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Lula, Stefan Zweig y América Latina

Más allá de la suerte judicial y carcelaria final de Luiz Inácio Lula Da Silva, este tortuoso episodio por entregas de la política brasilera abre debates que trascienden su situación personal.

 

Pablo Sapag M.

 

Porque no debe olvidarse que Lula fue por dos periodos consecutivos Presidente de la República Federativa de Brasil, un estado que desde el final de la Guerra Fría parecía que por fin dejaba de ser el país del futuro de Stefan Zweig para primero imponerse con claridad a Argentina en el ámbito sudamericano; sustituir a México como potencia regional latinoamericana, después, y finalmente, con Lula ya en la Presidencia, darle a América Latina su primera potencia hemisférica para aspirar a reequilibrar un continente hegemonizado desde finales del siglo XIX por esa otra entidad federal llamada los Estados Unidos de América.

En parte eso se logró por el acierto de Lula al no romper con una estrategia-país trazada en la época de su antecesor Fernando Henrique Cardoso, sino antes.

Por eso en su mandato Lula cosechó los frutos del único país latinoamericano con una Secretaría de Estado para Asuntos Estratégicos, creada precisamente en el periodo de mandato del ahora desdichado expresidente.

Llegó así la suficiencia energética con el comienzo de la explotación de los yacimientos petroleros Presal y la proyección internacional de Petrobras, el gigante energético brasileño vinculado a  las acusaciones de corrupción contra Lula.

También la exportación a los mismísimos EEUU de la tecnología para combinar motores de combustión de petroderivados por otros en los que el etanol aportase la energía. Toda una tecnología verde  desarrollada por Brasil después de la crisis del petróleo de 1973.

Llegaron también los reconocimientos en forma de Mundial de Fútbol y Juegos Olímpicos. Unos eventos que no solo van de deporte, sino de alta política internacional, la misma que consagró a Brasil como miembro indiscutible de los BRICS –Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica-, las potencias llamadas a convertir en multipolar un mundo que Washington solo quería unipolar.

Todo eso, e igualmente para perjuicio de toda América Latina, es lo que el mismo Brasil lleva años tirando por la borda con la persecución judicial a Da Silva y la destitución de su sucesora Dilma Rousseff.

También por la incapacidad de uno y otra de manejar con habilidad y visión nacional, de estado y continental una situación que se veía venir.

Todo un vodevil político-judicial para el que razones habrá, pero que también se alimenta y mucho de la tradicional ambición desmedida y sin escrúpulos de los políticos brasileros; la debilidad de ciertas instituciones republicanas –empezando por el Parlamento-; el desequilibrio territorial y, sobre todo, la permanente inconsistencia ideológica de unos partidos políticos brasileños que desde sus mismas denominaciones son tan vacuos y corporativos como la mayoría de sus homólogos latinoamericanos.

De alguna manera, el hiperliderazgo lulista es consecuencia de esa insuficiencia partidaria.

El  Partido de los Trabajadores (PT) terminó por confundirse con el propio Lula, por eso sus adversarios políticos lo pusieron en la diana, incluso después de haber dejado la Presidencia. Siempre entendieron que Dilma solo sería un paréntesis, una mera albacea sin carisma del legado político de Da Silva.

Había que sacarla –con o sin razones- para evitar que ella misma pudiera pilotar la vuelta de Lula a la Presidencia. Sin el control de los resortes del poder, sería más fácil lograr el verdadero objetivo.

Ni Lula ni Dilma quisieron o supieron ver lo que no solo era una revancha de unos ricos, a los que en el fondo tampoco les fue mal todos los años en los que Lula y su sucesora estuvieron en el poder.

Lo que se cocía –como en buena parte de América Latina- era la incapacidad de los políticos brasileros, incluido Lula, de crear verdaderos partidos que respondieran más que a una figura personal y caudillista a ideologías profundas y arraigadas en la realidad económica, sí, pero también social, étnica, cultural –ahí entra lo religioso- y racial de unos países latinoamericanos que a falta de recorrido ideológico propio siguen dependiendo de liderazgos superlativos adornados con eslóganes políticos de vago tufo filosófico europeo-occidental.

Caudillos con más o menos arraigo popular que casi siempre y de manera directa o por medio de sus familiares terminan dirimiendo sus diferencias en los tribunales.

Unas cortes como las brasileras que con o sin razón aplican leyes igual de importadas y ajenas a unas realidades nacionales que salvo en el caso de Bolivia y de alguna manera Ecuador, no terminan de definirse, regularse y gestionarse políticamente a partir de lo concreto, lo real y lo esencial.

En Brasil eso pasaba no solo por garantizar el café da manhã a la mayoría de los brasileros, electrodomésticos e incluso vehículos a la llamada clase media brasilera, un concepto tan caro a esa nueva izquierda oficial latinoamericana deseosa de ser aceptada por el establishment de la globalización.

Todo eso lo hizo Lula, y no está mal. Lo que faltó, sin embargo, es construir un verdadero discurso nacional que entre otras cosas visibilizase y de una vez por todas diese protagonismo político real a ese 52% de afrobrasileros cuyos bolsillos pueden o no estar agradecidos al PT, o sea a Lula, pero que siguen siendo gobernados, interpretados y representados por blancos de origen portugués, aunque no solo.

La prueba es quiénes se movilizan estos días a favor y en contra de Lula Da Silva. Racial y culturalmente son muy parecidos, aunque no tengan la misma plata en el banco. Quienes dentro y fuera de Brasil se benefician de lo que ocurre, lo sabían. Las transformaciones que son profundas y duraderas no se paran ni se desmontan solo con maniobras políticas y  judiciales como las vistas en Brasil.

Y así es porque para hacer revoluciones tampoco bastan los liderazgos, por muy carismáticos que sean. Hace falta mucha ideología nacida de lo más hondo de la tierra que se aspira a transformar. Para de verdad tener un lugar en el mundo, también.

Por eso y  con Brasil a lo suyo –a lo nuestro-, por ahora Latinoamérica seguirá siendo el continente del futuro.

(Fotos: Pixabay)

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