En Foco, Notes From The Edge, Opinión

Eutanasia… una cultura de la muerte

La cultura de la muerte se está desarrollando. El valor de la vida está bajando al seguir promoviendo el suicidio asistido.

 

 Steve Latham

 

En realidad, existen cuestiones médicas y éticas alrededor de la atención médica al final de la vida para los enfermos terminales.

Pero hay una línea, difícil de definir en la práctica, entre facilitar la muerte de alguien, mediante medicinas, por ejemplo, y acabar con su vida activamente administrándole un veneno.

Además, la celebración de lo segundo, como algo gratificante, es un paso retrograda para una cultura, y para la medicina, que en occidente ha hecho tantos progresos en cuanto a tratamientos. La muerte, vestida de “muerte digna”, se ha convertido en una virtud positiva. Aquel que decide suicidarse es considerado valiente y atrevido; un ser humano autónomo que decide su propia manera de morir.

El suicidio, por supuesto, es un antiguo fenómeno, y en la antigüedad estaba aceptado por las sociedades que se basaban en el honor.

La filosofía estoica de Roma y de Grecia, o la práctica del seppuku en la religión japonesa Shinto por ejemplo, veían el suicidio como una manera honorable de acabar con el sufrimiento.

Sin embargo, en la actualidad, se pide que terceros participen en el acto, entre ellos médicos, amigos y familiares. De ahí la presión por legalizar el suicidio asistido, para evitar que los ayudantes sean acusados.

Para solucionarlo, el abogado de la eutanasia voluntaria, Philip Nitschke, recientemente inventó una “máquina para suicidarse” a la que ha llamado “sarco”, como abreviación de sarcófago.

En ella puedes liberar gas nitrógeno con un simple parpadeo. Está diseñada para eliminar la necesidad de que alguien tenga que administrar un veneno, así como también permite que una persona tetrapléjica pueda acabar con su vida.

Representa la normalización, incluso la glamurización, de la eutanasia. Incluso sin ella, algunas personas siempre tratarán de acabar con el dolor a través de la muerte.

Piense en David Goodall, el científico australiano de 104 años, enfermo terminal, que viajó a Suiza para terminar con su vida en Dignitas.      

Pero esto, con toda certeza, no es motivo de celebración, si no de tristeza, simpatía y compasión.

Existe, además, la preocupación de que las personas mayores se pueden sentir presionadas a aceptar la eutanasia para evitar el estrés familiar o el gasto económico a sus familias.

El director de Dignitas, Ludwig Minelli, ha sido acusado por aprovecharse económicamente de sus pacientes.

Aunque se demuestra lo contrario, las acusaciones muestran los peligros inherentes a la eutanasia. Otro peligro es el riesgo de una “pendiente resbaladiza”, ya que el alcance de la eutanasia se ha extendido.

Bélgica ya ha aprobado una ley para permitir que los niños, los enfermos terminales, puedan elegir la eutanasia; y en los Países Bajos, el número de enfermos mentales que “eligen” el suicidio asistido está aumentando.

¿En ambos casos, tienen la capacidad para hacerlo? ¿Cuándo “voluntario” se convertirá en “involuntario”?

Tal como Michael Burleigh muestra en su libro “Death and Deliverance” (Muerte y liberación) el deseo compasivo liberal de eliminar el sufrimiento históricamente llevó a los programas de exterminio Nazi.

Pero, ¿por qué tantas personas quieren morir? ¿Y en sociedades occidentales ricas? ¿Por qué nuestras sociedades lo facilitan?

Es irónico que muchos de los oponentes a la eutanasia sean religiosos y crean en la vida después de la muerte, mientras que la mayoría de los que la apoyan no.

¿Hay alguna correlación? ¿Ha afectado que ya no se crea tanto en la vida después de la muerte ak valor que le damos a esta vida?

(Traducido por Mariàngels Marcet) –  Fotos: Pixabay

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