Globo, Reino Unido

Britannia en su laberinto

Ni ‘rule’, ni ‘cool’. Ni tan siquiera Brexit. La mejor etiqueta para el todavía y otrora pomposo Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte es la de failured. Fallido. Fracasado. Impotente.

 

Pablo Sapag M.

 

En lo inmediato y aparente, a ese estado de cosas se ha llegado a partir del estrambótico referéndum del 23 de junio de 2016 sobre la permanencia o no del Reino Unido en una Unión Europea en la que había entrado en 1973.

Pretender echar al tacho de la basura 43 años de historia –por no incluir los muchos previos de negociación para su entrada- y la ingente legislación y cambios profundos que han supuesto con un simple sí o no, es además de reduccionista, narcisista e infantil, dudosamente democrático.

Las situaciones complejas ameritan respuestas políticas igualmente densas, trabajadas, profundas y llenas de matices. El sí y el no en una papeleta sin apenas debate previo sobre todas y cada una de las consecuencias de una u otra decisión, en ningún caso permite enfrentar semejante envite.

Por algo los dictadores suelen usar el recurso plebiscitario para perpetuarse en el poder o para lograr respaldo aparente, temporal y por aclamación para alguna de sus controvertidas medidas.

En el caso del Reino Unido, además, que no tiene constitución escrita que sirva de hoja de ruta para gestionar un resultado que no por inesperado siempre fue posible, el embrollo es no solo insoportable, sobre todo, irresoluble.

A partir de ahí, el caos total. Dimisión del inane David Cameron que frívolamente convocó un referéndum por puro y mezquino cálculo electoral. Llegada al poder de una Theresa May no menos vacua y desechable a la que antes de una caída anunciada  abandonaron sin contemplaciones personajes irreverentes y de comedia. Como su ministro de Exteriores, Boris Johnson.

Theresa May – Caricature Wikimedia Commons

O quien debía negociar la salida ordenada de la UE, un David Davis que se presentaba en las reuniones en Bruselas sin papeles y con las manos en  los bolsillos ante el estupor de la contraparte europea. Al menos, no engañaba a nadie. Los británicos no tenían nada preparado. Y siguen sin tenerlo.

Después de obtener a finales de noviembre de 2018 un acuerdo de salida de la UE dolorosa pero al menos algo ordenada, una May que negociaba en Bruselas sin siquiera controlar a los miembros de su Partido Conservador, no se atrevió a someter ese acuerdo a votación en el Parlamento. Pretendía así arrancar algo más a la UE, sobre todo respecto al espinoso asunto del estatuto de Irlanda del Norte.

Si se vuelve a levantar la frontera con la República de Irlanda, cosa obvia y obligada si el Reino Unido se sale de la UE, pueden volver los años de plomo al Ulster. Un acuerdo desmejorado, además, alentaría aún más el deseo de Escocia de irse de aquello que ya no funciona.

Y no lo hace porque en el Reino Unido ni la legislación, ni los procedimientos ni la clase política están a la altura del soberbio -por arrogante- desafío en el que los británicos se han metido ellos solos.

Los laboristas no van a la zaga. Mientras hablaba de defender a los inmigrantes, contribuir a un mundo más equilibrado y esas cosas, su líder Jeremy Corbyn, sin embargo, nunca fue capaz de hacer una campaña pedagógicamente frontal en contra de un Brexit que ahora tampoco se atreve a echar atrás.

En una jugada puramente táctica, presenta una moción de censura a la Primera Ministra, pero no al Gobierno. Un calculado gesto electoral pero sin consecuencias para lo relevante, que es el Brexit. Para justificar su voluntad de seguir adelante con esa decisión estratégica para la que, sin embargo, no había ni hay estrategia alguna y como buenos británicos, Corbyn y los suyos se escudan en no se sabe bien qué supuestos principios. Una sacrosanta tradición democrática exclusivamente británica que impediría desechar el Brexit a través de otro referéndum o mecanismos parlamentarios tan democráticos como la primera consulta.

Todo ello en un país sin constitución, aunque –no se olvide- con religión de Estado. Supuestos principios que ante tanta excepcionalidad resultan mucho más difíciles de identificar que los intereses de ayer, de hoy y de siempre. Desde Iraq a Afganistán, pasando por Arabia Saudí y las Malvinas, ahí sí que los intereses británicos resultan evidentes, contantes y sonantes. Los principios, según y para qué.

oto: Pixabay

Lo más irónico de todo este rocambolesco proceso es que la última carta que les queda a los británicos para deshacer el esperpento en el que se han metido solos, es acogerse a una resolución del ¡Tribunal de Justicia de la Unión Europea!

Esa corte ha decidido que un estado miembro de la UE puede revocar unilateralmente su salida previamente pactada con la Unión siempre y cuando sea antes de la fecha establecida para la ruptura final.

Para el Brexit esa fecha es el 29 de marzo de 2019. Para eso falta poco, aunque en realidad, no es relevante.

Las consecuencias del Brexit ya son visibles. Basta con ver cómo ha caído en picado el número de universidades que participan en el programa de intercambio académico europeo Erasmus, perjudicando así a miles de estudiantes y profesores.

O peor aún, cómo se multiplican las agresiones racistas y xenófobas, las expulsiones y la pérdida de derechos de los caribeños que llegaron al Reino Unido hace décadas en su condición de miembros de la rimbombante Commonwealth.

En todo caso, y para quien aún no lo vea porque ni la educación ni los derechos humanos sean su prioridad, ahí está el hundimiento de la otrora sacro santa libra esterlina, mientras la  City de la que tantos viven, pierde brillo y esplendor especulativo.

Lo verdaderamente relevante es que estos dos años y medio han dejado al desnudo la debilidad profunda de las instituciones, la economía y el modelo social británico. Se creyó equívocamente que tras la Segunda Guerra Mundial a Britannia le costó menos que a otros –España, Turquía, por ejemplo- superar la pérdida de su imperio colonial.

Primero por la llamada “relación especial” que estableció con los Estados Unidos tras el fiasco del Canal de Suez en 1956, cuando de la mano del Estado de Israel y de los también imperialistas franceses se metió en una aventura neocolonialista de consecuencias desastrosas.

Y luego porque encontró en la Comunidad Económica Europea -hoy UE- la otra tabla de salvación para su inevitable decadencia post imperial. Porque no nos engañemos.

Dijera lo que dijera May mientras bailaba en África al ritmo de las promesas del libre comercio y como de cuando en cuando recuerda la India, la Commonwealth es tan irrelevante como la Comunidad Iberoamericana de Naciones o la Francofonía. Pildoritas diseñadas por las antiguas metrópolis para calmar los ansiosos síntomas de descontento, eso que los franceses llaman la malaise, de aquellos que han vivido más siglos con imperio que sin el y que al perderlo, se sienten tan poquita cosa. Quizás porque en realidad es lo que son.

El Brexit es solo un síntoma del final de la escapada. El knock out definitivo al Britannia rule de waves.

(Fotos: Pixabay)

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