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La escritura como forma de vida

El escritor Anthony Burgess (1917-1993) es el más recordado por solo una de sus novelas y la versión de la película: “A clockwork orange” (La naranja mecánica). Pero escribió más de sesenta libros y, el tema de “The ink trade”, (El comercio de tinta), una oleada constante de periodismo. Escribir fue su razón de ser.

 

Sean Sheehan

 

Cualquier persona que lea ficción, no ficción, obras de teatro, guiones de películas, ensayos y artículos de Burgess necesita un buen diccionario pues su vocabulario era extenso y regularmente arcano.

Dos palabras que aparecen en “The ink trade” – logorrhea (una tendencia a hablar demasiado) y sesquipedalism (palabras largas de muchas sílabas)- son características de su estilo de escritura. Pocos escritores fuera de la profesión médica podrían escribir una oración que contenga tanto física como exoftalmía, pero Burgess podría hacer esto en un abrir y cerrar de ojos.

No siempre usó su prodigiosa erudición a la ligera y, ocasionalmente, se mostró disgustado.

En un artículo de 1971 para una revista sobre “The waste land” (La tierra baldía) de T. S. Eliot, cuenta cómo memorizó todo el poema cuando era adolescente.

Pero el humor nunca está lejos: el resultado fue “que a los quince años podía citar a Dante y Baudelaire en su original, así como a algunas objurgaciones de los Upanishads”. Luego hacer un brillante resumen del poema y dice, erróneamente, que proporciona los orígenes de “Finnegans Wake” de Joyce.

En un artículo de 1966 sobre cómo escribir su decimoséptima novela, admite estar cansado de la narrativa convencional y del diálogo naturalista: “Uno solo puede ser verdaderamente creativo si crea no solo un tema sino el medio en el que se mueve”” Esto ayuda a explicar su propia invención de nuevas palabras en “La naranja mecánica”.

Una apertura a la estética radical explica su tremendo amor por el trabajo de James Joyce y su defensa de la “Última salida a Brooklyn” cuando fue considerado obsceno por los posibles árbitros de lo que se nos debería permitir leer.

La disposición de Burgess para defender la libertad del escritor es algo sorprendente a la luz de su conservadurismo político y sus tendencias católicas. Pero podía manejar los impulsos contradictorios y su mejor novela, “Poderes terrenales”, mezcla lo profano y lo sagrado de una manera altamente atractiva.

Un compromiso con el valor de la escritura y la literatura se manifiesta con vigor y rigor en “The ink trade”. Burgess disfruta el arte de leer y responde con calidez a un nuevo escritor. Elogia a Jack Kerouac como un autor en el que la personalidad triunfa sobre el estilo: “uno de los gatos más bonitos que jamás haya conocido, con su inocencia de perrito agudizada por momentos de culpa del viejo perro, su entusiasmo por la vida aún no se halla afectado por el mal mundo.”

A pesar de su logorrea y sesquipedalismo, Burgess conocía la importancia de un escritor como Samuel Beckett y en 1986 le hizo un hermoso homenaje de cumpleaños. Imagina a Beckett respondiendo, sin que haya nada por qué felicitarlo: “Permítame entonces murmurar un agradecimiento inaudible y luego optar por el silencio que tanto ha mancillado”.

“The ink trade: selected journalism 1961-1993”, de Anthony Burgess, es una publicación de Carcanet.

(Traducido por Mónica del Pilar Uribe Marín)

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