Derechos Humanos, Globo, Politika

Un continente que oscila entre la pobreza y la miseria

En América Latina el 29,2% de sus habitantes vive en la pobreza y el 10,2% subsiste en la miseria extrema. . Es decir: 182 millones de pobres y 63 millones en condiciones de máxima penuria. La desigualdad es profunda para mujeres e indígenas. Un panorama nada esperanzador cuando avanzan fuerzas políticas donde las minorías no figuran entre las prioridades.

 

Rafael Calcines  

 

Dentro de los millones de personas que engrosan las filas de los menos favorecidos existen profundas brechas: en las zonas rurales la pobreza es 20 puntos porcentuales mayor que en las ciudades y la pobreza extrema afecta al 20,4% de la población que habita en el campo.

Los indígenas, que constituyen en algunas sociedades latinoamericanas un sector poblacional significativo, son los más golpeados por la pobreza, en la cual sobrevive el 51%.

Así lo indica la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) como parte del informe sobre el panorama social en la región.

Según Alicia Bárcena, directora general de la Cepal, se aprecia en América Latina entre 2011 y 2016 un crecimiento del gasto social en las estrategias nacionales de varios países, pero ello no ha sido suficiente para una disminución efectiva de la pobreza y la extrema pobreza, cuya tendencia es a crecer, y en cambio, se tiende al estancamiento en esos gastos, que incluyen vivienda y servicios comunitarios, salud, educación, protección del medio ambiente y seguridad social, entre otros.

El estudio de la Cepal, para definir los niveles de pobreza y extrema pobreza, se basó en los ingresos de la población, y en ese sentido sacó a la luz también serios problemas en el comportamiento del mercado laboral y los salarios.

Ello obedece a que entre quienes tienen trabajo remunerado, la tercera parte se desenvuelven en actividades informales y por tanto carecen de beneficios sociales y más de la mitad de la población no cotiza en los sistemas de pensiones, por lo cual su situación se tornará extraordinariamente precaria cuando lleguen a la vejez.

En tanto, según los datos de los 18 países contemplados en el informe de la Cepal, el 42% de los trabajadores percibe ingresos inferiores al salario mínimo vigente en esas naciones, y una vez más los más afectados son las mujeres y los jóvenes.

Entre ellas, 49 de cada 100 están en esa condición, y peor aún lo llevan los jóvenes pues el 56% gana menos del mínimo establecido, pero si se es mujer y joven al mismo tiempo, más del 60% se desempeñan en empleos de baja calidad y con ingresos insuficientes.

Y el problema no es coyuntural sino raigal, pues en sociedades tradicionalmente machistas como las latinoamericanas la mujer permanece relegada a pesar de los avances logrados por los movimientos feministas en las últimas décadas y el empoderamiento que le han brindado los gobiernos más progresistas de la región.

Precisamente, el estudio dedica un capítulo a la autonomía económica de la masa femenina ante los retos que implican los cambios en el mercado del trabajo como resultado del desarrollo tecnológico.

Ellas tienen menos posibilidades de participar en el mercado laboral por la enorme carga que implican las labores domésticas no remuneradas, su tasa de actividad es 24,2% menor a la de los hombres, al tiempo que se les hace más difícil encontrar empleo.

Todo ello con el agravante de lo que la Cepal califica como segregación ocupacional de género, pues más de la mitad de las latinoamericanas y caribeñas están empleadas en puestos de baja calificación, además de que en prácticamente todas las ramas perciben menores salarios que los hombres por igual trabajo.

Y el futuro no parece ser muy halagüeño para la gran mayoría ante los profundos cambios tecnológicos que están ocurriendo en la economía de muchas naciones.

Al respecto, Alicia Bárcena señaló que los cuidados hogareños, comercio e industria manufacturera concentran poco más del 61% de la fuerza laboral femenina, pero los dos últimos reúnen actividades que demandan pocos conocimientos y con gran concentración de tareas rutinarias, por lo que son proclives a la introducción de procesos automatizados, con los consiguientes riesgos de desempleo. No ocurre así con las ocupadas en actividades hogareñas y del cuidado de personas de la tercera edad, que con los cambios demográficos marcados por el envejecimiento poblacional posiblemente demanden más fuerza de trabajo, y dada su naturaleza resulta casi imposible que irrumpa allí la automatización.

Pero esa potencial fuente de trabajo no demanda gran calificación y se caracteriza por bajos salarios, carencia de garantías y de seguridad social, por lo que ellas parecen estar condenadas a seguir relegadas y siendo mayoría entre los sectores más pobres. (PL)

(Fotos: Pixabay)

 

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