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“Maritza la fugitiva” y la quimera del destino

En esta novela ganadora de la XVI Bienal Internacional de Novela José Eustasio Rivera,  Jorge Eliécer Pardo se introduce en un tiempo que crea una escena generosa y abierta como para que la cuestión del Destino sea casi una enorme paradoja a la que el dolor y la crueldad no han conseguido quitarle el misterio que encierra  toda vida.

 

Mario Catelli*

 

No sé si llegaré a saber algún día si nacemos librados a nuestra suerte, a nuestra pura suerte, o si por el contario el destino nos tiene dispuestas unas cartas que tarde o temprano saldrán tal y como él dispone. Tampoco si hay un terreno intermedio en el que podemos dar algún mínimo golpe de timón que llegue al menos a añadir una curva más en el camino, un giro que de validez a Shakespeare cuando afirma: “El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que las jugamos.”

Sea como sea, toda novela, toda ficción que elige el terreno de la literatura y no el de la historia para constituirse, acaba debatiendo, ante ese monumental espejo, sobre el valor de sentencia o de accidente que pueda tener el Destino cuando pasa a ser nuestra historia en minúsculas: la vida. Nuestra vida. Nada menos.

Jorge Eliécer Pardo, en “Maritza la fugitiva” (novela ganadora de la XVI Bienal Internacional de Novela José Eustasio Rivera, 2018), se introduce en un tiempo y una geografía que levantan una escenografía y una escena generosa y abierta como para que la cuestión del Destino sea casi una enorme paradoja a la que el dolor y la crueldad no han conseguido quitarle el misterio que encierra todo destino, toda vida.

Jorge Eliécer Pardo

La historia de Latinoamérica durante los últimos cincuenta años del siglo XX es el terreno común en el que nos podemos encontrar muchas mujeres y hombres de nuestra generación, y desde Colombia a Uruguay, Chile, Brasil, Argentina, Bolivia o Venezuela, nuestro destino ha estado poblado por tiempos construidos desde la crueldad, la tortura, la muerte, las dictaduras y la pérdida de libertades esenciales, en una especie de lucha siniestra por la desigualdad.

Los que hemos sobrevivido y necesitamos contarlo, buscamos a veces en estos artefactos (novelas, cuentos, poemas, canciones…) una lógica que nos confirme que al menos somos nosotros los que jugamos las cartas, aunque no las hayamos repartido; y también que aunque muchas veces parezca que podamos haber perdido la partida, tantos, como lo hace Jorge Eliécer Pardo, manifiestan a través de su obra la voluntad de seguir jugándola, porque el juego no ha acabado.

“Maritza la fugitiva” es el terreno que ha elegido Pardo para construir este gran escenario donde nos invita a entrar y a vivir más de cinco décadas de la historia del siglo XX, en Colombia, pero no solo en Colombia.

La novela empieza con la imagen de las torres gemelas en llamas, después del ataque, y el recuerdo del narrador, Federico Bernal, de la explosión en 1989 del Boeing 727 de Avianca, donde él (bisnieto de Saúl Aguirre) debería haber estado, pero por esas cosas del destino, no llegó a abordar. Y Maritza, nieta de madame Laurine, llegada a Colombia en 1920 para huir de la Europa destrozada por la Gran Guerra.

Foto: Pixabay

Ese espacio común, Colombia (como podría ser Uruguay, Argentina, Chile…), laboratorio del destino, intenta relatarse mientras nos hace a la vez protagonistas y espectadores de nuestra danza derviche, giramos sin parar y al mismo tiempo intentamos mirarnos a nosotros mismos, como si buscáramos la clave para detenernos en el propio movimiento.

“Maritza la fugitiva”, enraizada en su pasado más lejano, tanto como en sus más cercanos sueños de juventud, en Borges, en Cortázar y María Kodama, y también en John Lennon y Yoko Ono; y Jorge Eliécer Pardo, jugando con distintos narradores, tiempos y objetos y con una extraordinaria habilidad para girar y girar y hacernos girar con él casi sin darnos cuenta, nos permite leer la tragedia distanciándonos de ella lo justo como para que el dolor no nos ciegue, para que la nostalgia no nos enmudezca, y para que ese Destino al que pareciera no podemos escapar, nos consiga amarrarnos y dejarnos inmóviles ante nosotros mismos.

Foto: Pixabay

“Maritza la Fugitiva” es una novela ambiciosa que consigue su cometido, si es que se me permite conjeturar sobre él de forma muy sintética: poder mirarnos a nosotros mismos sin culpas ni acusaciones, y deleitarnos con un fresco a veces “goyesco”, a veces “velazquiano”, a veces “daliniano”, que nos puede convertir en mejores lectores y en mejores sujetos de nuestro propio destino.

*Mario Catelli: Escritor argentino-español, ganador del IV Premio internacional de novela Bruguera.

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