En Foco, Notes From The Edge, Opinión

Cabalga como el viento

En un programa de televisión de la década de 1980 se mostraban a niños haciendo algo que yo hacía en los años 60: montar nuestras bicicletas por las calles colindantes de la norteña ciudad industrial donde me crié.

 

Steve Latham

 

Utilizábamos pinzas de tender la ropa para sujetar las barajas en la parte posterior de la bicicleta, para que cuando girara la rueda trasera, la carta aleteara contra los radios.

Estábamos convencidos de que esto hacía que nuestros fuertes corceles sonaran como motocicletas, como si fuéramos unos jóvenes Ángeles del Infierno haciendo carreras por nuestro vecindario (un pánico moral de la época).

Queríamos ser fuertes, peligrosos y poderosos. Queríamos ser adultos, como los adolescentes, que en ese momento estaban divididos entre Mods y Rockers.

Para nosotros, los Rockers eran, con su largo pelo graso y sus chaquetas de cuero, los más rebeldes: como los Rolling Stones, de los cuales mi primo mayor Edward tenía afiches en las paredes de su habitación.

Y éramos como ellos. ÉRAMOS ellos (en nuestras diminutas bicicletas). Nos sentíamos como una banda. Aunque solo tuviéramos unos nueve años de edad, por lo menos en nuestra imaginación, ¡ÉRAMOS una banda!

Volábamos por el aire, ligeros, etéreos y espirituales. Ahora me recuerda a Ariel, en “La tempestad”, de Shakespeare: “ya sea volar, nadar, lanzarme al fuego, sobre nube ondulante cabalgar”.

Con unas juveniles extremidades que funcionaban, eran fuertes, capaces de mover, impulsar y pedalear. Como decía el filósofo francés Gaston Bachelard en “La poética de la ensoñación”: me impulsaba con la fuerza del ensueño.

Junto con Marcel Proust, en su obra “En busca del tiempo perdido”, podemos rememorar (de hecho, ‘re-memoramos’) los dispersos fragmentos de nuestra memoria.

Así, también rescatamos nuestra historia y nos damos cuenta de que, además de soledad y acoso, también hubo, si bien breves, pequeños momentos de pura alegría.

Esto nos sacaba del cotidiano mundo fenoménico y nos llevaba al infinito de lo nouménico. De esta manera tocábamos, en lo inmanente, un poder de trascendencia que apenas habíamos vislumbrado.

La realidad de nuestra pequeña ciudad se presentaba más grande de lo que nuestra limitada experiencia podía permitir, a través del poder de nuestra encarnada imaginación.

Más allá de nuestras posibilidades, mediante los sentimientos compartidos y colectivos de la infancia, degustamos la forma de ‘algo más’, y podemos continuar haciéndolo mediante el recuerdo.

Jean-Luc Marion, fenomenólogo, avanza su teoría de los ‘fenómenos saturados’, identificados por él con obras de arte y, sumamente, con la misa católica romana.

Estos son, indudablemente, eventos humanos, que no obstante indican algo más allá de nosotros mismos. Dependen de un lienzo más amplio de significado, por su propia significación.

También podemos añadir la vigilia de oración pentecostal que dura toda la noche, con desmayos y postraciones; pero de la misma manera, también podemos añadir a mis amigos y a mi montando en nuestras bicicletas detrás de las casas donde vivíamos.

Ya no existe en la ciudad actual, donde los miedos sobre la seguridad vial, junto con la ausencia de espacios abiertos impidieron a mis propios hijos explorar las calles locales como si fueran un fantástico velódromo.

Algo se ha perdido. ¿Excluye el estrecho horizonte físico de Londres el impulso trascendental… e impide su expansión?

(Traducido por Iris María Blanco Gabás – Email: irisbg7@gmail.com) – Fotos: Pixabay

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