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Muerte en la tarde

La muerte tiene su estética. Nadie niega la belleza de los fuegos nada artificiales de la guerra, sino que lo diga el futurista FilippoTommaso Marinetti. Toda la parafernalia del combate y hasta los campos cubiertos de cadáveres como aquellos que visitaba Miguel Ángel para estudiar los gestos y la anatomía siniestra de la muerte, contaban con su secreta y misteriosa belleza.

 

Armando Orozco Tovar

 

En el horror también hay belleza, esto se sabe de sobra desde los anales poéticos y malvados de Baudelaire y sus flores perniciosas. Yo recuerdo cuando mi padre de niño me llevaba al “Circo de Toros” como se llamaba en aquella época en Bogotá.

Todo un circo romano, que después se conocería como Plaza de Toros de la Santa María, y qué lugar este de tortura a animales y personas con el nombre de la madre de dios, la cual seguramente nunca habría permitido, se le pusiera su nombre a un espectáculo tan bello y mortal, pues bastante tuvo con la tollina, tunda, paliza, clavada en un madero con forma de cruz, y mil tortura más infringidas a su hijo Jesús.

Como las que la iglesia infringió a su nombre (o peores) en la Edad Media a los que no querían seguir sus mandatos.  Aquel mártir de los mercaderes judíos, hoy- y nada tendría de raro-,  podría ser el toro de todos los ruedos, porque como lo anuncia Borges en su poema Laberinto: “No aguardes la envestida/ Del toro que es un hombre y cuya extraña/ Forma plural da horror a la maraña/ De interminable piedra entretejida.” (…)

Mucho menos su madre la “llena de gracia”, hubiera asistido al espectáculo como lo hacen   los del gabinete ministerial de los santos con boletas regaladas por el concejo distrital para contradecir al alcalde recién estrenado, que en su cuatrienio pretende y con mucha razón darle un giro definitivo al convite sangriento.

Alguna vez  me equivoqué haciéndole poemas al toreo: al Cordobés  y al  personaje internacional: “El Yiyo.

Fu el sexto torero muerto en ruedos españoles como coincidencia trágica cuando debió dar la estocada final el 27 de septiembre de 1984 en la Plaza de Pozoblanco, pueblo de la provincia de Córdoba, a “Avispao”, minutos después que ese toro dejara tendido en la arena al también famoso diestro Francisco Rivera “Paquirri”.

Con Federico, el poeta asesinado en el ruedo sangriento de la guerra española, fui a “las cinco en punto de la tarde…” a todas las corridas de la llamada “Fiesta brava”. ¡Ah! y con Ernesto Hemingway,  presencié el capoteo en la “Muerte en la tarde”, su famoso libro ya repleto de ácaros en algún estante olvidado de mi biblioteca.

Y es que se hizo tarde para esta cultura de la muerte venida de España donde la fiesta nacional se hace en honor ¿(horror?) de la “Pelona”, la cual por lo tanto es hora de ser abolida de las mentes y corazones y mucho más en un país donde las fosas ya no dan abasto  sembradas por todo el territorio nazi-onal.

Y si alguna vez de moda estuvo el safari del gringo de “El Viejo y el mar”, no quedando tigre, león, o elefante con cabeza, que terminaban en las paredes de su Finca Vigía cercana de La Habana, ese tiempo pasó, aunque  hoy los pescadores costarricenses se solacen ahora exterminando tiburones del Pacífico colombiano, para quitarles las aletas, de igual manera como lo hacen todavía los cazadores furtivos de rinocerontes en África, logrando ocultos en la maleza sus cuernos como trofeos dizque afrodisiacos.

Con este cuento de lo “afrodisiaco” (¿Afrodisiaco, viene de áfrica?) se quiere complacer a los impotentes multimillonarios del mundo, como también con la lidia distrital a los funcionarios de marras.

Siendo la muerte de los toros, los caballos empenachados, y los toreros un espectáculo digno de ver con sus cuernos y espadas clavadas sin lástima por todos costados de la persona y el animal.

Que se acabe ya esta tradición de gallos de pelea matándose sin compasión, de perros devorándose en casas clandestinas, y de bovinos apuñaleados a mansalva a la vista de todos con ¡Oles! y aplausos franquistas de diversos tonos sin que nadie desde arriba nada exprese del gobierno diferente dentro de una nueva pedagogía del amor y respeto a todo lo existente.

Da gurria, que sólo un alcalde de reciente nombramiento se atreva a llamar a tiempo la atención sobre el horror cultural defendido a capa y punzón por un procurador de argumentos baladíes.

Luis Cardoza y Aragón, el gran poeta guatemalteco, habla en sus memorias de Bogotá días antes del “Bogotazo”, y recuerda la barbarie del “Circo de toros”, lugar donde también el dictador Gurropín, (abuelo de san-muelas) asesinó y desapareció a cientos de personas por el sólo hecho de haber abucheado un domingo de feria a su hija:

La furia estaba presente en el ámbito colombiano. En mi primera estancia en 1947, capté al país bajo una delgadísima ficción de tranquilidad. Poco antes de que comenzara la Novena Conferencia Panamericana, en la Plaza de Toros de Santa María en Bogotá la multitud bajó las gradas y mil pirañas lincharon a un toro manso que ya había recibido varios pinchazos del chambón matador.

Las quejas del animal herido con puñales, navajas y puntapiés repercutieron en el espacio hasta que rindió el último aliento.

Le sacaron los ojos, le cortaron los cojones, la cola, las orejas. Una gran mancha de sangre quedó bajo el torito en el ruedo… Por instante imaginé que el pueblo castigabase a sí mismo en la bestia que despedazaba.”

Alegría de Pío, enero 25 de 2012 – (Fotos: Pixabay)

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