Migrantes, Multicultura

En el ‘continente móvil’: un Ulises por cada inmigrante

Emigrar no sólo implica adaptarse a un nuevo país, sino convivir con sentimientos de culpabilidad, soledad, nostalgia, frustraciones y expectativas.

 

Olga Briasco

 

Mil millones de personas han puesto su esperanza en otro país y continente. Emigran llenos de sueños y con el deseo de encontrar su espacio dentro de una sociedad que no comparte sus raíces.

Según las últimas cifras de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), en 2010 hubo 214 millones de migraciones internacionales y 740 millones internas.

Según la organización, estas cifras podrían hasta duplicarse en 2050 y se constituiría lo que se denomina el “continente móvil”. Pero lejos de establecerse políticas de solución a las causas estructurales que la desencadenan se construyen muros y barreras.

Dejando al margen los problemas derivados de la crisis del Euro, emigrar es para muchas personas un proceso que supone niveles tan intensos de estrés que les impide desarrollar la capacidad de adaptación que tiene el ser humano.nSufren el denominado Síndrome de Ulises. Al igual que el héroe griego, sufren innumerables adversidades lejos de su entorno familiar. Deben lidiar con el sentimiento de fracaso por no lograr un trabajo o no poder mejorar sus condiciones laborales.

La ausencia de oportunidades en el país de acogida o la preocupación constante sobre la alimentación, la vivienda o la supervivencia son otros de los problemas a los que se enfrentan.

El desarraigo

En palabras de Álvaro Zuleta, el síndrome de Ulises es “un estado de indefinición y de angustia mediante el cual el individuo no logra establecer exactamente en qué lugar se encuentra”.

Entre otras cosas, le lleva a experimentar un sentimiento de soledad que nace en el preciso instante de la despedida de sus seres queridos. De hecho, la reagrupación familiar es el primer deseo que tienen los inmigrantes.

La mujer inmigrante presenta con mayor frecuencia alteraciones psicológicas causadas por el desarraigo. Es especialmente dura para aquellas mujeres que no pueden traerse consigo a sus hijos.

Pese a ello, un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) indica que 180 millones de emigrantes en el mundo son mujeres que viajan por su propia cuenta.

Esa soledad forzada es un gran sufrimiento. Según psicólogos y expertos, fundamentalmente se experimenta durante la noche, cuando afloran los recuerdos, las necesidades afectivas y los miedos.

Esa desazón es experimentada por aquellas personas que provienen de culturas en las que las relaciones familiares son mucho más estrechas y, especialmente, en aquellas que poseen fuertes vínculos. Para ellos resulta más complicado superar el vacío afectivo.

Los efectos

Algunos de ellos experimentan un sentimiento de culpa que no se experimenta por el daño causado a un tercero sino al temor de ser castigado. Es el remordimiento por haber dejado a su familia en el país de origen.

Ese sentimiento contenido se traduce en tristeza, llanto, irritabilidad, culpa e insomnio. Asimismo, por la cantidad de decisiones que el inmigrante debe tomar en un tiempo breve,  genera ansiedad y tensión.

Ese estrés y presión deriva en dolores de cabeza, fatiga, molestias en músculos y huesos y dolores crónicos.

Asimismo, en ese periodo de integración el inmigrante puede desarrollar esquizofrenia. Según diversos estudios, la desigualdad social, el racismo y la discriminación sumado a la historia familiar y al posible consumo de tóxicos puede desencadenar procesos psicóticos.

De hecho, las tasas de trastornos esquizofrénicos en la población inmigrante son mayores que las que hay en la población de origen y en la población huésped.

Algunos de los estudios presentados por la Academia Chilena de Medicina demostraron que, en el caso del Reino Unido, se ha observado una mayor prevalencia de depresión y suicidio en la población inmigrante.

Además, la esquizofrenia es seis veces más prevalente entre los inmigrantes afrocaribeños que entre los locales de ese país. Ese mismo estudio revela que el riesgo de esquizofrenia entre los inmigrantes es mayor mientras más pequeño sea el grupo de inmigración (minorías raciales).

Asimismo, en la población inmigrante se observa también una mayor prevalencia de trastornos ansiosos y depresivos en la población de inmigrantes hispanos en Estados Unidos y en los inmigrantes africanos en el Reino Unido.

Sin un perfil

El Doctor Achotegui sostiene que no existe un perfil determinado de inmigrantes que sufren este síndrome pero sí aspectos que pueden influir. En su opinión, los más vulnerables son aquellas personas que viven de forma ilegal en las ciudades porque viven en condiciones precarias.

Su situación irregular hace que en muchos casos no puedan, por desconocimiento, o no deseen entrar en contacto con las instituciones sanitarias, con lo que sufren más los efectos de este tipo de patologías.

También influyen algunas características personales. Achotegui comenta que las personalidades dependientes son las que más lo sufren. En el otro extremo se sitúan las personas inteligentes y con buenas habilidades sociales pues saben rodearse de personas.

La soledad

La migración es un hecho social y, por tanto, tiene repercusiones sobre el conjunto de la sociedad. Es un proceso que da lugar a cambios de quienes emigran, de quienes reciben a los inmigrantes y de los familiares que se quedan en el país de origen.

De hecho, la marcha de los padres influye en el crecimiento y maduración de los hijos. En su mayoría, asumen responsabilidades que no son propias de su edad y experimentan los cambios fundamentales de su vida alejados de los progenitores o, al menos, de uno de ellos.

Según el informe “Madurar sin padres”, los hijos de emigrantes son conscientes de que los motivos de la separación son puramente económico pero desarrollan “un sentimiento generalizado de tristeza, junto con un cierto temor a que formen una nueva familia en el país de destino”. Para ellos, la emigración es un proceso de cambio que conlleva enfrentarse a nuevas relaciones y experiencias, asumir nuevas responsabilidades, adquirir nuevas destrezas y habilidades. De hecho, el retorno supone una nueva reconfiguración del hogar que no es fácil para nadie.

El estudio revela que para muchos niños la emigración de su padre o madre es un fuerte estímulo para estudiar y superarse. Esta situación se da en aquellos niños que mantienen un contacto habitual con los progenitores por teléfono o por Internet.

Tecnologías comunicantes

De hecho, las nuevas tecnologías ayudan a paliar ese desarraigo pues la comunicación es casi diaria. Atrás quedaron las cartas postales y los días de espera en recibir noticias. Hoy el correo electrónico y las redes sociales facilitan esa comunicación.

La directora  adjunta del Internet Interdisciplinary Institute de la Universitat Oberta de Catalunya, Adela Ros, cree que aún se tiene “una visión estancada del inmigrante como alguien solo, que ha perdido el contacto con su origen, imagen que no tiene nada que ver con la realidad actual, ni con la que nos deparará el futuro”. En su opinión, dichas herramientas digitales deberían ser aprovechadas para establecer herramientas de integración. Por ende, si los inmigrantes no reciben el apoyo necesario para su integración, utilizarán las nuevas tecnologías para reafirmarse frente a la sociedad que no les acoge.

Asimismo, las tecnologías muestran una sociedad con espacios muy divididos: “aquí los inmigrantes, aquí los nativos, reflejo de que no hay mecanismos para el ascenso social del inmigrante”.

Como Ulises, la emigración enfrenta cada día a un nuevo obstáculo que debe ser superado para, en un futuro próximo, alcanzar su particular Ítaca y con los sueños cumplidos.

(Fotos: Pixabay)

Share it / Compartir:

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*