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En la guerra de EE.UU. por el poder todo se vale

La intensa campaña mediática y desinformativa de Estados Unidos contra Venezuela forma parte de un esfuerzo superior de la Casa Blanca para derrocar, a toda costa, a gobiernos que se niegan a seguir su línea hegemónica en la región.

 

Roberto García Hernández

 

La autoproclamación en plenas calles de Caracas, del señor Juan Guaidó como presidente “encargado” y sin el más mínimo soporte legal ni moral, demostró hasta qué punto pueden llegar Washington y sus aliados en estas operaciones subversivas, que amenazan con extender a otras naciones.

John Bolton, asesor de Seguridad Nacional del presidente Donald Trump, anunció el pasado 3 de marzo que Estados Unidos planifica conformar una coalición “para cambiar el Gobierno de Venezuela” y añadió que la Casa Blanca no teme utilizar la tristemente célebre Doctrina Monroe en esta coyuntura.

Expertos consultados por Prensa Latina señalan que un primer paso de esta alianza sería fortalecer el cerco político y diplomático a Venezuela, pero esta coalición tendría una segunda misión: agrupar las fuerzas y medios necesarios para una eventual intervención militar, cuando existan condiciones para ello.

Como parte de la campaña, la Casa Blanca insiste en complicar la situación al culpar a Cuba por el apoyo que esta otorga al liderazgo bolivariano encabezado por Nicolás Maduro.

En ese sentido, Bolton confirmó el 4 de marzo que el Gobierno de Donald Trump se dispone a aplicar nuevas sanciones contra la mayor de las Antillas, en particular el fortalecimiento de las restricciones financieras “para los militares cubanos y los servicios de inteligencia”.

El pretexto para estas acciones es la supuesta presencia de “un ejército de 25 mil efectivos cubanos” en suelo venezolano, algo que el canciller de la nación caribeña, Bruno Rodríguez, rechazó de forma categórica.

Justificar la agresión

En esta operación de golpe de estado y amenaza de uso del poderío bélico contra Maduro, presidente constitucional de Venezuela, las agencias federales estadounidenses coordinan cada paso, de acuerdo con los manuales de campaña de las fuerzas armadas y los documentos rectores de las entidades civiles.

El Departamento de Estado desempeña un papel fundamental en toda esta campaña para justificar la agresión, con declaraciones que con algún que otro cambio repiten portavoces de otras secretarías, guiados por sus pre-elaborados “talking points” que hacen llegar a otras entidades federales. Analistas militares advierten que cualquier intervención militar en suelo venezolano se enfrenta a una serie de desafíos prácticos que la hacen una opción relativamente poco probable, y algunos la califican de imprudente.

La militarización de la crisis en Venezuela requeriría de Estados Unidos una preparación básica “desde cero hasta 100”, de acuerdo con Dan Trombly, analista del Instituto de Estudios Estratégicos del Ejército norteamericano.

El experto añade que la oposición venezolana, “en su mayoría no violenta” sería incapaz de organizarse ni siquiera al nivel que lo hizo la incoherente milicia preparada tras la invasión de la OTAN a Libia en 2011.

Por otra parte, las leyes de Estados Unidos requieren que Trump obtenga la aprobación del Congreso para cualquier acción militar convencional de larga duración, algo poco probable debido a que la Cámara de Representantes está controlada por los demócratas.

Los especialistas advierten que para una incursión limitada y de carácter “quirúrgico” la Casa Blanca no necesariamente buscaría una votación abierta en el Capitolio, sino que la presentaría a los legisladores como un hecho consumado.

El pentágono y la campaña mediática

En este caso de la agresión a Venezuela, el Pentágono tuvo entre otras misiones la tarea de diseminar información sobre la salida al mar del grupo de ataque del portaaviones Abraham Lincoln (CVN-72) y seis buques escoltas.

Estas unidades navales comenzaron el 25 de enero a realizar las maniobras “rutinarias” denominadas Comptuex en áreas del océano Atlántico, cercanas al Estrecho de la Florida, aunque su ubicación exacta no se hizo pública.

También en el operativo para llevar adelante el plan golpista contra el presidente Maduro, los militares estadounidenses se aseguraron de que se “filtraran” a la prensa informaciones sobre supuestos traslados de tropas hacia el Caribe y Sudamérica.

Es difícil determinar con precisión cuáles agrupaciones se movieron o si realmente lo hicieron con determinado nivel de envergadura, aunque informaciones de diversas fuentes aseguran que se trata de elementos de las Fuerzas de Operaciones Especiales (FOE).

Se trata de unidades élites del Pentágono, que juegan un papel clave en la llamada Guerra No Convencional.

Estas pudieran participar en misiones de sabotaje, asesinatos selectivos, secuestros en suelo venezolano, entre otras acciones, incluso en intentos de eliminar o neutralizar la capacidad de mando del liderazgo político militar de esa nación sudamericana, directamente o a través de grupos locales.

Especialistas señalan la probabilidad -aún no confirmada- de que algunos elementos de estas fuerzas pudieran estar actuando desde hace tiempo incluso desde el territorio venezolano, pues están entrenadas para operar en las zonas ocupadas por el adversario.

El Departamento de Defensa se suma a esas iniciativas mediáticas y a veces es esta agencia federal la que mantiene la voz cantante y asume posiciones políticas evidentes, alejadas de la supuesta “apoliticidad” que se supone deben mantener los altos mandos militares norteamericanos.

En este contexto tienen un lugar clave las llamadas Operaciones de Información del Pentágono y las Operaciones de Apoyo a la Información Militar, conocidas por las siglas MISO, que contribuyen a juicio de expertos al logro de los objetivos inmediatos y a largo plazo del Gobierno norteamericano.

Expertos del Instituto de Estudios Estratégicos del Ejército señalan que el Gobierno estadounidense por muchos años ha recibido una influencia significativa de grandes compañías especializadas en el mercadeo y la publicidad para lograr determinados fines políticos en el exterior.

Los especialistas de esas empresas imponen el uso de esas técnicas con el fin de variar el comportamiento de grandes sectores de población, autoridades y figuras políticas de naciones hacia las cuales se dirige la propaganda oficial, con el fin de reducir el “comportamiento hostil” hacia Washington.

Todo el andamiaje propagandístico y de desinformación desplegado en este capítulo contra las autoridades legítimas de Caracas -que no es el último ni tampoco original- constituye un calco de lo que ha hecho Washington en situaciones similares.

Teniendo en cuenta declaraciones recientes de personeros como John Bolton, asesor de Seguridad Nacional del presidente Donald Trump, así como de altos jefes del Comando Sur y del senador republicano Marco Rubio, esta historia no termina aquí.

Hay otras “temporadas”.

Las incursiones golpistas llevadas a cabo entre abril y julio de 2018 contra el Gobierno de Managua, con inusitados niveles de violencia, fueron derrotadas por las autoridades de ese país, con una combinación de neutralización a los elementos terroristas y una política negociadora con todos los sectores de la nación. Contra Nicaragua y Cuba pudieran destinarse los próximos capítulos de esta saga de intentos de cambio de régimen, aupados por los sectores de la ultraderecha en las agencias federales estadounidenses y una minoría recalcitrante del Congreso, particularmente legisladores del estado de Florida. (PL)

(Fotos: Pixabay)

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