura lo había impresionado tanto como esa, después de “La metamorfosis”, de Franz Kafka. Jorge Luis Borges la calificó como ‘una de las mejores novelas de la literatura universal’.

Foto: Pixabay

A Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno (1917-1986), le bastaron solo esas dos obras, un cuento y una novela, para integrar la vanguardia de la narrativa moderna.

La impronta artística de este escritor dejó hace tiempo de marcar solo la página mexicana y latinoamericana para imprimirse también en la de los grandes innovadores del siglo XX.

Para los exégetas de Rulfo, quien el pasado año cumplió el centenario de nacido, y el 7 de enero último los 30 años de muerto, el paisaje descrito es siempre seco y árido y en él viven gente solitaria, silenciosa y miserable, campesinos que sobreviven sin esperanza desde la Revolución mexicana.

En el caso de “Pedro Páramo”, incluida entre las 100 mejores novelas en español del siglo XX por el periódico español El Mundo, el relato asume pasajes narrativos que delatan las citadas características de su estilo:

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo. No dejes de ir a visitarlo me recomendó”.

“Pedro Páramo”, ese segundo libro, que Rulfo afirma escribió en solo cinco meses, es para algunos antólogos un clásico de la literatura hispanoamericana y el mejor escrito por un mexicano.

Para muchos, se trata de una obra maestra que resume, a la vez, la literatura mexicana del último siglo y la revolución de ese país, cuya tradición novelística también recupera el texto e implementa con maestría las técnicas y experimentos de las vanguardias del siglo XXI.

Escritor traducido a más de 40 idiomas (inglés, francés, alemán, turco, hebreo, árabe, alemán, polaco, japonés y, más reciente, el náhuatl de varias partes de México), fue también un gran seguidor de nuevos recursos literarios.

Las técnicas empleadas en sus narraciones por el escritor nacido el 16 de mayo de 1917 en el estado de Jalisco, implicaron en verdad el empleo adecuado y enriquecedor de grandes innovaciones literarias contemporáneas.

“Pedro Páramo”, por ejemplo, está contada mediante la combinación de la primera y la tercera personas, pero luego de su primer tercio, la narración de Juan Preciado se detiene y comienza entonces el monólogo interior de Pedro Páramo como narrador omnisciente. (PL)

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