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‘Chilenazo’ o el oasis en llamas

Hay que ir mucho más atrás para entender que cómo con o sin el crecimiento económico cacareado por un Piñera al que apenas eligió el 25% de los chilenos, la desigualdad se mantiene incólume a lo largo de los siglos. Chile está entre los veinte países del mundo con peor distribución del ingreso. Los parlamentarios ganan hasta 25 veces el salario medio. Y el problema es que en Chile esa no es la única inequidad.

 

Foto de Marcela Via

Pablo Sapag M.

 

“En medio de esta América Latina convulsionada veamos a Chile, es un verdadero oasis, con una democracia estable, el país está creciendo, estamos creando 170 mil empleos al año, los salarios están mejorando”.

Tal cual. Con esa soberbia se despachaba el presidente chileno Sebastián Piñera apenas diez días antes de que el “oasis” fuese devorado por un incendio no visto desde 1983, durante el mayor levantamiento popular contra la dictadura que encabezaba Augusto Pinochet. Muchos culpan al ya fallecido general de un modelo socio económico individualista, neoliberal y sostenido en un sistema político por y para las elites.

Pero en realidad hay que ir mucho más atrás para entender cómo con o sin el crecimiento económico cacareado por un Piñera al que apenas eligió el 25% de los chilenos, la desigualdad se mantiene incólume a lo largo de los siglos.

Por algo Chile está entre los veinte países del mundo con peor distribución del ingreso, según el índice Gini. Si se usa el Índice Palma (por cierto, un economista chileno), el “oasis” ocupa una posición todavía más vergonzosa.

Foto de Marcela Via

En Chile los parlamentarios ganan hasta 25 veces el salario medio (poco más de 500 euros). En países como España o Francia, la diferencia no llega a tres. En ninguno de América Latina es tan escandalosa.

El problema es que en Chile esa no es la única inequidad. Los llamados “profesionales”, es decir, gente con profesiones universitarias, sobre todo del área económica, el derecho o la medicina, cobran varias veces lo que un par suyo en la mayoría de los países del mundo.

Son la tecnocracia que está detrás del llamado Transantiago, un sistema de transporte colectivo privado que se convirtió en una de las peores políticas de gestión de un gobierno latinoamericano en décadas.

En ese engendro aberrante para una ciudad latinoamericana como Santiago, que el presidente socialdemócrata que lo ingenió calificó de sistema de “transporte de clase mundial”, la evasión en el pago de pasajes en las micros o autobuses ha sido desde el primer día de entre el 20 y el 40%.

Ahora le tocó al Metro, que siendo una empresa “pública”, como las otras pocas estatales chilenas funciona como una privada: de acuerdo al lucro, al beneficio económico pero no necesariamente al social.

Y no es que la gente dejara de pagar delante de los vigilantes armados solo por un tarifazo que confirmó al tren subterráneo santiaguino como uno de los más caros del mundo en relación a los sueldos medios.

Lo hicieron porque semejante abuso tarifario se reproduce en todos y cada uno de los mercados chilenos.

Mercados, porque servicios públicos no hay. Salud, educación y pensiones son en distintos grados también considerados negocios regidos por el lucro y la ley de la oferta y la demanda. Obviamente, así reproducen la disparidad congénita de la sociedad chilena.

Foto de Marcela Via

Pero la tecnocracia todo lo justifica con malabares de propaganda semántica. La subida del precio del transporte es atribuida por la ministra del ramo, de apellido inglés, a un “polinomio” de factores que operaría por su cuenta y riesgo sin que las autoridades nada pudieran hacer. Es la mano invisible del mercado, claro.

Otro ministro, el de Economía y de apellido francés, aporta como solución al tarifazo levantarse antes para beneficiarse de un boleto un poco menos caro.

El gerente de la empresa Metro, también de apellido francés, indica que si bien el Metro es caro, se han hecho muchos kilómetros que hay que financiar, aunque para lograrlo jamás sugirió la subida de impuestos en un país donde hay varios prebostes chilenos con apellidos de resonancias igualmente lejanas en la lista Forbes de los más ricos del mundo.

El ministro del Interior, de apellido inglés y primo hermano de Piñera, habla de vandalismo. Su correligionaria y jefa de uno de los partidos de Gobierno, de apellido alemán, no dudó en pedir el estado de emergencia y el toque de queda que se impuso en las regiones más pobladas de Chile. Otro político, también de apellido alemán, se enzarza por redes sociales con otros políticos, estos de oposición, de apellidos inglés y croata, respectivamente.

Manifestacion en Madrid por Chile. Foto de Pablo Sapag

Cuando Chile se independizó por razones militares, el hecho de haber sido una colonia pobre, esencialmente militar y sin apenas elite criolla, llevó a esta última a reforzarse con un puñado de inmigrantes, sobre todo de origen europeo.

Ahí nació el modelo de explotación intensiva de recursos naturales con uso de mano de obra sin cualificar para generar altos rendimientos que se repartirían los viejos encomenderos de la Colonia convertidos en terratenientes y los inmigrantes ávidos de riquezas.

Su color de piel y su pretendida superioridad cultural justifican hasta hoy el despotismo ilustrado para gobernar a la gran masa mestiza, carente de representación y en muchos casos de conciencia de su condición racial y cultural diferenciada de las elites políticas, económicas, mediáticas, militares y académicas que mandan en Chile.

Mucho antes de Pinochet, el ministro Portales ya patentó en el siglo XIX un modelo que luego se actualizó con la teoría de la Escuela de Chicago y el nombre de fantasía de economía social de mercado, o sea, neoliberalismo.

Manifestacion en Madrid por Chile. Foto de Pablo Sapag

Las claves económicas, sin embargo, son las mismas y cuando falla el sistema, como tantas otras veces y desde el origen, aparecen los militares para sofocar el incendio y salvar una vez más un oasis que el mismísimo Piñera ha dicho que está “en guerra”.

Según su señora, contra unos “alienígenas”. Sin embargo, y salvo que los mestizos se empoderen  de una vez y como ya han hecho en otros países latinoamericanos asuman su propia representación, en el oasis chileno jamás habrá paz duradera. Hasta la próxima.

 

 

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