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Sumas y restas en una América Latina en transformación

El último trimestre de 2019 está siendo especialmente movido en América Latina. Revueltas sociales como no se habían visto en mucho tiempo en varios países. Procesos eleccionarios con resultados dispares y en algún caso ajustados al límite. Y como denominador común de una y otra circunstancia, los militares otra vez en la calles amparados en dudosas fórmulas e interpretaciones legales.

 

Pablo Sapag M.

 

Todo ello arroja resultados dispares para cada país, pero también un realineamiento regional que puede marcar el rumbo de América Latina para los próximos años.

En lo que se refiere a las revueltas, y aunque en cada caso pueda haber elementos más de fondo, el desencadenante siempre ha sido una decisión gubernamental que afectaba directamente al bolsillo de una población ya al límite por el alto costo de la vida y los deficientes servicios públicos. Subir el precio del trasporte colectivo en Santiago y plantear nuevas exenciones de impuestos a los empresarios, como ocurrió en Chile; eliminar el subsidio a los combustibles en un país productor de petróleo, como en Ecuador; o plantear reformas laborales, tributarias y de pensiones de corte neoliberal, como hizo el presidente Iván Duque en Colombia, no parecían medidas muy oportunas para países golpeados por la caída de los precios de sus recursos naturales, los mismos que sostienen sus precarias economías exportadoras.

Luego están los procesos eleccionarios. En Argentina se impuso con claridad el peronista Alberto Fernández tras el corto experimento neoliberal de un Mauricio Macri cuyas medidas acabaron en lo que más temen los argentinos: la acusada devaluación del peso y su correlato, el corralito o cepo bancario que limita el dinero que se puede sacar del banco.

Acompañado por la ex mandataria Cristina Fernández como vicepresidenta, Alberto Fernández se propone devolver a la tercera economía de la región a la senda del crecimiento con distribución social de los beneficios.

En otras palabras: Justicialismo puro, la ideología que desde la época del general Perón vertebra la Argentina de los inmigrantes europeos con la criolla y mestiza del interior heredera de la colonia española. Un peronismo ideológico que ha trascendido a la figura de su fundador para desconcierto de quienes analizan la política latinoamericana desde presupuestos clásicos y propios de otras latitudes.

En su vecino Uruguay y tras catorce años de gobiernos de un Frente Amplio representado por Tabaré Vázquez y Pepe Mújica, ha obtenido una ajustadísima victoria Luis Lacalle Pou.

Hijo de un expresidente de la República y con apellidos siempre vinculados a la política, devuelve al Partido Nacional o Blanco al poder.

En un país racial y culturalmente incluso más homogéneo que la Argentina, se espera cierto gradualismo consensuado de la vuelta del péndulo hacia el centroderecha a la uruguaya.

Distinto es lo de Bolivia, donde la impugnación de los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales terminó con violencia callejera, el presidente Evo Morales en México y un futuro muy incierto que pone en riesgo lo conseguido también en casi catorce años de gobiernos de Morales.

En ese tiempo por fin se reconcilió la realidad étnica y racial boliviana con unas instituciones que habían sido coto reservado de la minúscula minoría blanca y de un puñado de mestizos asimilados que excluían a la mayoría indígena y mestiza del país.

Todo eso se logró manteniendo el crecimiento económico, con responsabilidad fiscal y por primera vez en la historia sin cuartelazos en mucho tiempo.

Eso se ha acabado.

Han sido los militares los que han inclinado la balanza, ayudados por la miopía de Evo Morales al intentar conseguir un nuevo mandato cayendo así en uno de los males recurrentes de la política latinoamericana: un  caudillismo que casi siempre termina por sepultar proyectos ideológicos innovadores, adaptados a la realidad regional pero necesitados de tiempo para trascender a sus rostros más visibles.

En Chile los militares también han vuelto a la calle. Los llamó el Presidente Sebastián Piñera para aplicar el estado de emergencia durante las violentas jornadas de octubre y noviembre que dejaron dos decenas largas de muertos y casi 300 manifestantes con pérdida de visión total o parcial por los disparos de perdigones a la cara efectuados por la policía antidisturbios.

Ahora les quiere dar poderes especiales para que custodien infraestructura básica y de esa forma dar un respiro a los Carabineros, la muy militarizada policía chilena.

Mala noticia para un país gobernado por la minoría blanca de cultura europea que ha monopolizado el poder desde la Colonia en adelante y que tras la Independencia se reforzó con inmigrantes centroeuropeos aún más desconectados de la gran masa mestiza chilena, un grupo que no es consciente de serlo por lo que a diferencia de los indígenas, no tiene representantes ni discursos propios.

De ahí la rapidez en ser convocados y el protagonismo secular de los militares y policías chilenos, que inspiraron la formación y uniformes de sus pares colombianos, donde por otras razones también llevan demasiado tiempo en primera línea. Quizás sean las dificultades chilenas y la imposibilidad de encauzar rápidamente la situación lo que después de lo ocurrido en Bolivia más impacto regional tenga en el largo plazo.

A partir de su propia ecuación étnica y racial, Bolivia era el ejemplo evidente de que esos elementos debían estar a obligatoriamente en la gestión ideológica de la política latinoamericana.

La personificación en Morales pone en riesgo el justicialismo indigenista a la boliviana que tan bien articuló ideológicamente Álvaro García Linera  y llevo a la práctica en sus primeros años un Evo Morales que sucumbió a su propio éxito.

Modelos como el venezolano o el nicaragüense han sido también víctimas de un personalismo que se ha impuesto a lo ideológico.

En Cuba y tras la híper personificación en Fidel Castro, se intenta salvar un proyecto ideológico que tiene en el nacionalismo de estado, más que en el comunismo, su seña de identidad y en la pendiente integración al poder político de los afrocubanos, su asignatura pendiente.

Lo mismo en Brasil, donde la mayoría afrobrasileña no solo está excluida políticamente, sino que hasta ayer enfrentaba el desmantelamiento del precario estado social levantado por el también híper personalista Lula Da Silva y Dilma Rousseff.

Después de haber dicho cuando ganó las elecciones que su modelo era Chile, el presidente Jair Bolsonaro acaba de renunciar a las medidas más neoliberales de su programa de gobierno.

Dado el peso de Brasil y su influencia en América Latina, se trata de una victoria de primera magnitud de quienes se han rebelado en Chile. Está por verse si allá lograrán cambios profundos pero parar la extensión del modelo a Brasil y su proyección en América Latina no es poco para un Chile que necesita reencontrar su identidad latinoamericana, negada por la elite blanca y culturalmente europea que controla todos los resortes del poder formal y simbólico en Chile.

Tampoco es menor el que Bolsonaro se sienta más inseguro y empiece a ceder protagonismo al México de Andrés Manuel López Obrador, un México que desde la caída del Muro de Berlín había perdido su condición de potencia regional latinoamericana en beneficio de Brasil. Algo se mueve, y mucho, en América Latina.

Lo que no está claro es hacia dónde ni el resultado de esta nueva ecuación.

(Fotos: Pixabay)

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