En Foco, Opinión

El mar y la niña que vende animalitos artesanales

 Se llama Alexandra y vive en Mangua (Nicaragua). Allí las arenas de Pochomil son negras, y las olas golpean la espalda de quienes se bañan por primera vez, como si se empeñaran en negar la validez del nombre del océano que humedece la playa, donde ella vende artesanías.

 

Texto y Fotos: Francisco G. Navarro

 

Animalitos de la fauna marina y costera que los artesanos del pueblo moldearon antes con caracolillos y conchas que el Pacífico regala.

La piel de Alexandra admite cualquier apellido de esos que son sinónimos del ser ancestral nicaragüense: Ambota, Nayamari o Postosme, pero nunca ese Debayle de tufillo francés, como el de la niña-princesa inmortal del poema-leyenda.

Alexandra, de once años, está siempre acompañada de Daniela, de nueva años, u de Allison, de seis. Son un el trío grácil de vendedoras que bajo la sombra de los ranchones (viviendas rurales) con techos de palma, se mueve zigzagueante por entre hamacas multicolores y turistas que esperan un sol más amable con la piel citadina.

Las pequeñas panas plásticas y rojas entre los brazos de las tres niñas, parecen nidos repletos de animalitos artesanales, que procurarán un poco de pan en la mesa familiar al término de una jornada de ocho horas de exhibición, propuesta y regateo, artes de cualquier comercio por elemental que sea.

Y más cuando Alexandra y sus acompañantes afrontan la competencia de las mujeres de cestos mayores, en equilibrio sobre sus cabezas, cargados hasta el tope con delicias de la repostería y culinaria lugareñas.

Ceviches, semillas, coctel de conchas, vigorón, cajetas, espumillas y manjar de leche de la parte adulta del panorama comercial, y gallitos y tortugas en las cestas infantiles.

Foto: Pixabay

Entre los buscadores del pan cotidiano aparece una abuela en cuyo rostro aindiado el tiempo ya labró todos los surcos posibles, recolectora de latas vacías de cerveza, y un eskimero, nombre que una marca de fama endilgó en Nicaragua a los expendedores de helados, en su carrito de campañilla anunciadora.

Y también  hay un personaje que parece recién salido de un circo ambulante, pantalones embutidos entre los calcetines, y que ofrece música multi lingüística, e incluso algo del folclor tibetano cantado a capela. Canta como si se las arenas finísimas de Pochomil fueran el jardín tropical de otra torre de Babel.

Alexandra llega con su tela de  pana con figuras zoológicas hasta donde están los visitantes y termina vendiéndoles un armadillo, cuzucu para la gente de estas tierras de la cintura americana.

La niña se mantiene firme en el momento de regatear, y así lo hace con el armadillo que quiere vender por 10 córdobas. Si no es firme ella no ganaría nada. Matemática bien aprendida en el aula de la vida.

Alexandra ya cursa sexto grado y leer es lo que más le gusta de la escuela, pero aún no conoce el poema de Rubén Darío a Margarita Dabayle “la niña bella, bajo el cielo y sobre el mar, (que fue) a cortar la blanca estrella que la hacía suspirar”.

La niña se promete que será lo primero que pida a la maestra Magalis cuando el aula reabra las puertas y ella pueda volver a estudiar.

Alexandra es una inocente, frágil y andariega comerciante aque camina sobre la oscuridad arenosa, que contrasta con el chorro de luz de Pochomil.

En el lugar donde revolotean los pies alados de Alexandra, el olor del salitre reemplaza a la ‘esencia sutil de azahar’, y en vez de una alondra cantan a dúo la golondrina del manglar y el chocoyo parlanchín.

Lo más probable es que Alexandra, ¿Nayamari?, ¿acaso Postosme?, jamás vuelva a saber de quién le compró un armadillo de mil conchas engarzadas. (PL)

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