En Foco, Notes From The Edge, Opinión

Silencio en la ciudad

Una visita reciente quedó sorprendida por nuestra ubicación en el centro de Londres y dijo que el efecto le hizo preguntarse si realmente había gente viviendo allí.

 

Steve Latham

 

El ruido, el ritmo acelerado y la variación multicultural le hicieron consciente de la diferencia entre ésta y su casa suburbana.

El ajetreo y la velocidad pasan factura. Pero también existe la ciudad virtual, la naturaleza conectada que muchos experimentan hoy.

No tenemos un lugar en el que estar en silencio, para desconectar. Siempre en movimiento, el único “tiempo muerto” es cuando ya no podemos continuar más y nos da el “bajón” y nos deprimimos. Y aceptamos esta invasión de nuestro espacio psicológico al elegir recibir voluntariamente los reality show y las redes sociales.

Ya nada es verdaderamente privado. Todo aspecto de la vida, en principio, se ofrece para el consumo de otros y para la construcción de nuestra propia imagen perfecta.

Byung-Hul Chan, un científico convertido en filósofo coreano afincado en Alemania (¿y lo postmoderno y globalizado que es esto?), ha escrito La sociedad de la transparencia, en donde critica estos avances.

Según él, esa reserva de vida privada y secreta es sospechosa hoy en día. Después de todo, ¿por qué nos opondríamos al gran número de circuitos cerrados de cámaras de televisión en el mundo si no tenemos nada que ocultar?

Ávidamente acogemos el Panóptico de Jeremy Bentham. Una torre central, originalmente concebida para vigilar a prisioneros penitenciarios, es ahora el principio subyacente metafórico de nuestro control total de la sociedad.

En cambio, necesitamos preservar el oasis de tranquilidad y reflexión. Solo estos pueden proporcionarnos las reservas que necesitamos para la creatividad y la innovación.

Pero, lo que Robert Sarah denomina “la dictadura del ruido” en su libro El poder del silencio, no está abrumando gradualmente nuestra conciencia individual y cultural con el equivalente mental de musak.

El psicoanalista Josh Cohen, en La vida privada reconoce los peligros, pero su proceso de terapia, con él mismo y con otros, le sugiere que siempre hay un exceso personal por descubrir.

Nuestros pensamientos íntimos a menudo son, Freud diría que siempre, desconocido incluso por nosotros mismos. Cuando pensamos que somos conscientes de nosotros mismos, existe la posibilidad de que se nos escape un comentario, revelando así nuestros sentimientos íntimos.

Sin embargo, para Cohen, se necesita la psicoterapia para recuperar estos restos olvidados en nuestro recreo mental.

Para de esta manera resistir la presión de la sociedad y del sistema, tanto si es externa o interna, sociopolítica o psicopolítica, necesitamos una disciplina consciente.

Solo al tomarse algún tiempo deliberadamente, para pensar, meditar, rezar, o reflexionar, podemos construir una especie de samizdat psíquico para vencer los sonidos ajenos en nuestras almas.

La batalla real, después de todo, es contra la conversación interior, con el aluvión de pensamientos en nuestras mentes. Concentrarse demasiado en el clamor físico puede prohibirnos presenciar estos estruendos.

Consecuentemente, Martin Laird escribe en Una ausencia iluminada que tanto si estamos en el campo como en la ciudad, es nuestra propia inquietud personal la que perturba nuestra tranquilidad. Incluso en la ciudad, mantiene, se puede obtener quietud, por ejemplo, al practicar la contemplación en los trenes bajo tierra, nuestro yo secreto resguardado dentro de la cacofonía.

(Traducido por: Julio César Ruiz Jiménez, email: Julio7rj@gmail.com) – Fotos: Pixabay

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