Cultura, Globo, Música

Conversando con la esposa de Astor Piazzolla

Nunca estuvo consciente de su gran genialidad y la manera de revolucionar el tango para siempre llevó a Astor Piazzolla a traspasar fronteras, pero también ser un eterno incomprendido en la tierra que lo vio nacer.

 

Photo by Harold Diaz / Prensa Latina

Texto: Maylín Vidal

 

Le gustaba romper las reglas, era muy exigente y siempre estaba en constante creatividad, cuenta Laura Escalada Piazzolla, su viuda, quien nos recibe en su casa porteña ubicada sobre la emblemática Avenida Libertador.

Tras casi 25 años sosteniendo a pulmón la fundación que creó en memoria de su esposo, Laura, una mujer llena de temple y fortaleza, abre las puertas de su hogar acompañada por uno de los nietos del creador, Daniel Villaflor Piazzolla, quien tiene hoy la tarea de continuar difundiendo por el mundo el legado de su abuelo como vicepresidente de esa institución. Sobre cómo fue vivir al lado de un genio, sobre sus preocupaciones, su música, pero sobre todo la labor que ha desplegado la fundación en más de dos décadas y los retos por delante ambos dialogaron en exclusiva con Prensa Latina.

“Vivir con Astor fue difícil y fácil, difícil porque estás viviendo con un genio y como genio que él era no era perfecto”, dice Laura.

“Fue al mismo tiempo maravilloso ser testigo de la creación de un ser humano grande”, agrega con añoranza y profundo amor hacia un hombre con quien compartió 16 años de su vida y lo hace todavía hoy defendiendo contra viento y marea su legado para que se transmita de generación en generación.

Foto de ProtoplasmaKid. Wikipedia. bit.ly/2Z2Mr5W

Ella fue participe de la creación, lo veía sentarse al piano siempre temprano en la mañana, cuidaba de sus silencios y veía crecer esa obra que iba creando.

“No era un hombre humilde, pero si sencillo en todo lo que hacía – explica -. Era exigente solamente con su música y con el silencio que tenía que reinar en la casa cuando escribía, pero al mismo tiempo descargaba esa presión de tanta genialidad alegrando su vida cotidiana con pequeñas cosas. Teníamos dos perritos y me hacía tocar el piano con él”.

Cuenta que era implacable en su trabajo, se levantaba y a las ocho de la mañana ya estaba en el piano, paraba al mediodía y volvió hasta cerrar el piano a las cinco de la tarde. Nunca tocó el bandoneón en casa. Se quedaba en un lugar a oscuras y estudiaba mentalmente”.

Su grado de exigencia era muy alto, no solo con él, sino con sus músicos, no aceptaba medias tintas.

Cantante lírica del Teatro Colón y con una destacadísima trayectoria, Laura y Astor quedaron flechados en un estudio de televisión, donde se conocieron. “Él decía que me había casado con un pobre bandoneonista”, recuerda y  se muestra orgullosa de la gran experiencia de vida al lado de un genio que la amó amado tanto. “Fue un amor constante y eterno y llevo su apellido con gran orgullo”.

Fotografía de Astor Piazzolla with his bandoneon en 1971, de Pupeto Mastropasqua. Wikimedia Commons bit.ly/2WGobsF

Después de pasar un momento duro tras la muerte del artista, ese julio de 1992 que la marcó para siempre, Laura sacó fuerzas y se levantó. Sabía que tenía que continuar adelante con el legado que su esposo había dejado y tres años después nació la fundación, que ahora, dice, queda en manos de Daniel.

Daniel

Daniel es el joven hijo de Diana Piazzolla y cuenta cómo Laura tomó esta tarea con mucha valentía y coraje y en ningún momento cedió un centímetro en cuanto a mantener un criterio de excelencia, calidad y cuidado de la obra que dejó.

“Ahora por suerte lo tengo a él (Daniel) que va a ser el seguidor de lo que yo ya no me puedo ocupar. Y cuando no esté en esta tierra tendrá que lidiar con todo lo que le espera. Hay una cosa importante, tiene que pensar que la fundación debe perdurar por siglos y esa es una responsabilidad muy grande porque a su vez tendrá que delegarla a otro”, resalta Laura.

Consciente de la responsabilidad, el joven, precisa que cuando recibió esta tarea a pedido de Laura lo primero que hizo fue leer los estatutos de la fundación, volcados en difundir la obra de Piazzolla desde diversos ángulos: la producción de conciertos y festivales y la formación musical.

Daniel, quien, desde su labor como gestor cultural, pero sobre todo desde su hogar ha crecido respirando a Piazzolla, resalta el carácter transformador de su abuelo. Cuando la gente se estaba acostumbrando al primer cambio de él, ya volvía a cambiar la velocidad de adaptación, dice.

Laura recuerda que Astor fue un músico que siempre pensaba en la gente joven, el escribía para la gente joven al tiempo que resalta que, mientras en su patria no lo entendía, afuera lo comprendieron inmediatamente, fue hasta sorprendente.

Foto: Pixabay

Era como el día y la noche, acá en Argentina lo insultaron, pero afuera era como la miel, entraban las abejas a buscarlo.

Astor le debe mucho al haber vivido afuera, aunque amaba Buenos Aires. “Revolucionar el tango como él lo hizo para Argentina fue demasiado muy fuerte. No estaban preparados”, apunta.

Rememora su viuda que componía y una vez que se ponía a escuchar lo que había hecho iba y escribía algo mejor a lo que tenía antes. Cambiaba sí, pero para sorprender a los argentinos. Se retaba a sí mismo para escribir todavía otras cosas más importantes y diferentes. Para Daniel, Astor Piazzolla era un genio y podía plantearse eso tan ambicioso, fue generando un método de creación permanente, se sometió a la obligación de cambiar y de cambiar para auto superarse.

A una pregunta de qué era lo que más le inquietaba a Piazzolla con respecto a la música, Laura cuenta que por desgracia no pudo realizar lo último que estaba preparando, la ópera para Carlos Gardel nada más y nada menos que con Plácido Domingo en el personaje principal.

Relata que su esposo, con una sencillez enorme, la impactó mucho pues me vino a preguntar a mí como eran las voces clásicas.

Foto: Pixabay

Recuerda que “Fue entonces cuando empezó día y noche a escuchar ópera y a leer ópera como nunca, impresionante. Yo le llevaba libros, discos y él estaba totalmente embelesado y aprendiendo. Aprendiendo hasta sus últimos días”.

Esa era otra de las partes que admire de él, nunca fue divo, sino el más sencillo de la tierra. Entonces Laura cuenta anécdotas como cuando corría la época de un mundial de fútbol y en Buenos Aires no había un alma. Lo habían invitado a actuar en un concierto en un sótano en la Avenida Florida que no iba nadie.

Tocaba igual para una persona que para mil. En Ámsterdam, dice, en el teatro más grande, no había lugar por tanta gente y las personas se sentaron en los escalones para escucharlo.

“Había grandes pantallas y me fui detrás para mirar lo que él veía, me acuerdo que le dije ese día, ‘Astor, te puedes morir tranquilo’. Fue una ovación impresionante. Podía tocar con la misma intensidad para dos o tres personas que para miles, no le importaba”, dice. Otro de los rasgos que realza del genial bandoneonista era la manera sobre cómo hacía lucir a su Quinteto, a cada músico le daba un lugar, y podía tocar todos los días las mismas obras, siempre lo hacía de manera diferente. Tenía una gran empatía con el público, destaca y agrega que él mismo tocaba con sus propias partituras delante.

“Piazzolla no es fácil de tocar, pero no es difícil si se toca con amor, con estudio y profesión y sobre todo quererlo mucho”, remarca. (PL)

 

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