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Trump y el espíritu del mundo

Mi esposa estaba indecisa sobre si se unía a las manifestaciones de la semana pasada contra la visita de Trump al Reino Unido. Ella había estado en otra el año pasado, pero esta vez se sintió diferente.

 

Donald Trump by Donkey Hotey – flickr.com/photos/donkeyhotey/30378448826

Steve Latham

 

En esta ocasión, ella sintió que había peligro, como lo demuestran algunos de los carteles, de responder al oído de Trump con más odio y sentimientos negativos.

Yo mismo simplemente no me sentía tan fuerte; además de que tenía que trabajar. Pero creo que existe el riesgo de personalizar la política, fijándose demasiado en el hombre y no en el significado.

Marx escribió que era un error atacar al individuo capitalista, cuando era al sistema capitalista al que se necesitaba oponerse. Que cualquier propietario de un negocio particular sea desagradable o agradable, no posee ningún significado político. Del mismo modo, no debemos confundir la causa y el efecto de la política reaccionaria.

Sin duda, Trump es una persona odiosa y despreciable, en términos de su moralidad  y actitudes personales. Pero lo más importante es lo que él representa.

Foto: Pixabay

El Presidente de los Estados Unidos es un senescal senescente de un imperio enfermo. Sus posturas personales son síntomas de un orden internacional que se está desmoronando.

Con todo el respeto por las naciones Suramericanas y de Oriente Medio que todavía sufren el dominio de los Estados Unidos, estamos siendo testigos de los últimos suspiros de un poder moribundo.

Como ya vimos con la famosa “oscilación” de Obama desde Europa hasta el Pacífico, Estados Unidos ha alcanzado los límites históricos de su poder.

Hay, quizás bienvenido, un retroceso de la responsabilidad, una retirada del alcance global, dejando el campo geopolítico para rivalizar con las hegemonías regionales: China, Rusia e Irán.

Dentro de este movimiento, hay, sin embargo, una ambigüedad dialéctica para la derecha y la izquierda.

Los conservadores podrían dar la bienvenida, por ejemplo, a su postura antiaborto, y “hacer que América sea grande de nuevo”, pero se lamentarán su inmoralidad personal y de la oposición al libre comercio.

Foto: Marcella Via

De la misma manera, la hostilidad de Trump hacia la OTAN y el TLCAN debería ser música para los oídos de los izquierdistas, incluso mientras vituperean sus políticas migratorias y el nacionalismo blanco.

Trump es un signo de flujo. En las palabras de Tennyson, “el viejo orden cambió”; y con Yeats “las cosas se desmoronan, el centro no puede aguantar”.

Las verdades asentadas de la política cambian y tiemblan. El populismo de Trump encapsula, manifiesta nuestra fluidez actual e incertidumbre.

Él es un “signo de contradicción”, pero lo contrario de lo que significa la descripción del Papa Juan Pablo II. En cambio, Trump es una figura “anti-Cristo” – no el Anticristo (!), sino uno de un espíritu opuesto.

Esta ambigüedad presenta una presencia divisiva, surgida del pozo de las pasiones atávicas, y provoca las reacciones y respuestas radicales y enfurecidas.

Foto: Marcella Via

Como en la concepción de Stalin del papel del individuo en la historia, Trump representa la coyuntura actual de las fuerzas sociales que interactúan.

Pero Stalin estaba construyendo basado en Hegel, quien afirmaba haber visto el espíritu del mundo cabalgando un caballo, cuando divisó a Napoleón llegar a Jena, después de su famosa victoria.

De igual forma Trump encarna los signos de nuestros tiempos; pero esta vez no de una manera que sea motivo de regocijo.

 

(Traducido por Roberto Cárdenas Durán)

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