Globo, Latinoamérica, Reino Unido

Quo vadis América Latina?

Hubo un tiempo no muy lejano en que a los países de América Latina les bastaba con celebrar elecciones para asegurarse el beneplácito internacional y cierta estabilidad interna.

 

Foto: Pixabay

Pablo Sapag M.

 

Y así era porque antes de eso y durante décadas el poder no lo otorgaban las urnas, sino los golpes de estado o las sublevaciones también armadas y más o menos populares.

Hoy ya no es así. Fuera, porque la región ha ganado peso y lo que en ella ocurre ya no se ve con tanta displicencia y condescendencia paternalista.

En el mundo ya se asumió que lo que sucede en América Latina puede tener repercusiones globales, y no solo en lo económico. También en lo ideológico y cultural.

Basta ver cómo hoy día se cita al viejo populismo de raigambre latinoamericana como influencia decisiva en el nacimiento  y consolidación de partidos y movimientos políticos de Europa y más allá.

En lo que a la propia América Latina se refiere, ya no basta con votar porque entre otras cosas y con o sin razón, los ciudadanos se creen ya libres de las asonadas y revueltas a balazos del pasado, esas mismas que ponían y sacaban presidentes.

Hoy las elecciones se dan por hecho, pero no así sus resultados ni lo que de tendencia a medio plazo pueden representar. Respecto a lo primero, ya no hay carrera corrida. El ganador puede ser el menos pensado, aunque eso no garantice la permanencia en el poder. Siempre hay mecanismos sistémicos no electorales capaces de operar cambios a mitad de mandato.

En ese sentido, la lista es larga. Desde Honduras a Perú, pasando por Brasil, claro. Allá Dilma Rousseff fue destituida antes de cumplir su mandato.

Hasta las elecciones del año que termina ocupa la Presidencia Michel Temer, que entregará la banda presidencial a Jair Bolsonaro. Otro ex militar que llega a la Presidencia de un país latinoamericano por vía electoral. Todo un síntoma.

El arrollador triunfo de Bolsonaro en las urnas deviene de un discurso duro con la delincuencia que gusta mucho en sociedades hastiadas de tanto crimen; un neo liberalismo ultra a la chilena que no ha querido disimular y una alianza con el evangelismo conservador en lo moral y compasivo en lo social que no es ni mucho menos exclusiva del caso brasilero. Todo ello envuelto en un nacionalismo simbólico que en términos de identidad resulta imprescindible para muchos latinoamericanos, más aún en un Brasil donde aquello de o mais grande do mundo no es pura retórica.

Hace ya mucho que Brasil sumó a su condición de única potencia sudamericana adquirida tras el desastre argentino de Malvinas en 1982,  la de potencia latinoamericana, panamericana e incluso global.

En el otrora líder regional latinoamericano y con un discurso algo más socializante pero obviamente igualmente nacionalista –“tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”, no se olvide-, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) también ganó las elecciones en México con el voto de los evangélicos.

Con su apoyo también contaron el millonario Sebastián Piñera en Chile, el uribista (partido de extrema derecha) Iván Duque en Colombia, o Mario Abdo en Paraguay, que en su gabinete cuenta con dos ministros de esa confesión.

Foto: Marcella Via

Por ahí viene la mano en una América Latina en la que nunca se consolidó un sistema de partidos a la europea, un modelo incapaz en la región de estructurar a sociedades tan mestizas en lo racial y cultural como brutal y genéticamente desiguales en lo económico.

La argamasa allí nunca han sido las ideologías de importación. Sí los caudillos en el buen o mal sentido de la palabra y los movimientos sociales que desde lo religioso a lo sectorial, pasando por lo étnico-racial y el nacionalismo se han aliado circunstancialmente con ellos. Los casos recientes de Venezuela, Ecuador o Bolivia son ejemplos de ello.

Más allá de determinados círculos intelectuales, el eje derecha-izquierda a la europea no explica mucho el comportamiento del electorado latinoamericano. Así lo han entendido Bolsonaro, AMLO y todos los demás, aunque sean el brasilero y el mexicano los que de verdad puedan marcar una tendencia de futuro para el resto de la región.

En ese sentido, la ventaja es de Bolsonaro. En lo inmediato porque entre otros, cuenta con la simpatía abierta del argentino Macri, Duque, Abdo y Piñera, justamente aquellos que como Bolsonaro reniegan de la inclusión de cualquier matiz étnico-racial a sus propuestas políticas.

En segundo lugar porque si bien la violencia en Brasil es muy preocupante, no llega a la que puede consumir todos los esfuerzos de AMLO en un México que ni siquiera cuando fue la potencia regional latinoamericana logró exportar su mayor activo: la construcción de la nación mestiza como aspiración de inclusión e igualdad.

Por último, por tamaño, recursos y sobre todo geopolítica, Brasil está mucho más blindado que México a lo que allá llaman su “maldita vecindad”, es decir, la perniciosa influencia de unos Estados Unidos que, paradójicamente, se parecen cada vez más a la América Latina real: sin partidos, con caudillos, nacionalista, evangélica y con elecciones. Eso sí, muchas elecciones.

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