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Frank Fernández: “Mi obra preferida es la última que toco”

El pianista y compositor cubano considera una suerte ser un músico impuro, estado como se auto-clasifica por haber amado, amar y estar dispuesto a seguir amando las mejores expresiones de ese arte.

 

Frank Fernández. Photo: Prensa Latina

Martha Sánchez

 

Próximo a cumplir 75 años de edad y 60 de vida artística, el maestro insiste en prescindir de categorizaciones como “lo culto” y “lo popular”, vistas de manera excluyente cuando nada más popular en el mundo que el Aria de la Suite en Re de Bach, comentó en entrevista exclusiva con Prensa Latina.

“Hasta los Beatles se basaron en el universo bacheano para crear, entonces Bach también es popular. Sin embargo, no hay cosa más culta que una improvisación de King Jarred, fruto de una formación clásica y de un acervo popular de pura tierra”, dice el pianista graduado con título de oro en el Conservatorio Chaikovski de Moscú.

Pero antes de aterrizar en Europa por primera vez y antes de estudiar en el Conservatorio Amadeo Roldán, en La Habana, y de ganar el primer premio del primer Concurso Nacional de Piano, Fernández tocó en bares y cantinas.

Su padre quería que fuera contador, él -en cambio- anhelaba ser músico, una profesión que el progenitor no estaba dispuesto a solventar, así que por necesidad económica y por amor al arte, siendo menor de edad, comenzó a tocar en centros nocturnos.

Alternaba con el gran Bebo Valdés en el Hotel Habana Libre, compartió la escena con José Antonio Méndez, Cesar Portillo de la Luz y Ela O”Farril en el Saint John.

Luego lo contrataron en el Karachi para acompañar, a las 3:00 a.m. a Elena Burque, y allí conoció a Bola de Nieve, René Cabel y Peruchín.

Dos maestros lo marcaron para siempre: en Cuba, Margot Rojas, una de las más insignes pedagogas de toda Latinoamérica, que a su vez había sido estudiante de Alexander Lambert, alumno de Frank Lizt, el más grande pianista del mundo en el siglo XIX y, en Rusia, Víctor Merzhánov.

“Cuando tú tienes esta formación, no ortodoxa, amas mucho todos los estilos y entonces mi obra preferida es la última que toco, porque me enamoro fuertemente de lo que hago”, afirma el único cubano que ostenta la Medalla Pushkin, otorgada directamente por el presidente de Rusia, Vladímir Putin. Para algunos, Fernández es “un ser tocado por la divinidad”, otros resaltan su potencia en el piano y la mayoría coincide en catalogarlo como uno de los magistrales intérpretes de los momentos más sublimes de la música universal y, por tanto, uno de los pianistas más grandes del mundo.

Acaba de retornar de Bolivia, donde ofreció dos conciertos gratuitos junto a la Orquesta Sinfónica Juvenil de Santa Cruz (este), en los que interpretaron la Rhapsody in Blue, de Gershwin, además de obras bolivianas y cubanas, incluso algunas piezas suyas como el tema de amor de La Gran Rebelión -un serial televisivo- y el tema central de la novela Tierra Brava.

“Trabajar con los jóvenes siempre es una infusión de alegría, de fe en la música y transmisión de energía”, sostiene.

Por eso, aunque imprevisto, aceptó gustoso impartir clases magistrales durante dos días seguidos a un grupo de estudiantes y profesores interesados.

Según cuenta, los planes para 2019 son abundantes, hasta lo llamaron para ponerle música a un espectáculo de fuegos artificiales que una compañía italiana planea regalarle al pueblo de esta capital por los 500 años de fundada la ciudad.

Un grupo de artistas le rendirá tributo el 5 de mayo, en la sala Avellaneda del Teatro Nacional.

Ulises Aquino lo invitó a participar en un homenaje a Ernesto Lecuona; tiene un concierto previsto con la orquesta del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso y varios discos en proyecto, como productor e intérprete.

Uno de estos discos compila canciones tradicionales, en otro se alterna el protagonismo con el bajista Gastón Joya y, para hacer gala de la habitual versatilidad, aceptó participar en un álbum del mundo del feeling con Bobby Carcasés.

“Un disco más bien sorpresa, nadie se lo imagina”, afirma el autor de más de 650 composiciones en diferentes formatos: ballets, coros, bandas sonoras para cine, radio, televisión y arreglos para agrupaciones de música popular.

“Alguien me preguntó: ¿Maestro, usted por qué estudia tanto? Porque soy bruto, le dije, y porque siempre hay algo que aprender. Estudio más ahora que cuando era joven porque la responsabilidad es mayor y los años pesan”, dice este hombre  nacido en Mayarí, un pequeño pueblo del oriente de Cuba.

En Mayarí, conoció a Miguel Matamoros y a Sindo Garay, dos músicos cubanos de leyenda, allí puso las manos en un piano por primera vez cuando tenía cuatro años, por impulso de su madre, a la que no llegó a conocer porque murió demasiado pronto, sin embargo nunca ha dejado de sentirla como un ángel de la guarda.

“Toda mi obra hasta el día de hoy, de alguna manera muy grande, está dedicada a la memoria de mi madre”, asegura este artista que ha recibido más de 200 y que es capaz de disfrutar una rumba, un guaguancó, y de versionarlos en el piano, como ya lo ha hecho. (PL)

(Fotos: Pixabay)

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