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Una vida atrapada

El escritor irlandés Aidan Higgins siempre ha sido una figura periférica en el abarrotado panorama literario de Irlanda y permanece allí a pesar del poder y la elocuencia de su novela, “Langrishe, go down”, publicada por primera vez en 1966.

 

Sean Sheehan

 

La novela está ambientada en la Irlanda rural, después de la Independencia y se refiere a unas hermanas que viven en una decadente propiedad irlandesa, casi en quiebra.

Son remanentes de la ascendencia irlandesa, descendientes de los ingleses que invadieron y expropiaron la tierra y se convirtieron en la clase dominante de la isla. A pesar de su pobreza, la deferencia es aún debida a los lugareños de más edad, pero no tiene ningún valor para las hermanas.

El capítulo de apertura sin trama es un tour de force, registrado en una clave menor pero insistente, a través de minucias de lo cotidiano, la fragilidad psicológica de Helen Langrishe mientras viaja a casa en un autobús desde Dublín en 1937.

Lee un informe periodístico sobre los acontecimientos de la Guerra Civil española, un macro reflejo de la dislocación mental que lucha por controlar. Nada se hace explícito, pero el lector sabe que algo ha ido terriblemente mal.

En el autobús, Helen se sienta cerca de dos hombres del campo y se siente repelida por todo lo que sucede: “Un tipo enorme e idiota que estaba sentado frente a ella con un impermeable de gabardina, sucio y muy grasoso en el cuello, ahora abría su boca en bostezo abierto y silencioso. Los huesos fuertes de su incipiente barba se movían en retroceso”.

Aidan Higgins. Foto de AlannahHopkin, Wikimedia Commons

La sección central y más larga de la novela se remonta cinco años atrás, hasta 1932, y cuenta la historia de la relación entre Imogen, la hermana menor de Helen, y un joven alemán, Otto Beck.

Si los dos hombres en el autobús eran hombres estúpidos y brutales, Otto tiene un alto nivel de educación.

Se convierte en el amante cruel de Imogen y su naturaleza depredadora emerge gradualmente en las descripciones sobre cómo mata y come conejos y pescados. Su conducta sexual es otro aspecto de esta naturaleza, pero Imogen tiene que descubrirlo por sí misma, y ​​para entonces es demasiado tarde; la implosión es lenta, prolongada y agonizantemente destructiva.

Es interesante que Higgins eligió no convertir a Otto Beck en un pro-nazi cuando la razón instrumental de su personaje está tan bien pulida como para sugerir que podría, o debería, haber sido una.

En un momento le dice a Imogen: “Eres tan suave… Un insecto blando sin espinas que ha sido pisoteado. Puedo sentir que empiezas a acurrucarte a los lados”.

En cambio, lo que el autor concentra es una descripción de su aventura desde el punto de vista de Imogen y su habilidad para habitar el interior de una mujer es un logro tan notable como el de James Joyce en el capítulo final de “Ulises”.

Si la literatura es, como dijo Ezra Pound, “noticias que se mantienen como noticias”, entonces “Langrishe, go down”, merece esa etiqueta. Fue republicado hace dos años y ahora ha aparecido en otra edición nueva.

Es una evocación inquietantemente melancólica de la soledad y del sentido de la vida como una trampa, una existencia no solo condenada al fracaso, sino que apenas vale la pena iniciarse en primer lugar.

“Langrishe, go down”, de Aidan Higgins, publicado por Apollo (Jefe de Zeus).

(Traducido por Mónica del Pilar Uribe Marín)

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