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Aborto: el uso políticamente correcto del lenguaje

El ayuntamiento de Ealing, en Londres, aprobó recientemente una nueva regulación que establece una “zona de amortiguación” alrededor de una clínica abortiva.

 

  Steve Latham

 

Los manifestantes antiabortistas habían estado realizando vigilias fuera de la clínica y fueron acusados de intimidar a las mujeres que iban a abortar.

Al parecer, llamaban a las mujeres “mamá”, les pedían que cogieran folletos, les ofrecían rezar por ellas y les daban réplicas de fetos de plástico.

También hubo informes que denunciaban los gritos agresivos cuando las mujeres entraban en la clínica, aunque los protestantes aseguraron haber usado un lenguaje respetuoso.

Además, en sus carteles mostraban imágenes gráficas de fetos y sus panfletos describían los procedimientos que se utilizan para terminar con los embriones.

Se acusó a las protestas y a esas imágenes de molestar a las mujeres que se encontraban en un momento vulnerable de su vida.

Aunque el ayuntamiento quería mantener el derecho a protestar pacíficamente, consideraba que su deber de proteger a las mujeres que querían abortar tenía prioridad.

Su decisión ha llevado a crear una “zona segura” de 100 metros alrededor de la clínica donde los protestantes tienen prohibido actuar; y es probable que otros ayuntamientos hagan los mismo.

Pero, ¿no hay un peligro en callar el debate democrático? De hecho, ¿podría estar en juego la propia noción de la verdad?

Nadie duda, por ejemplo, que las imágenes y las descripciones que mostraban cómo se llevan a cabo los abortos eran acertadas.

Lo que se denuncia es que están molestando a mujeres que quieren abortar. En otras palabras, las mujeres no deberían sentirse heridas mientras ejercen su derecho legal al aborto.

Sin embargo, este es otro síntoma de que nuestra sociedad evita la realidad. Podría debatirse el hecho de que cuando alguien elige una vía de acción, debería tener información de todo tipo disponible a su alcance.

Es parecido a cuan ignorantes nos hemos vuelto en Occidente en cuanto a cómo se produce nuestra comida; en particular, de dónde proviene la carne.

El vínculo entre animales y carniceros se ha roto en nuestros supermercados esterilizados y llenos de envases de plástico.

En ambos casos, la total divulgación puede hacer que las personas cambien de idea al descubrir los desagradables procesos a través de los que recibimos ciertos “beneficios”.

Es irónico que sea la Izquierda la que se oponga a esta forma de decir la verdad. En cuanto a las acciones militares, por ejemplo, ocurre lo contrario.

Aquí es donde reside la parte conservadora, que insiste en utilizar eufemismos para hablar de masacre. Palabras como “pacificación” o “daño colateral” camuflan la realidad de los civiles heridos en la guerra. Es la Izquierda quien quiere exponer el uso mendaz del lenguaje y hablar directamente de las muertes de no combatientes.

Sin embargo, aunque los activistas actúan en diferentes bandos del espectro político, tanto la Derecha como la Izquierda esconden de forma cómplice la cruda realidad debajo de la superficie.

Hay una equivalencia lingüística en la forma en la que cada uno confunde la realidad. Y esto no se trata de censura moral, sino de la verdad.

Una mujer que aborta, un piloto lanzando una bomba o un amante de la carne comiéndose un solomillo, todos tienen que entender lo que realmente está pasando.

Si queremos ser dueños de nuestras acciones, tenemos que admitir la realidad de éstas, sin importar cuánto nos moleste.

(Traducido por Mariàngels Marcet) – Fotos: Pixabay

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