En Foco, Notes From The Edge, Opinión

Arte contemporáneo y transgresión

Cada encuentro con el arte requiere entrar en la vida de otra persona, para discernir los rasgos distintivos del significado en cada pieza dentro de su experiencia.

 

Steve Latham

 

Por lo tanto, el arte contemporáneo, con su valorización de lo subjetivo, nos arroja a una madriguera hermética, un proceso interminable de semiótica peirceana.

La hermenéutica es vital, especialmente cuando no hay líneas claras de juicio estético en lo que normalmente son objetos cotidianos.

Lo que hizo que el ‘urinario’ de Duchamp fuera arte, fue su presentación como tal; su significado reside en hacer un corte de mangas a las normas oficiales y a los porteros del círculo artístico. Esa rebelión está ahora normalizada como parte del mismo círculo. Hoy en día se entiende que la transgresión es un planteamiento del artista. Pero la historia de fondo sigue siendo importante, incluso si rechaza la idea de historia, de significado: un abrazo al nihilismo. Porque eso también es una historia, una historia nietzscheana.

La historia puede ser positiva, un abrazo a la propia vida o a la propia sociedad, incluso puede ser un rescate o redención de episodios dolorosos.

O bien, puede ser negativa, un rechazo, una crítica a las costumbres y normas culturales; incluso puede ser el rechazo de la vida, un impulso mortal al suicidio.

De cualquier modo, la historia de fondo importa. Especialmente en el arte contemporáneo, que enmarca la historia biográfica individual, necesitamos conocer y escuchar esa historia.

El problema es que puede que no conozcamos la historia y, por tanto, no lleguemos a comprender su importancia, especialmente cuando la obra encarna experiencias personales profundas.

Y es imposible tener las tarjetas explicativas necesarias al lado de cada obra, con los detalles suficientes para explicar su procedencia. Además, estas tarjetas distraen la atención de la obra de arte en sí, ya que los espectadores prestan más atención a la tarjeta que la obra, pues estas descifran la reacción que se supone que deben tener.

Además, en verdad, nunca podemos contar toda la historia de cada persona. Nunca hay suficiente información como para catalogar el camino interior de cada individuo.

Todo el mundo es un misterio, incluso para ellos mismos. Todos somos esfinges con secretos, pero sin conocer la magnitud total de nuestro propio secreto.

Como demostró Freud, si ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos, ¿cómo podemos conocer a otros? Sin embargo, esto demuestra la importancia de la vuelta subjetiva en el arte contemporáneo.

Es a la vez la expresión de la alienación del individuo en la sociedad contemporánea y el intento de rescatar a la persona.

Aquí se aleja de la función decorativa rococó de lo que pasa por arte hoy, que se limita a lo que va a quedar bonito encima de la chimenea.

Pero no tenemos acceso a la historia completa de la vida de los demás: solo está disponible sub specie aeternitatis.

Cada encuentro requiere, por tanto, un silencio ante el misterio. Y el ‘misterio’, como escribió el existencialista Gabriel Marcel, es conceptualmente distinto a un ‘problema’. Por lo tanto, el arte no es un problema que deba ser resuelto, un rompecabezas iconográfico, sino un enfrentamiento con los demás.

Y también ocurre con la vida. Cada vez que conocemos a alguien, esa persona también es un misterio. Nos encontramos cara a cara con la vida entera del otro, aun cuando no conocemos su cronología.

Ver el arte y la vida es por lo tanto un acto de contemplación.

(Traducido por Iris María Blanco Gabás – Email: irisbg7@gmail.com) – Fotos: Pixabay

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