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Un país de primera para personas de segunda

La observación de que Malasia es un país de primera para personas de segunda, atribuida a Noel Coward (hoy considerado como un escritor de segunda categoría), no era un insulto racista hacia los malayos, chinos e indios que vivían y trabajaban allí, sino un juicio personal sobre quienes administraban esta parte del imperio británico.

 

Sean Sheehan

 

Malasia, desde el punto de vista imperial, incluía Singapur, pero no Sarawak ni Sabah (que ahora forman parte de Malasia). Nunca capturó la imaginación de los colonialistas en la forma en la que India, algunas partes de África y China lo hicieron. Pero atrajo a escritores como Joseph Conrad, Anthony Burgess, Paul Theroux y J.G. Farrell.

También atrajo (y esta fue la base del deseo británico de controlar la península malaya) intereses mercantiles que eran conscientes de que se podían sacar beneficios explotando los recursos naturales de la tierra a muy bajo coste:  la cuestión principal del imperialismo.

A principios del siglo XX, la mitad del estaño del mundo se producía en Malasia y en la década de 1930 la industria minera se encontraba en gran medida bajo posesión británica. La otra gran empresa rentable era la producción de caucho, introducido a través de los Jardines de Kew desde América del Sur.

Los chinos e indios proporcionaban el trabajo manual, mientras que los malayos fueron contratados para puestos administrativos. Desde Gran Bretaña vinieron funcionarios públicos, directivos para las minas y plantaciones de caucho, policías y militares.

La primera ola de coloniales provenía en su mayoría de escuelas públicas británicas, pero después de 1920 muchos de los expatriados eran originarios de la clase media o de la clase trabajadora cualificada.

Fotos: Pixabay

Margaret Shennan, en “Out in the midday sun”, escribió una excelente historia social del mandato británico en Malasia. Escribe de manera cautivadora y justa acerca de cuestiones de raza y dos secciones son dignas de lectura.

Una de ellas abarca los idílicos años de las décadas de 1920 y 1930, cuando los coloniales disfrutaban de una vida de comodidad.

Tenían sus jardineros, cocineros, cuidadores de niños y clubes solo de blancos para dar servicio a todas sus necesidades; había playas rodeadas de cocoteros; champán y ostras para ocasiones especiales en Singapur. No había disturbios étnicos o civiles y los únicos problemas eran el irritable calor y la humedad, pero se construyeron estaciones en las colinas como alivio. La prostitución estaba presente para lidiar con una relativa ausencia de mujeres.

La segunda sección magnífica de este libro narra los eventos que condujeron a la invasión japonesa a finales de 1941 y la consiguiente desintegración del imperio británico. Casi todos estaban ciegos ante lo que se avecinaba y los picnics y las fiestas continuaron, inalterados, hasta la víspera de los enfrentamientos.

Fotos: Pixabay

Con el desembarco japonés en el norte del país, cundió el pánico y mostró su lado espantoso. La gente blanca huyó de Penang al amparo de la oscuridad, no para permanecer ocultos ante los japoneses, sino para mantener su evacuación en secreto ante los malayos, chinos e indios a los cuales abandonaron a su suerte.

La debacle de Penang alcanzaría su conclusión final con la humillante rendición en Singapur de todas las fuerzas británicas ante el ejército japonés, inferior en número.

“Out in the midday sun”, de Margaret Shennan, publicado por Monsoon Books.

(Traducido por Iris María Blanco Gabás – Email: irisbg7@gmail.com)

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